Jorge Oesterhel, sacerdote periodista escritor director de Vida Nueva Cono Sur bloguero Con la mirada puesta
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Un asunto cultural nada tiene que ver con la fe, sino con las costumbres

Con ocasión de la aprobación del ministerio episcopal femenino en la Iglesia Anglicana de Inglaterra, desde el otro lado de la línea me llega la pregunta de la periodista: ¿qué sentiría usted en una misa celebrada por una mujer?

La ordenación sacerdotal de mujeres es un hecho que no parece tener cabida en la sensibilidad de personas que han crecido dentro de un ambiente patriarcal y de subestimación de la mujer. Siempre han visto como algo natural e inmodificable que sea un hombre quien presida el culto, administre los sacramentos y predique la Palabra de Dios. En los templos, cuando una mujer distribuye la comunión al lado del sacerdote, la fila de los que se acercan a la mujer suele ser más corta.

¿Por qué? ¿Es un asunto de fe que solo hombres pueden ser consagrados sacerdotes y que las mujeres deben ser excluidas de ese sacramento? ¿O es un asunto cultural que nada tiene que ver con la fe sino con las costumbres? Y si no es asunto de fe por qué la declaración del papa Juan Pablo II que ratifica: “la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres”. Se considera doctrina definitiva por el mismo Papa y “definitiva e infalible” por la Congregación de la Doctrina de la Fe, entonces presidida por el cardenal Ratzinger. Es, según esto, un asunto cerrado y sellado y con llaves arrojadas al mar de lo inmodificable.

Sí, ante una mujer que celebra misa, sentiría que por fin se abre una puerta clausurada durante siglos, por donde deberían entrar aires de renovación.

Ternura y misericordia

En efecto, el papa Francisco ha puesto en circulación en el lenguaje de la Iglesia dos sustantivos que antes apenas si se mencionaban: ternura y misericordia, y que señalan dos formas de la acción de Dios. Mirar a Dios desde esas actitudes representa un cambio como el que introdujo Jesús sobre la imagen del Dios del Antiguo Testamento. A Dios se lo asociaba con el poder y la justicia implacable, esas manifestaciones de lo masculino y de la fuerza. 

El misericordioso va más allá de cuanto abarca la justicia, y la ternura es el amor elevado a una potencia superior. Son atributos en que lo femenino supera y perfecciona lo masculino. Una Iglesia tierna y misericordiosa designa una realidad que ha progresado, es la misma que siento al pensar en una Iglesia en la que la mujer ha tomado, por fin, el puesto que le corresponde.

Hay que admitir que en la Iglesia ha predominado lo masculino con su acentuada inclinación hacia el poder. Es un problema de poder el que enfrenta Francisco cuando comanda la reforma de la curia romana; o cuando desmonta el centralismo imperante en la estructura administrativa de la Iglesia, y cuando examina el funcionamiento de la unidad parroquial.

¿Tiene que ver la estructura patriarcal de la Iglesia con el fenómeno que están revelando las respuestas a la encuesta sobre familia que adelanta la comisión preparatoria del sínodo?

En el resumen de las respuestas obtenidas en Alemania, por ejemplo, se anota: “la mayoría piensa que la Iglesia tiene, por un lado, una actitud pro familia y, por otro lado, una actitud sexual lejana de la vida real”. Y agrega, revelador, el documento: “en principio, el lenguaje de la Iglesia y la actitud autoritaria de todos sus documentos oficiales no ayudan a despertar ni a encontrar la comprensión y el consenso entre los fieles”.

Una mirada a las respuestas de la encuesta deja al descubierto una reacción contra esa posición autoritaria, típicamente masculina: muy pocas parejas le dan importancia a la enseñanza de la Iglesia respecto de la moral sexual. Las afirmaciones de la Iglesia sobre las relaciones sexuales prematrimoniales, la homosexualidad, los divorciados vueltos a casar y el control natal son temas que encuentran poquísimos consensos o son rechazados abiertamente.

Abundan en los resultados de esta encuesta los testimonios de un divorcio entre el pensamiento de la jerarquía y el de la feligresía. ¿Qué pasa?

¿Hay acaso una visión incompleta de una realidad que corregiría un aporte femenino?

La presencia simbólica, no real, de la mujer en el pensamiento y en las grandes decisiones de la Iglesia, y el predominio de un criterio masculino (¿machista?) puede ser otra explicación para ese divorcio de la opinión dentro de la Iglesia.

Al referirse al papel de la mujer en la Iglesia el papa Francisco reiteró su obediencia a las normas vigentes, pero admitió que aún deben estudiarse más a fondo la naturaleza y los modos de ese papel. Es, ciertamente, un estudio inaplazable que se relaciona con el futuro de la Iglesia. Deslumbra la idea de lo que podría cambiar el día en que la mujer pueda dar todo su potencial a la vida de la Iglesia. ¿Lo imaginan ustedes?