NOTICIA DE MI FE: Ramón Armengod, veranos y espiritualidad de un jubilado

Los veraneos, es decir, vivir el verano, es una de las costumbres europeas en la que se intercalan naturaleza e historia. Mi imagen del veraneo es la de un tiempo más o menos extendido, luminoso, de días largos y noches parpadeantes, según la posición de las constelaciones en las sesiones nocturnas.

El verano comienza en plena explosión vegetal, con días solares largos, con un mensaje primaveral que va consumiéndose en galas veraniegas de los climas mediterráneos del hemisferio norte: si no se vive en Mediterranía, el triunfo del sol es más corto y más necesario.

Los veranos son una primavera larga y mal definida en el sur mediterráneo europeo: son como una mezcla de primavera y otoño, sin un orden climático regular, pero terminando siempre en los veranillos de San Miguel. Aunque no me llame Joan Manuel Serrat, también nací yo junto al Mediterráneo, en una de las ciudades históricas, cabeza de reino y, actualmente, de autonomía.

Por lo tanto, mis veraneos de juventud son recuerdos de playa valenciana y de montaña aragonesa; luego lo fueron según las posibilidades de las distintas ciudades en las que tuve que vivir por exigencias de mi profesión diplomática. Así, recuerdo con nostalgia un verano en las costas italianas, otro en el centro de Europa, tres más en las playas cubanas, a pesar de la revolución, y los pasados, desde Kuwait, en las arenas de los otros emiratos del Golfo Arábigo.

Cuando regresé a España, disfruté de meses de estío a las orillas del Cantábrico, en Santander, y ahora, ya jubilado, mis días de verano se han vuelto secos y castellanos: Ávila, con sus maravillosas murallas, contra mis playas juveniles mediterráneas.

Los veraneos, durante la “tercera edad”, que es la situación en la que me encuentro, resultan una ocasión propicia para volver a encontrar parientes y amigos, para leer y meditar libros de espiritualidad, grandes novelas e historias, repasando también álbumes de fotos, hojeando algún papel antiguo personal, recuperando una parte del propio pasado.

También los veranos son un hito y un recordatorio de nuestro paso por este mundo: la estación veraniega no es el tiempo de vacaciones, sino un don más de la Providencia divina, del Dios Padre, aunque haya también veranos en la Cruz de Cristo por enfermedades propias y de las personas queridas…; por volver al mismo lugar, con menos memoria, con peor agilidad, con nuevos desengaños, etc. Sin embargo, en otras ocasiones, alguna novedad de vida ajena, la felicidad de hijos, parientes y amigos, el triunfo de las jóvenes generaciones en sus profesiones, la fecundidad de sus matrimonios, la aparición de niños, nos calientan como el mejor sol estival…

Para todos los que tenemos fe y de ella vivimos, las fiestas católicas de los meses de estío (San Juan, Virgen del Carmen, Santiago Apóstol, Patronos y Patronas de los pueblos y ciudades pequeñas…), resultan, a la vez, entrañablemente populares y profundamente espirituales. El eje litúrgico del verano es, no sólo en España, sino también en otros países europeos, la Fiesta de la Asunción de María, la Dormición según las Iglesias orientales.

Finalizando el verano se acortan los días, se adelantan los crepúsculos y los árboles y plantas empiezan a transformarse en bellezas otoñales. Es el momento en que la espiritualidad de Vida Ascendente, movimiento católico seglar para la Tercera Edad, nos sirve a quienes nos arrimamos a él para tomar fuerzas ante el desenlace ineludible de nuestra vida terrenal.

Vida Ascendente lleva ya varias décadas en España ayudando al crecimiento personal y espiritual de las personas mayores, reuniendo a sus miembros en pequeños grupos que van creando un ambiente de amistad, espiritualidad y compromiso. Se trata de un proyecto lleno de sentido para ayudar a llevar la vida, nuestra vida, a su madurez plena.

Su lema “espiritualidad, apostolado y amistad” nos indica ya que su deseo es invitarnos a vivir en plenitud esta nueva etapa a través de un encuentro con nuestros hermanos en la “Tercera y Cuarta Edad”, con quienes se dialoga, se comparten vivencias, reflexión espiritual y, todo ello, dentro de una amistad cristiana que ayuda al crecimiento personal y a la apertura a una etapa vital, no especialmente fácil.

Además, este movimiento, reconocido por la Conferencia Episcopal Española, nos hace vivir el compromiso personal de servicio: a la sociedad, a la familia, a los otros mayores, a los excluidos, a la Iglesia… Aunque es verdad que en los meses de verano no se celebran muchas reuniones de sus grupos, también lo es que se sigue en contacto con los hermanos y amigos en la fe compartida. En ese tiempo de mayor lejanía, sobre todo reconforta el hecho de saber que con el otoño se volverá a las liturgias, a los encuentros y vivencias, que son sostén y modelo de nuestra vejez, y para nuestra relación con Cristo y con María, con la ayuda del Espíritu Santo y dentro de un amor reverencial hacia la Trinidad.

Además, hay una luz permanente en la senectud que da a los creyentes un misterioso valor para su tránsito: la Cruz de Cristo convertida en lámpara del Universo.

En el nº 2.716 de Vida Nueva.

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Actualizado
16/07/2010
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