Tribuna

Quisiera que Francisco fuera…

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“No me mueve Señor para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y encarnecido,
muéveme verte tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera”.



Martirio cotidiano

Los papas calzan ritualmente las sandalias del pescador, en referencia a que dan continuidad al apostolado de san Pedro. A veces, sin embargo, hay papas que llegan, en nuestro corazón, mucho más lejos. Se producen como estrellas especiales en el firmamento, que nos hacen alegrarnos al percibir cómo encarnan en sus acciones las enseñanzas de Jesucristo y, a la vez, nos duelen en el alma al ver también cómo se ofrecen al martirio y al sacrificio por no callar, por no rendir ni una pulgada ante la gritería de los desalmados.

A nuestro amado papa Francisco ¡no hay quien lo calle! No lo han amedrentado las conspiraciones para matarle, ni le han hecho que su voz tiemble ante el escarnio público al que han pretendido exponerle una y otra vez. Lo han acusado hasta de “comunista”.  

Eso va desde los que se han activado en las mil tramas para crucificarle, hasta los que esperan con paciencia a que se muera para que la Iglesia vuelva a lo que se creen que era antes de llegar este papa.

El Papa Francisco, en Marsella

Si no fueran suficientes sus defensas de la Amazonia, de la hermandad entre las religiones, de una iglesia abierta a “todos, todos, todos”, y sus denuncias contra los magnates que pretenden empobrecer más el mundo y destruir el ambiente llamando la atención directa y denuncia firme  con la nueva exhortación Apostólica: “Laudate Deum”, también insiste en predicar la paz en tiempos de guerra. Como si todo eso no fuera suficiente crimen a los ojos de sus detractores, se ha tomado en serio reconstruir a la Iglesia a través del un “proceso sinodal” para que la voz de los fieles tenga peso de verdad. No se trata de que no quiera pastores, sino que quiere curas que regresen a sus casas por la noche sudados y con olor a ovejas.

La voz de la conciencia 

En realidad, el papa Francisco es más representativo de lo que es la historia de la Iglesia, como madre y maestra, de lo que sus detractores quieren propagandizar. Acostumbrados a la historia falsificada por la que pagan y difunden los que tienen mucho que perder con la justicia, resultaría sorprendente para muchos si pudieran entrar en contacto con la verdad de lo que ha sido la larga historia de la Iglesia como voz de la profecía y de los llamados a la conciencia. Esas ignorancias pretender ver a Francisco como un ser extraño, como un accidente que pronto dejará de molestar. 

En realidad, también, el papa Francisco ha llegado a estremecernos la conciencia, seamos laicos o curas. Nos ha hecho recordar lo que es esencial para poder llamarnos Iglesia al estilo de las comunidades primitivas.  

La lista de los que le atacan resulta también aumentada con la de los que no quieren saber de él porque les daña sus discursos ideologizados que preferirían un papa con el que no tengan que estar de acuerdo. Se combinan así, en sinfonía maléfica, los que quieren una Iglesia reaccionaria, con los que quieren que así se mantenga para atacarla. 

Pero como se ha puesto de moda hacer la lista de lo que cada cual quisiera que fuera el Papa, no me puedo zafar de aportar mi granito de arena. Desde esta pequeña nación isleña del Caribe, tan colonizada y zarandeada, expreso lo que yo quisiera que fuera el papa Francisco. Yo quisiera que fuera puertorriqueño.