No matarás (5)


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La noticia saltó a los medios en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús: gran cantidad de personas en situación de migración intentaron el salto de la valla que separa Melilla y Marruecos. Se habla de 37 muertos y varios centenares de heridos, entre ellos 140 policías. Es la enésima vez que sucede, aunque nunca el balance fue tan funesto… Y seguirá sucediendo si las políticas migratorias de la Unión Europea no cambian notablemente.



Me he encontrado en España gente que se pregunta, ¡con toda ingenuidad!, que por qué esas personas no cogen el barco o el avión para llegar a España y, en cambio, se exponen a la muerte atravesando el mar en patera o saltando la valla.

Quizás, acostumbrados los españoles a movernos por el mundo con nuestro DNI o nuestro pasaporte, hemos creído que los ciudadanos de otros países pueden hacer lo mismo. No es así. Los africanos, casi en su totalidad, necesitan un visado para entrar en España (o en cualquier país del espacio Schengen).

Y ese visado solo se da a quienes tienen la posibilidad de reunir, además de un pasaporte, una serie de condiciones casi imposibles: contrato de trabajo si quieren quedarse a trabajar; si van como turistas deben tener billete de ida y vuelta, reserva de hotel, cuenta bancaria con, por ejemplo, 3.000 euros, seguro médico… y pagar una no despreciable suma.

Aun así, el visado no es un derecho, sino una concesión, que puede ser denegada, sin que el Estado tenga obligación de decir las razones. A un joven soltero difícilmente le darán el visado. Quienes van a trabajar a Huelva en la cosecha de la fresa (porque en España no hay 19.000 personas disponibles para ello entre los tres millones de parados) son mujeres marroquíes casadas y con hijos, cuestión de asegurarse que no se van a quedar, sino que van a volver una vez acabada la temporada.

Un joven marroquí, sentado en el espigón del puerto de Tánger, mirando a España –son 14 km y, con buen tiempo, se ve perfectamente Tarifa o Algeciras– comentaba: “¿Por qué ellos pueden venir aquí y nosotros no podemos ir allí?”.

Las fronteras matan

Resultado de todo esto: hay que saltar la valla; no queda otra; la patera es cara y de alto riesgo.

El Papa habla a menudo de que el sistema económico en el que vivimos es un sistema que mata, que provoca muerte. Dígase lo mismo de la política migratoria: mata. “Las fronteras matan”, han escrito algunos muy expresivamente.

En Bolivia conocí un lugar donde se exhibía un busto de Cristo que derramaba lágrimas. Es poco que llore; yo creo que sangra. ¿Y cómo no va a seguir sangrando el Corazón de Jesús, si solo en el día de su fiesta mueren trágicamente 37 personas en el intento de vivir?

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