Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Se busca a Félix


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En la España de 1960 hubo una figura que cambió el estado de la naturaleza en España, uno de esos personajes de los que solo nace uno cada siglo: el doctor Félix Rodríguez de la Fuente, una persona inspiradora que pertenece a esa generación de naturalistas como Jacques Cousteau, Jane Goodall, Chico Mendes, Wangari Maathai, Richard Attenborough o Remi Parmentier –fundador de Greenpeace Internacional– que en el último tercio del siglo XX crearon la conciencia ecológica mundial en la época de los medios de comunicación de masas. A la vez que entrábamos en el confinamiento de la pandemia celebramos el 40 aniversario de su fallecimiento en los hielos eternos de Alaska.



A la vez que España se acercaba a una transformación que llevaría a la Transición política de la dictadura a la democracia, vivimos a la vez una Transición Ecológica que nos llevaría de un modelo de progreso destructivo a una nueva relación con la Tierra.

Si los españoles tuvieran que votar un personaje que representara a la España de la segunda mitad del siglo XX, creo sinceramente que elegirían a Félix por la profundidad de su influencia, la originalidad de su personalidad, su pasión e inteligencia, su mezcla de ciencia moderna y poesía, por su honda y poderosa vinculación con la palabra, por la preferencia por educar a la nuevas generaciones de niños, por su inteligencia para crear un entramado institucional que prolongó su obra, por su transversalidad ideológica y capacidad para unir a todo un país en una misión que nos trasciende, por salvar parques nacionales y especies insustituibles y su papel crucial en la reconexión de los españoles con la Tierra. Y sobre todo, porque fue y es el más amado, al igual que todos pudimos sentir que Félix amaba de un modo genuino y sin medida a todos los seres humanos universalmente, a toda vida y al planeta Tierra.

Cuando se visita Poza de la Sal, el pueblo burgalés donde nació Félix Rodríguez de la Fuente en 1928, se siente el tipo de intimidad que sentía desde niño con el paisaje y su naturaleza. Arriscado sobre una colina rocosa presidida por una gran peña, parece que quien nace en ese lugar no pudiera evitar ser una criatura contemplativa. La aldea es un balcón ante el que se despliega la gran llanura cerealista de Bureba. Al Norte comienzan las fascinantes merindades, tan diversas y llenas de historia. A espaldas del pueblo se abre el misterioso Páramo de Lora, donde tantos se han perdido. La austeridad habla de un vínculo profundo con la tierra y su deseo de volarla como los buitres y águilas que pasaba horas estudiando embebido por el viento desde lo alto de la colina. Su entretenimiento infantil era estar en el campo estudiando con pasión y ciencia a los animales.

La plenitud de la conexión

Aquellos vuelos suscitaron en él un incesante anhelo de libertad y aventura para conocer la naturaleza del mundo y el misterio de la vida. La plenitud de la conexión durante su infancia con la naturaleza marcó toda su vida y su propia acción fue creando un movimiento cuyas ondas le fueron llevando más lejos y más profundo en la restauración del vínculo entre el hombre y la Tierra. Me pregunto, ¿qué experiencias de plenitud y anhelo estamos proporcionando a la infancia de nuestro siglo 21?

Escogió estudiar Medicina porque pensaba que en el ser humano es donde se condensaban todos los misterios que quería desentrañar de la naturaleza. Su interés principal era la biología y ejerce en él una gran influencia el joven vallisoletano José Antonio Valverde (nacido en 1926), quien en los años cincuenta emprende una ardiente defensa de Doñana, sobre la que amenazaban planes de desecación industrial. Junto con él funda la Sociedad Española de Ornitología en 1954 y Félix decidió recuperar en España el arte perdida de la cetrería.

En 1962 comienza su presencia en la recién creada Televisión Española y cuando España estaba sumergida en un febril proceso de hiperdesarrollismo y abandono del mundo rural, logró que el país volviera sus ojos hacia el mundo natural sobre el que el modelo de progreso estaba teniendo un impacto tan destructivo. Su interés no era solo por la fauna, sino que desde el comienzo creó una nueva mirada antropológica por los pueblos nativos de África y el continente americano.

En 1965, Félix logró iniciar otro de sus más profundos deseos: salvar al lobo. Salvó a dos lobeznos de ser apaleados en una aldea del Bierzo y los crió junto con su mujer, la francesa Marcelle Parmentier (París, 1937), con quien se casó en 1966. Luego lo haría más veces con lobos cuya manada reubicó en el Cañón del Río Lobo, en Guadalajara. Félix amaba a animales concretos y eso abrió una vía importante: el compromiso ecológico no era ideológico, puramente político ni abstracto, sino que surgía ya arraigaba en un profundo amor por los animales, los paisajes y los seres humanos en toda su diversidad y universalidad. Félix era extraordinariamente consciente de que, como afirmó, “cuando desaparece una sola especie animal, la hemos perdido para siempre, porque crear solo Dios puede hacerlo”.

Félix fue ampliando cada vez más su alcance a través de todos los medios de comunicación –radio, prensa escrita, televisión, cine, libros, enciclopedias, etc.–, muy especialmente dirigida no solo a la ilustración científica y naturalista, sino a la transformación y educación de la conciencia colectiva. Tejió un movimiento social de instituciones (fundó ADENA, hoy unida a WWF) y catalizó una nueva generación de conservacionistas en el momento preciso en que España sufría el mayor riesgo medioambiental.

En 1971 se inició la emisión de la serie documental más conocida de Félix, que estuvo en nuestras televisiones hasta 1981: ‘El hombre y la Tierra’. De eso iba todo esto: de reconciliar al ser humano con la Tierra y el misterio de la vida.

Ahora veamos el conjunto de graves problemas que sufre nuestro país y me pregunto: ¿qué Félix necesitamos y quién puede serlo?