Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Zita, la última emperatriz de la cristiandad


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Cuando decimos que la santidad es para todos, no es simplemente un lema sino una convicción que deriva de la buena nueva del Evangelio de Jesucristo y que nos ha recordado en tiempos recientes, y de modo solemne, el concilio Vaticano II en su constitución apostólica ‘Lumen gentium’. De modo también magisterial y a la vez cercano y sencillo, nos lo ha recordado el papa Francisco en la exhortación apostólica ‘Gaudete et exsultate’.



Si es para todos, lo es para los pobres y los ricos, los de vida humilde y los que están en primera plana, los simples ciudadanos y los que se sientan en los sillones del poder. Sí, también los poderosos están llamados a ser perfectos en la caridad, a ser pobres de corazón, mansos, misericordiosos, trabajar por la paz y a veces también ellos ser perseguidos por causa de la justicia. La historia de la Iglesia, sabiamente, nos ofrece abundantes ejemplos, que en el caso de los monarcas cristianos tienen nombres y rostros concretos como Isabel de Hungría, Fernando III, Luis IX de Francia, Isabel de Portugal, Ricardo el Peregrino, Eduviges I de Polonia, Eduardo el Confesor, Olga de Kiev, David I de Escocia, Esteban I de Hungria, Haakon V de Noruega, Clotilde de Francia, Demetrio I de Georgia, y un largo etcétera al que recientemente se añadió el emperador Carlos de Austria, beatificado por Juan Pablo II en 2004.

Honestidad y fidelidad

Fue el último emperador de la cristiandad, una figura de final de una época, pues aquellos imperios ya no existen como tales -aunque hay otros imperios y otros imperialismos que han ocupado su lugar- y tampoco esa cristiandad en la que el trono y la corona eran prácticamente una cosa, una alianza con luces y sombras que ya es cosa del pasado. Sin embargo, la Iglesia del siglo XXI ha querido remarcar su testimonio de valores que no son antiguos ni modernos, porque no pasan: su honestidad, su fidelidad, sus esfuerzos por la paz, su espíritu de servicio, su fe traducida en caridad.

Recordar a Carlos de Austria nos trae a la memoria la figura de su incansable compañera de fatigas, Zita de Borbón y Parma, pariente lejana de nuestro rey Felipe VI, que camina hacia los altares como antes lo hizo su esposo.  Se trata de una mujer que, en medio las grandes dificultades que en el siglo XX atravesaron Europa y su mismo país, y que a ella le afectaron muy de cerca hasta el punto de trastocar completamente su vida, supo mantener la paz de corazón siguiendo la espiritualidad que desde pequeña aprendió en su familia y en la juventud en un monasterio benedictino, esto es, con el corazón fuertemente radicado en Dios. Hablar de esta esposa y madre nos lleva al imperio de Austria y IV Hungría, realidad muy lejana hoy en día para ambos países, que sin embargo estuvieron unidos hasta el final de la Primera Guerra Mundial, cuando como consecuencia de las circunstancias del tiempo y los movimientos sociales de ambas naciones, dicho imperio se derrumbó.

Infancia compleja

Carlos Francisco había nacido el 17 de agosto de 1887 en el Castillo de Persenbeug, en la región del Austria Inferior, hijo del archiduque Otto y la Princesa María Josefina de Sajonia, hija del último rey de Sajonia. El emperador Francisco José I (1848-1916) era el tío abuelo de Carlos, por lo que en principio no era heredero a la corona imperial, si bien las vueltas de la historia le llevaron a todo lo contrario. Por su parte, Zita María de Borbón-Parma, la quinta de doce hijos, nació el 9 de mayo de 1892 en Villa Pianore, cerca de Viareggio, en la Toscana Italiana, hija de Roberto de Parma y de María Antonia de Braganza, su segunda esposa, una familia real que había perdido la corona mucho antes que Zita naciese. Su nombre, poco común, fue elegido en honor de una santa italiana poco conocida del siglo XIII, patrona de la ciudad toscana de Lucca, humilde trabajadora doméstica.

Zita, tras una infancia de educación en familia, fue enviada como interna al convento de Zangberg, en la Alta Baviera, y en él estaba cuando se enteró de que su padre estaba moribundo, y de hecho falleció el 16 de noviembre de 1907, antes incluso que ella pudiera volver a verlo. En 1909, su madre la envió a estudiar a Ryde, en la isla de Wight, con las monjas benedictinas de Solesmes, que se hallaban entonces exiliadas por motivo de las leyes anticlericales francesas. Su abuela materna, Adelaida de Löwenstein, que había ingresado en el monasterio al enviudar, era la priora, y también estaba su hermana Adelaida, monja desde hacía poco. En total serán 3 sus hermanas que se harán monjas en dicha comunidad, allí, Zita recibió una educación de enorme valor en filosofía, teología y música, a la vez que en su alma nacía la atracción por la vida de clausura, que años más tarde, de un modo laical, pudo desarrollar.

Posibles candidatas

Carlos y Zita, que se conocían desde la infancia por ser parientes lejanos, se habían visto de modo esporádico, pero se prometieron en el verano del 1911, después que la familia imperial analizase con todo detalle las posibles candidatas para esposa de Carlos y eligiera a la italiana. En un viaje a Roma en ese mismo año, ya como prometidos, fueron recibidos por el papa san Pio X y en dicha ocasión ocurrió una famosa anécdota: el Papa le preguntó varias veces a Zita si había decidido casarse con el heredero de la corona imperial, pero en aquel momento Carlos no era heredero y ella tuvo que recordárselo al pontífice. Sin embargo, a la luz de la historia posterior, la insistencia papal ha sido vista como una auténtica profecía de lo que iba a venir.

Zita de Austria

Zita de Austria

El 21 de octubre de 1911 contrajeron matrimonio Carlos y Zita en el castillo de Schwarzau, él tenía 24 años y ella ni siquiera 20, y cuentan que en aquel momento se prometieron: “A partir de hoy, debemos ayudarnos mutuamente para ir al cielo”. Sin duda así ocurrió, hubo entre ellos perfecta compenetración humana y espiritual. Tras la boda, se dirigieron al santuario benedictino de Mariazell para confiar su vida a la Patrona de Austria, probablemente sin imaginar en aquel momento todas las vicisitudes que habrían de pasar en el futuro, de las que con la ayuda de Santa María el matrimonio salió siempre más reforzado. Durante los diez años de su vida matrimonial feliz y ejemplar la pareja recibió el don de ocho hijos y vivieron un amor profundo hasta el final. De hecho, en el proceso de canonización de Carlos se recuerda que, en el lecho de muerte, él decía aún a Zita: «¡Te quiero sin fin!».

Ante la Gran Guerra

Un año después de la boda, el 20 de noviembre de 1912 nacía un heredero, Otto, quien fue recibido con gran alivio por la familia imperial, con el viejo emperador Francisco José a la cabeza, pues el pequeño garantizaba la continuidad de la dinastía de los Habsburgo. Y, de hecho, el 28 de mayo de 1914, tras el asesinato en Sarajevo a manos de un nacionalista serbio del archiduque Francisco Fernando (1863-1914) junto con su esposa, siendo él heredero directo de la corona, Carlos se convirtió sin esperarlo en heredero al trono de Austria y Hungría, y así se cumplió la especie de profecía formulada de modo informal y misterioso por san Pío X.

El asesinato fue también el detonante de la terrible Primera Guerra Mundial, la llamada ‘Gran Guerra’ que impresionó a todo el mundo por su crueldad y un número de muertos como no se había visto hasta entonces, sin poderse entonces pensar que otra mayor y más terrible tenía que venir pocos años después. En la contienda, que enfrentó por un lado a la llamada Triple Alianza (Alemania, Italia y el imperio Austrohúngaro) y por otro a la Triple Entente (Francia, Reino Unido y Rusia), Carlos participó entre los oficiales superiores del ejército del imperio mientras que Zita se dedicaba a la población, a los heridos y a las familias más en dificultad.

Respaldo a Benedicto XV

En pleno conflicto, el 21 de noviembre de 1916, Carlos se convirtió en emperador de Austria por la muerte del reinante emperador Francisco José y el 30 de diciembre fue coronado Rey apostólico de Hungría. Carlos sintió desde el principio que  el compromiso por la paz tenía que ser el centro de sus preocupaciones a lo largo de la terrible guerra. Como bien quedó destacado en su proceso de beatificación, él fue el único, entre los responsables políticos, que apoyó los esfuerzos por la paz del papa Benedicto XV, pontífice recordado en la historia del siglo XX precisamente como «el Papa de la paz». Y en cuanto a la política interior, incluso en aquellos tiempos extremadamente difíciles, abordó una amplia legislación social, inspirada en la doctrina social cristiana. Y, de hecho, su comportamiento hizo posible al final del conflicto una transición a un nuevo orden sin guerra civil. Pero le sirvió de poco porque los aires iban cambiando en toda la Europa central y del este, influida por la revolución comunista rusa, y al final llegarían hasta el imperio austrohúngaro.

En octubre de 1918, una revolución de inspiración comunista estalló en Budapest, y fue la chispa que hizo que el imperio se fragmentase rápidamente. El 3 de noviembre se firmó un armisticio entre Austria-Hungría y las potencias de la Entente, con lo que concluía la Primera Guerra Mundial. Mientras la revolución llegaba hasta la capital austríaca, Carlos rechazó el derramamiento de sangre de sus pueblos que tanta habían derramado ya, y el 11 de noviembre de 1918 renunció a ejercer sus funciones, pero sin abdicar, lo que le situó en una situación muy delicada. A partir de entonces nada iba a ser igual para la familia imperial, si bien sin llegarse a la situación de Rusia, en la que los zares un año antes habían sido ejecutados.

Restablecer la autoridad

Carlos y Zita se retiraron con la familia a una residencia de caza, pero las amenazas revolucionarias aconsejaron que abandonasen el país. Carlos se decidió a ello el 24 de marzo de 1919 y la familia imperial inició un periplo en búsqueda de lugar donde vivir, viendo como muchas puertas se les cerraban y por fin encontrando asilo en la isla de Madeira. Dejaban atrás un imperio que pronto se convertiría en la República de Austria en la que ellos ya no tendrían ningún papel y a la que incluso les estaría prohibido volver hasta tiempos muy recientes, de hecho, Carlos nunca volvió. En los años siguientes, más por deseo del Papa –que temía el establecimiento del poder comunista en Centroeuropa– que, por ambición personal, que no la tenía, él intentó restablecer su autoridad de gobierno en Hungría, pero dos intentos fracasaron, porque Carlos quería en cualquier caso evitar el estallido de una guerra civil.

Lejos de su tierra y de sus medios de sustento, sumergido Carlos en la pobreza, vivió con su familia en una casa de muchas humedades y a causa de ello se enfermó de muerte. Carlos soportó su sufrimiento sin lamento, perdonó a todos los que no le habían ayudado y murió el 1 de abril de 1922 con la mirada dirigida al santísimo sacramento. Como él mismo recordó todavía en el lecho de muerte, el lema de su vida fue: “Todo mi compromiso es siempre, en todas las cosas, conocer lo más claramente posible y seguir la voluntad de Dios, y esto en el modo más perfecto”.

El desafío de una viuda

Zita, viuda a los 30 años, con ocho hijos que criar, se encontró sola y exiliada, pero fue invitada entonces a vivir en España por el rey Alfonso XIII, su pariente por parte de su familia paterna. Antes de dejar Madeira, quiso consagrar a sus hijos al Corazón Inmaculado de María en el aniversario de las apariciones de Fátima. Un barco enviado por el rey español los trasladó a Cádiz, en la península y de allí viajaron hasta el palacio de El Pardo, a las afueras de Madrid, donde vivieron al principio. A continuación, vivió donde lo había hecho la reina Isabel II, en el palacio de Uribarren de Lekeitio (Bizkaia) –en la actualidad, hotel Emperatriz Zita–, que fue adquirido mediante suscripción popular efectuada en el País Vasco y con la colaboración real.

Allí encontró Zita la tranquilidad que necesitaba para comenzar su nueva vida cuidando de su familia, la llegada fue en agosto de 1922 y en tierras vascas permaneció hasta el 1929 cuando se trasladó a Bélgica, donde vivió unos años cerca de Lovaina por cuestión de los estudios de los hijos.

Camino a Estados Unidos

En 1938, Hitler invadía Austria para realizar el Anschluss (anexión para la unificación política de los pueblos de la ‘Gran Alemania’). El dictador, nacido precisamente en Austria, había odiado siempre a los Habsburgo y tardó poco en demostrarlo: el 22 de abril, Otto era condenado a muerte por alta traición, en razón de su hostilidad hacia el Reich, si bien no fue ejecutado; el 9 de mayo de 1940 los alemanes atacaban Bélgica y el día 10 los bombarderos de la Luftwaffe sobrevolaron la residencia imperial, los ocupantes consiguieron escapar precipitadamente hacia Francia en tres automóviles y dos horas más tarde, la casa ardía en llamas, en un intento frustrado de acabar con ellos. La familia se embarca para Nueva York, donde se establecerán de los algunos hijos, trasladándose Zita, sin embargo, a las cercanías de Quebec, para que los cuatro más pequeños acabaran sus estudios en la Universidad Católica, hasta el año 1958 en que regresó a Europa.

Cristiana profundamente convencida desde la juventud, no solamente conservaba una fe sólida en la divina providencia, a pesar de tantas vicisitudes de su vida, sino que con el paso del tiempo se fue acercando poco a poco al ideal que de joven la había atraído, el del espíritu monástico: su oración, especialmente con la misa diaria y el rosario, era continua, según cuentan los que la trataron en esta época. En 1926 se hará oblata benedictina de la Abadía de Santa Cecilia de Solesmes, comunidad donde de pequeña había sido educada y donde en los años sucesivos permanecerá en varias ocasiones gracias al indulto que le concedió Pío XII, en total pasó más de tres años en periodos diferentes.

Consagración renovada

Cuando en 1982 se le permitió regresar a Austria, decidió ir primero al santuario de Mariazell para renovar su consagración, de sus hijos, de su nación y de Europa a Nuestra Señora. Tuvo también la gran alegría de participar en el proceso de beatificación de su marido, al que consideraba un santo de altar. Zita pasó también los últimos años de su vida viajando para estar con su familia, pero con algunas dificultades como consecuencia de la historia que había vivido y a la que pertenecía como protagonista. Así, aunque se habían levantado las restricciones al regreso de los Habsburgo-Lorena a Austria, esto solo se aplicaba a los nacidos después del 10 de abril de 1919. Por lo tanto, Zita no pudo asistir en 1959 al funeral de su madre ni en 1971 al funeral de su hija Adelaida, lo que fue muy doloroso para ella.

En 1982, las restricciones finalmente se levantaron porque, tras una larga batalla legal, el Tribunal Supremo de Austria reconoció que las restricciones impuestas su marido no le debían haber sido aplicadas a ella por no pertenecer a la dinastía imperial de los Habsburgo; fue una victoria que le permitió regresar a Viena por primera vez en 60 años, con un pasaporte diplomático emitido por el rey Juan Carlos I de España, y el canciller socialista Bruno Kreisky.

Vuelta a los orígenes

Recibió una bienvenida triunfal en la capital el 13 de noviembre de 1982, donde más de veinte mil personas participaron con ella en una Misa en la iglesia de San Esteban. En los años siguientes, la emperatriz regresó varias veces a su antiguo país e incluso apareció en la televisión austríaca y fue entrevistada, contando muchos detalles de una vida tan llena de historia como la suya.

Pero poco a poco su salud se iba deteriorando, especialmente a partir de 1980: perdió la vista y cada vez tenía más dificultad para moverse. Los que la cuidaron en estos últimos años dan testimonio de su enorme paciencia, a la espera serena de la muerte que le permitiera reencontrarse con su esposo, lo que ocurrió el 14 de marzo de 1989, a la edad de 96 años. Fue inhumada en la cripta de los Capuchinos de Viena y sus funerales se celebraron en la capital austríaca y en la capital húngara, ambos con grandísima participación de fieles. Su corazón reposa con el de Carlos en la abadía de Muri, antiguo monasterio benedictino, en la diócesis de Basilea.

Considerada hija espiritual de san Benito, fueron los monjes franceses de San Pedro de Solesmes los que años después de su muerte tuvieron la iniciativa de su proceso de beatificación, siendo uno de los matrimonios que hoy día caminan, si bien cada uno a su paso, hacia los altares.

Hacia los altares

Alguno pueden querer promover su causa hacia los altares, al igual que en su día se hizo con la de su marido, porque fueron personajes importantes y en cierto modo símbolos de una cristiandad floreciente que ya no es fácil encontrar en nuestro mundo de hoy. Ciertamente en ese sentido sería una figura anacrónica en la Europa en la que vivimos.

Pero no nos quedemos en lo exterior, que es circunstancial, los buenos monjes de Solesmes han sabido encontrar en ella algo más profundo y significativo. Y entonces, el planteamiento puede ser el contrario: siendo ambos cónyuges de una profundidad humana y espiritual que ha dejado huella en muchas personas ¿Debería ser un obstáculo para su glorificación el haber sido personajes importantes y símbolos de una cristiandad floreciente que ya no es propia de nuestro mundo de hoy? Sea como sea, su caso es un interesante recuerdo de lo ya dicho, que todos podemos ser santos.