Ximena Vizcaíno: un carisma para la paz

Hace 22 años, cuando salió de la provincia de Cotopaxi, en Ecuador, y dejó a los suyos para formarse como religiosa en Bogotá, Dora Ximena Vizcaíno Barreno no imaginaba que su decisión la llevaría a ser una “misionera de la paz” en una de las zonas más conflictivas de Colombia: Remolino del Caguán.

Sus orígenes campesinos e indígenas, muy pronto le permitieron identificarse con las realidades de las regiones rurales. “Nací y crecí en una familia campesina, de raíces indígenas quichuas, con valores propios de la cultura ecuatoriana andina y con una profunda experiencia de fe cultivada desde la relación con la naturaleza y alimentada con la oración y la eucaristía”, recuerda.

Su congregación, las Hermanas de Nuestra Señora de la Paz, fue fundada por el P. Juan Bernardo Sánchez Muñoz en Colombia, en 1952. Su mismo nombre habla de su carisma: la paz. Con convicción afirma que “nuestra presencia en el mundo y en la Iglesia es un signo y a la vez un instrumento en la construcción del Reino de Dios, desde la perspectiva de la paz”. También agrega, “esta intuición fundamental la vivimos a través de la educación de la niñez y de la juventud y la formación de la comunidad cristiana desde la pastoral parroquial”.

Al indagar sobre la “génesis” de su vocación, comenta que a los 15 años comenzó a formarse como catequista de su vereda. Esta experiencia la llevó al encuentro con los otros, con la realidad y con Jesús. Entonces descubrió que “ser cristiana significaba ser seguidora de Cristo” y encontró que en la vida religiosa podía vivir su identidad cristiana y contribuir con la causa de Jesús.

Después de su primera profesión religiosa, fue enviada por su comunidad a su tierra natal, en misión con los indígenas, la que considera “una experiencia colmada de gracias y bendiciones del Señor en medio de grandes dificultades y hechos dolorosos como el terremoto en Pujilí (1996) y la muerte de mi abuelita materna (1998)”. Esta experiencia le permitió re-encontrarse con su identidad y afianzar el sentido de su consagración, desde la opción por los pobres. Regresó a Bogotá en 1999 para afianzar su formación filosófica, bíblica y teológica. En ese tiempo, también asumió la animación vocacional de la comunidad, hizo parte del equipo de formación de las aspirantes y las novicias y colaboró con los procesos pedagógicos del Centro Educativo Nuestra Señora de la Paz.

Con relación a su formación teológica, destaca que “el ‘polo a tierra’ de la teología, como lo decía uno de mis maestros, fue la misión en Remolino del Caguán, en donde la dura realidad, marcada por la violencia, la exclusión y la muerte, reclama el testimonio profético de una Iglesia que anuncia a Jesús, camino, verdad y vida”. A finales de 2006 fue destinada a esta azotada región caqueteña, para fundar, con otras tres hermanas, una comunidad comprometida con la paz, la esperanza, la solidaridad y la comunión. En realidad, esta ha sido una de las preocupaciones que han marcado su itinerario académico y pastoral. Cuando realizó la Licenciatura en Teología, su trabajo de grado se tituló: ser profetas de la paz en un contexto posmoderno y neoliberal.

Remolino del Caguán

Concretamente, la misión que desarrolló en Remolino del Caguán, hasta finales del año pasado, consistió, en un primer momento, en participar en una propuesta de formación de laicos para la paz a través de talleres de desarrollo humano, identidad cristiana y misión laical. Posteriormente, en el 2007, la comunidad recibió el encargo del Vicariato de San Vicente – Puerto Leguízamo, a través de su pastor, Mons. Francisco Javier Múnera, de orientar la formación humana y cristiana de la Aldea Juvenil “Emaús” y la formación ética y religiosa de los jóvenes de la Institución educativa José Antonio Galán. “Se trataba de lograr un acercamiento a la realidad y al corazón de estos jóvenes, que provenían de la violencia, para escuchar sus historias de vida, hacer procesos de reconciliación consigo mismos, con su familia, con su entorno, y, desde allí, cultivar unos referentes de vida distintos a la violencia, la intimidación y las armas”.

Aunque no faltaron las dificultades y los miedos no se hicieron esperar, los cinco años que vivió en el Caguán le permitieron experimentar con intensidad la vigencia de su carisma. El suyo, es un carisma para la paz. VNC

Actualizado
22/09/2012
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