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Tribuna

Tiempo de Navidad (V)

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Francisco Vázquez, embajador de España FRANCISCO VÁZQUEZ Y VÁZQUEZ | Embajador de España

Son ya cinco los años en los que por estas fechas, desde la última página de Vida Nueva, reflexiono sobre la época que nos toca vivir, tomando como justificación un tiempo tan singular para la cultura y la civilización cristiana y occidental como es el de Navidad, en el que desde hace muchos siglos conmemoramos el nacimiento de Jesús.

Releyendo mis anteriores artículos, constato cómo año tras año mis previsiones más pesimistas sobre el devenir de los acontecimientos ante el hecho religioso se van cumpliendo inexorablemente, de manera especial en todo lo que se refiere a la Iglesia católica y, muy singularmente, a España.

La pertinaz realidad va impregnando mi ánimo cada vez más de una carga mixta de escepticismo y desesperanza, sentimientos estimulados por la obstinada ceguera de quienes se niegan a contrarrestar o, al menos, denunciar el rumbo que sigue nuestra sociedad, cuya religiosidad ha sido arrumbada por el buenismo imperante, que, por cierto, también domina y se impone en otros campos, como el de la política, la cultura, la educación o el de las costumbres y usos sociales, donde la práctica desaparición de la institución tradicional de la familia se convierte en la más expresiva manifestación del contenido de los tiempos que nos toca vivir. ilustración de Tomás de Zárate para el artículo de Francisco Vázquez 3016

Circunscriptos, por complejo y cobardía, los debates a los estrictos límites de lo “políticamente correcto”, hoy se reputa como retrógrado, reaccionario o “facha” cualquier argumento que denuncie la irreligiosidad que se viene imponiendo en los libros de texto, las ceremonias institucionales, la revisión histórica o la celebración de las efemérides tradicionales, pero curiosamente siempre censurando o suprimiendo toda referencia a la fe cristiana a fin de evitar, según se dice, el más mínimo atisbo de ofensa a los creyentes de otras religiones, por muy ajenas que estas resulten a los principios y valores de nuestra historia y cultura.

El efecto pendular del laicismo impone que celebremos las fiestas conmemorativas del solsticio de invierno con sus ritos e iconografías paganas de abetos, estrellas, símbolos rúnicos y cristalografía variada; todo ello, por cierto, organizado por nuestras autoridades y pagado a cargo del erario público.

En algunos casos, renos, trineos y gnomos incorporan tradiciones nórdicas ajenas a nuestra usanza, pero plenamente acordes con la esencia consumista de estas fiestas.

Mi pequeño artículo debería titularse Tiempo de fiesta y vacaciones, porque es en lo que se ha convertido la antigua Navidad. Belenes prohibidos en colegios, hospitales y vías públicas; exaltación constante de comidas, regalos, viajes, celebraciones y cotillones; cabalgatas carnavalescas sin gota de referencia a la causa de su origen; y, por no molestar, las misas del gallo a las nueve de la noche.

Perdón por recordar lo evidente, aunque considero que lo peor está todavía por venir, máxime cuando hoy se aplaude y se celebra que quienes tienen como prioridad política reducir lo religioso al ámbito exclusivo de lo privado se permitan afirmar: “Tenemos la suerte de tener un Papa distinto”, sin que nadie les reproche su burdo intento de apropiarse políticamente de la espiritualidad católica.

Vuelven tiempos de compañeros de viaje y de tontos útiles. Tiempos que exigen que no haya ni silencios ni corderos. ¡Feliz Navidad!

Publicado en el número 3.016 de Vida Nueva. Ver sumario

 


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