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¿Qué aporta el nuevo pacto de las catacumbas?


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La firma

Como adelantó en exclusiva Vida Nueva, este domingo, 20 de octubre, en las catacumbas de Domitila se ha repetido, 54 años después, un gesto. Más de 200 personas han presenciado la firma de un nuevo compromiso por parte de una cuarentena de obispos “por una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana”. Es el nuevo ‘Pacto de las Catacumbas por la Casa común’ y la estola empleada por Helder Cámara unió ambos acontecimiento en la línea de la evolución del pensamiento conciliar.

El documento, de 15 puntos y que también ha sido suscrito por otros de los participantes en el sínodo de la Amazonía –más allá de su derecho a voto– y apuesta por un compromiso real y concreto de defender la creación comenzando por las personas.

Cuidar de la Casa común pasa, para los firmantes, por “renovar en nuestras iglesias la opción preferencial por los pobres, especialmente por los pueblos originarios y, junto con ellos, garantizar el derecho a ser protagonistas en la sociedad y en la Iglesia”, lo cual conlleva a “abandonar en nuestras parroquias, diócesis y grupos, todo tipo de mentalidad y postura colonialista, acogiendo y valorando la diversidad cultural, étnica y lingüística en un diálogo respetuoso con todas las tradiciones espirituales”. Algo que innegablemente es, a pesar de lo que digan los críticos, Evangelio puro.

El otro pacto

El 16 de noviembre de 1965 una cuarentena de padres conciliares, apenas un mes antes de concluir las sesiones conciliares, firmaron en la misma basílica semienterrada de las catacumbas de Domitila el compromiso de hacer realidad en su ministerio pastoral aquello de “una Iglesia pobre para los pobres”. Este había sido un lema potente de los propuestos por Juan XXIII y que en los tiempos del Vaticano II encarnaron de forma prototípica el sacerdote Paul Gauthier –había sido profesor del Seminario de Dijon– y la carmelita Marie Thérèse Lescase que trabajaban como obreros en Nazaret reivindicando el estilo pobre incluso del Jesús histórico siguiendo la referencia de la espiritualidad de Charles de Foucauld.

Impulsado por algunos obispos latinoamericanos con el liderazgo del brasileño Helder Cámara se unieron en el acto algunos africanos, europeos y asiático aunque, en poco tiempo fueron creciendo las adhesiones. Todo ello, a pesar de que los primeros firmantes mantuvieron cierta discreción –se presentaban como “un grupo anónimo”– para no echar más leña al fuego en las tensiones del final del concilio.

En 2015, el libro editado por Xabier Pikaza y José Antunes da Silva, ‘El Pacto de las Catacumbas. La misión de los pobres en la Iglesia’ (Editorial Verbo Divino –precisamente la congregación encargada de la custodia de las catacumbas de Domitila–), hizo una amplia valoración de la influencia en la vida de la iglesia de aquel sencillo documento de 13 puntos que traducía con actitudes concretas algunas de las determinaciones eclesiológicas que proponía el Vaticano II. Lejos de la improvisación, el estudio muestra que el grupo impulsor del ‘compromiso de las catacumbas’ –también conocido como ‘Esquema XIV’, porque en las sesiones se habían discutido 13– se reunía en desde 1962 en el Colegio Belga de Roma bajo la denominación de ‘Iglesia de los pobres’ y reportando siempre directamente al Papa a través del cardenal Lercaro.

Las reuniones del grupo y esos 13 puntos, la mayoría redactados en clave de compromisos personales de los propios pastores, son un punto clave, para muchos, de los que será posteriormente la Teología de la liberación. Y es que el grupo fue un catalizador de los movimientos que en ese mismo sentido había en diferentes lugares.

Los orígenes

El lugar para la firma del acuerdo no es indiferente. Dicen los historiadores que eligieron el sitio porque para muchos de los impulsores del texto era uno de los lugares elegido para rezar y pensar por los Padres Conciliares. Aunque los encuentros se fraguaron en el seminario belga, la galerías subterráneas en las que el paso de la historia ha dejado vestigios tanto de los inicios de la comunidad cristiana romana entre los potentados humildes de la sociedad romana como del paso de los bárbaros en busca de cualquier riqueza.

Las catacumbas son una fuente histórica significativa para descubrir la realidad del cristianismo primitivo que se vivió en la ciudad de Roma entre el siglo II hasta el final del primer milenio. Más allá de lo que se ha transmitido a través de las fuentes literarias –el Nuevo Testamento, historiadores romanos, los Santos Padres…–, estos cementerios muestran aspectos sociológicos de la iglesia de la capital del Imperio y son un testimonio teológico de cómo la nueva fe afrontaba la muerte, cómo vivía los sacramentos o celebraba el culto que daba a los mártires. En estas galerías reposaron cristianos de todo tipo y condición, mostrando la variedad de la comunidad cristiana (que acogía desde soldados o funcionarios imperiales hasta esclavos y familias sin recursos) antes de que se impusiera toda idea de exhumación.

Hoy en día, cada nueva jornada varios cientos de personas, recorren el mismo camino de los antiguos romeros que acudían a las catacumbas de las afueras de Roma con la aspiración de venerar las tumbas de los primeros papas o de los mártires. Allí han acudido estos Padres sinodales y algunos de los auditores. Es verdad que las reliquias ya no están en las catacumbas visitables, pero –entre las tumbas, humildes o más lujosas– queda el testimonio de los primeros cristianos en la fe en la Resurrección que tantos creyentes anónimos han transmitido hasta nuestros días. Volver a las catacumbas a recuperar el “amor primero” de ese testimonio puede transparentar mejor el mensaje del Reino para los cristianos –o no– de este tiempo, de la Amazonía o de la vieja Europa.