Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Un diálogo imaginado con Juliana de Norwich


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El 8 de mayo la Iglesia recuerda a Juliana de Norwich: reconocida como precursora entre los luteranos, venerada por los anglicanos y cada vez más querida por los católicos. Es para muchos, la gran mística medieval de Inglaterra.



Quizá habéis oído hablar de ella en esta pandemia por una de sus máximas más famosas: “Todo irá bien, y todo irá bien, y toda clase de cosas irán bien (VL 27, 13-14). O quizá la has visto en algún grabado con un gato (para ahuyentar los ratones de su celda, sin desmerecer su amor por los felinos). Incluso puede que te hayan hablado de ella como primera teóloga ‘queer’. No sabemos con seguridad su nombre; sólo que asumió el de Juliana porque así se llamaba la Iglesia donde se recluyó voluntariamente en una celda adosada, allá por el siglo XIV: san Julián de Norwich. Yo no la conozco suficiente como para afirmar casi nada. Sólo quisiera aprovechar su celebración para compartir algunas luces que recibo de ella y de sus ‘Revelaciones de Amor’[1]. Como si de un imaginado diálogo se tratara. Podríamos llamarlo 4 consejos y un regalo para ir volviendo a la “normalidad” y sobre todo, para adentrarnos en la vida cotidiana:

  1. “No temas la soledad. También puede ser fecunda, fraterna y misionera”

Benedicto XVI le dedicó la Audiencia general del 1 de diciembre de 2010: “Podría sorprendernos e incluso dejarnos perplejos esta decisión de vivir “recluida”… Pero no era la única (…) En aquellos siglos un número considerable de mujeres optó por este tipo de vida (…) Dentro de su celda, se dedicaban a la oración, a la meditación y al estudio. De esta forma, maduraban una sensibilidad humana y religiosa finísima… Hombres y mujeres de toda edad y condición, necesitados de consejos y de consuelo, las buscaban con devoción. Por tanto, no era una decisión individualista; precisamente con esta cercanía al Señor maduraba en ella también la capacidad de ser consejera para muchos, de ayudar a cuantos vivían en dificultad en esta vida”.

Podría haber ingresado en un convento, pero no lo hizo. Podría haber renegado de la estructura eclesial y jerárquica, pero no lo hizo. Eligió vivir en el anonimato anacoreta y desde ahí estar disponible para quien lo necesitara. Quizá todos necesitamos repensar cómo vivimos la fraternidad y la soledad, cada cual en la vocación elegida, en una familia, en una institución o adosada a los muros de alguna de ellas. El criterio de verdad seguirá siendo el mismo: madurez, sensibilidad humana, cercanía con el Señor y disponibilidad.

  1. “No olvides nunca que nada ni nadie es demasiado insignificante para Dios”

Uno de los textos más conocidos de ella es el de la avellana (también frecuente en sus imágenes): “Entonces me fue mostrado algo muy pequeño, del tamaño de una avellana, descansando en la palma de mi mano… Lo miré con el ojo de mi entendimiento y pensé: ¿qué puede ser? Me fue respondido de manera general: Es todo lo creado. Me sorprendió que esta cosa pudiera subsistir, pues a mi parecer, semejante nonada podía ser aniquilada en un instante. Y se me respondió en mi entendimiento: Subsiste y subsistirá por siempre, porque Dios la ama. Y … vi tres propiedades. La primera: Dios la ha creado. La segunda: Dios la ama. La tercera: Dios la guarda. Mas ¿qué vi en ella? Al creador, al amante, al guardián”. (VL 5, 9-22).

Casi parece una sencilla práctica de mindfulness, de atención plena. Y a la vez, expresa lo esencial de profundos tratados metafísicos: como dice la Sabiduría, nada existe que Dios no ame, pues entonces no existiría. Y así, a todos, por pequeños que seamos, Dios nos crea, nos ama, nos guarda. Nos vendría bien llevar tan grabado en las entrañas esta verdad de Dios que hasta contemplando una avellana exclamáramos que es querida y cuidada. Que todo cuanto existe (también cada persona) tiene sentido.

  1. “Deja que Dios sea Dios y todo lo demás se reordenará (incluido el pecado)”

‘Lady’ Juliana nos dice: “¿Pecado? Eres nada. Pues he visto que Dios está en todas las cosas y a ti no te he visto. Y cuando he visto que Dios ha creado todas las cosas, a ti ni te he visto. Y cuando he visto que Dios es en todas las cosas, a ti no te he visto. Y cuando he visto que Dios hace todas las cosas, pequeñas y grandes, a ti no te he visto. Y cuando he visto a Nuestro Señor Jesucristo sentado en nuestra alma gloriosamente amar todo lo que ha hecho, complacerse en ello, dirigirlo y conservarlo, a ti no te he visto. Por eso estoy segura de que eres nada”. (VL 23, 26-33) Con la mejor de las intenciones, ¡cuántas veces damos al pecado y al mal un espacio que no le corresponde! ¡Cuántas veces -sin querer- a fuerza de combatir el mal lo convertimos en un gigante que lo llena todo!

Hay que tener una mirada muy limpia y un corazón muy compasivo para ver a Dios en todo y a todo lo demás ocupando su lugar, ni más ni menos. Incluido el pecado.

  1. “Antes de cantar resistiré o facciamo finta che tutto va ben, asegúrate de estar poniendo todo de ti en el presente”

Nos ayuda cantar ‘Resistiré’ hasta que percibimos que puede ser una treta para tenernos cantando y ocupados solo en nosotros mismos. Nos ayuda repetir que “todo irá bien” hasta que empezamos a sospechar que la realidad no es mágica y que el buen futuro tiene mucho de buen presente. El convencimiento de Juliana no es buenismo ingenuo porque nace de una experiencia vital: tras superar una grave enfermedad que la puso al borde de la muerte, experimenta como la mayor revelación de su vida que Dios es amor. Llega a decir: “Dios no perdona, Dios ama”.

Incluso el Catecismo de la Iglesia Católica ofrece la experiencia de esta mujer frente al problema del mal y la desesperanza (cf. n 313): vivir confiados “y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien… Tú misma verás que todas las cosas serán para bien”. ¿Cómo? Yo no lo sé. Me parece muy difícil.

  1. Y un regalo…

Así que hoy, me encomiendo a Juliana de Norwich y le pido que me ayude a vivir con un Dios en el corazón que me haga cantar cada mañana: ‘All shall be well’. Con una alegría lúcida y serena. Libre, como ella. Y si no cantamos, bailemos. La vida y el amor son el regalo. No merece la pena enredarnos:

 

[1] Los textos están tomados de Victoria Cirlot y Blanca Garí, La mirada interior. Escritoras místicas y visionarias en la Edad Media, (Ed. Siruela, Madrid: 2008).