Rafael Salomón
Comunicador católico

Resurrección, vida eterna


Compartir

Una gran parte de la humanidad habla y sólo una reducida porción conoce. Un hombre que nació en las condiciones más precarias y que murió de la manera más cruel, siendo el enviado, el Hijo de Dios y quien compartió un mensaje para amar de una manera muy sencilla a nuestro Padre del Cielo.



En los tiempos que vivió se enfrentó a muchas y diferentes formas de pensar donde el amor que compartió y las señales que dio, causaron revuelo, discusión y divisiones de las que actualmente seguimos hablando.

Fue signo de contradicción y lo sigue siendo, Jesús de Nazaret, desde su nacimiento causó furor en quienes sabían que había llegado el mesías, el profeta más grande de todos los tiempos, un carpintero que moriría en una cruz de madera como tantas veces la trabajó y tuvo entre sus manos.

Un soñador, un hombre que confiaba en la humanidad, creía que los sueños de los pobres podrían tener vida de verdad y quienes le escucharon sabían lo que era encontrar la esperanza, la misión de un hombre que conoció lo que significa agradar a su Padre.

El Reino está entre nosotros

Con la sencillez como ejemplo de su propia vida causó una verdadera revolución, con enseñanzas simples habló del tesoro más grande y de la manera en que el amor de Dios Padre está al alcance de todos, el Reino está entre nosotros, en todo momento y especialmente en nuestro corazón.

Habló de fe, de no hacer sacrificios, de ser coherentes con nuestras creencias y sobre todo que aprendamos a compartir, ahí está el secreto de la multiplicación. Peces, vino y pan como promesa de felicidad, la vida es un regalo para admirar, una fiesta que sólo basta querer aceptar.

Jesús

Por esta y muchas otras cosas fue señalado, perseguido y llevado a la cruz como castigo por haber proclamado pensamientos contrarios a la religión de ese tiempo y de acuerdo a la época en que vivió, blasfemo por haberse reconocido Hijo de Dios.

Cuando imagino la figura de Jesús de Nazaret caminando con sus discípulos, compartiendo un mensaje de esperanza en los caminos de tierra, entre los lagos, y en las chozas sencillas, devolviendo la esperanza, regresando la dignidad y la nueva oportunidad para quienes estamos rotos. Imagino su túnica moviéndose por el viento, perdiéndose en el horizonte, visitando uno y otro pueblo, caminando sin prisa.

La luz, el perdón y la salvación

La sonrisa de Jesús lograba contagiar de amor a quienes la vieron y escucharon, cambió la vida de los más letrados y de los menos favorecidos. Ser como niños y nacer de nuevo, invitaba a buscar los verdaderos tesoros, esos que están en el cielo. Dejó claro que todos somos hijos de Dios, sin importar nuestros títulos, somos perlas escondidas, encontradas y valoradas por nuestro Padre Celestial.

Hoy nos alegramos porque Él estuvo y estará por siempre entre nosotros, nos entusiasmamos porque dijo que quienes sufrimos y tenemos heridas, seremos sanados, porque ha cambiado mi dolor en alegría. Nos animamos porque encontramos la luz, el perdón y la salvación. Jesús de Nazaret me ha hecho feliz y sólo tuve que aceptar el mensaje de amor, ternura y misericordia.

El amor nos ha salvado y el carpintero, el mesías, el enviado, el Hijo de Dios nos ha dado la enseñanza más grande del mundo: ¡Es posible para todos encontrar felicidad! Resurrección vida eterna, paz en esta tierra.

“Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo“. Salmo 118