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Pliego
Portadilla del Pliego nº 3.136
Nº 3.136

Una Iglesia con el corazón abierto

–Antes de subir al monte, he bajado a los archivos de nuestra Casa General en Roma, donde se custodian ahora miles de retiros, cartas, artículos y sermones que escribiste, padre Mateo. Impresionante, en un tiempo sin tantos medios, ¿cómo pudiste escribir y viajar tanto por el mundo en esa época?

–Todo es posible cuando el que planea las cosas es Jesús, que quiere estar presente en nuestros corazones.

La Diócesis de Getafe está celebrando un jubileo con motivo del centenario. He visto lo que ha escrito el obispo auxiliar, José Rico Pavés, en el prólogo a la reedición de tu libro ‘Jesús, Rey de amor’ (BAC), del que resalta: “Un instrumento de gran valor para entrar en el sentido profundo de cuanto se espera vivir en este Año jubilar es, sin duda, el libro principal del P. Mateo Crawley-Boevey que ahora vuelve a ver la luz”.

He comprobado cómo te recuerdan en YouTube: Silvia Juan, de la Fraternidad Seglar en el Corazón de Cristo, habla de ti como de un gran apóstol, que querías que Jesús estuviera en el centro de las familias. He de confesarte que, antes de ponerme a escribir, he contactado con un amigo sacerdote en España, que me ha espetado: “Quizás esa advocación de ese Cerro necesite un trasplante de corazón”. Pensándolo bien, a lo mejor el trasplante lo necesitamos nosotros, cuando somos más corazón de piedra que corazón de carne (cfr. Ez 36, 26), incapaces de amar, acoger, cuidar, defender y ponerse en el lugar de las víctimas de la indiferencia, la exclusión, la violencia, la guerra, la trata o los abusos sexuales y de poder.

Estoy convencido de que la espiritualidad del Corazón de Jesús es ciertamente inspiradora. Ya lo declaraba el padre Pedro Arrupe, prepósito general de la Compañía de Jesús, a sus hermanos jesuitas: “Si queréis un consejo, después de 53 años de mi vida en la Compañía, os diría que en esta devoción al Corazón de Cristo se esconde una fuerza inmensa; a cada uno toca descubrirla, profundizarla y aplicarla a su vida personal en el modo en que el Señor se la muestre y se lo conceda. Se trata de una gracia extraordinaria que Dios nos ofrece”. Y concluía: “Señor, enciérrame en lo más profundo de tu Corazón”.

Subir al Cerro es un ejercicio bíblico, porque los montes son lugar de teofanía. Lo vaticinó Isaías: “Al final de los tiempos estará firme el monte del Señor; sobresaldrá sobre los montes, dominará sobre las colinas. Hacia él afluirán todas las naciones, vendrán pueblos numerosos. Dirán: ‘Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob’” (Is 2, 2-3). Asimismo, el profeta remarca el simbolismo del ágape, de la fiesta: “El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados. En este monte destruirá la mortaja que cubre todos los pueblos, el sudario que tapa a todas las naciones” (Is 25, 6-7).

–¡Adelante, subamos al Cerro!, exclama el padre Mateo. Tengo muchas ganas de hacer memoria.

–Pensarás que estoy loco, padre Mateo, pero, además de hacer memoria, me gustaría hacer un ejercicio llamado ‘jirafear’. He escuchado el neologismo a Xavier Aragay, experto en innovación educativa. Este término nos puede servir para ampliar nuestra mirada: “Debemos ‘jirafearnos’: ver nuestro avance en perspectiva y saber hacia dónde vamos”. Y advierte Aragay: “Estamos acostumbrados a diseñar el futuro haciendo un balance del pasado. Hemos de diseñar el futuro mirando al futuro”.

Ese futuro pasa por el centro, la interioridad, y nos lanza a latir con pasión en las periferias.

–Te propongo, padre Mateo, un viaje en espiral desde el centro hacia las periferias (geográficas y existenciales). Es lo que ahora tratamos de vivir en la Congregación de los Sagrados Corazones. Lo podríamos hacer, del mismo modo, al revés. Francisco nos apunta una definición de este céntrico ámbito: el corazón. “En la Biblia el corazón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. Pues bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo” (‘Lumen fidei’, 26).

Hablar de espiritualidad del Corazón de Jesús es situarnos en este viaje de interioridad-exterioridad. El corazón nos permite entrar en relación con los demás de una manera particular. Constatamos que nuestra vida cotidiana es un conjunto de trozos muy dispersos, como piezas revueltas de un puzle. Cada pieza no es algo aislado, sino que adquiere su sentido en el todo del puzle al que pertenece.

El recientemente fallecido Jean Vanier, fundador de las comunidades de El Arca, nos avisa de lo que puede suceder si se produce una desconexión entre el centro profundo de la persona y sus actividades: “Nunca podrá surgir la alegría profunda, dado que esta es la expresión de la unidad de uno mismo”. (…)

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Índice del Pliego

  • ¿Necesidad de trasplante?
  • ‘Jirafear’
  • Un viaje en espiral
  • Víctimas traspasadas
  • En la tabla de surf
  • ‘Campeones’ y la reparación
  • En el misterio pascual
  • Un chez emocionado
  • Un corazón ‘33’
  • Decálogo de la Iglesia con el corazón abierto de par en par
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