Cristóbal López Romero, SDB, cardenal arzobispo de Rabat
Cardenal arzobispo de Rabat

La segunda eucaristía de Midelt


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Midelt es una población de Marruecos donde los monjes trapenses del monasterio Notre Dame de l’Atlas mantienen vivo y actuante el espíritu de Tibhirine (Argelia), tras el martirio de siete de sus hermanos en 1996. (Vean el filme De dioses y hombres, si no lo han visto; les hará mucho bien).



Los monjes trapenses son madrugadores, como corresponde a su estilo de vida y a su tradición. A las 4 de la mañana, ya están rezando: hora de lecturas o vigilias, antes conocida como maitines. A las 7:15, celebran la eucaristía incluyendo en ella el rezo de laudes. A lo largo de la jornada, todavía se encuentran en la capilla cinco veces más: tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Siete veces al día rezan, pues, comunitariamente, a lo cual añaden la oración y meditación personal, la lectura y estudio de la Palabra de Dios y de temas de espiritualidad, el trabajo manual y algunos momentos de encuentro comunitario. Hasta aquí todo normal para unos monjes contemplativos…

Pero tienen una peculiaridad: celebran dos eucaristías cada día. La primera, temprano en la mañana como ya se ha dicho, es la Eucaristía sacramental, la eucaristía propiamente dicha. Pero hay una segunda a media mañana.

Resulta que los cuatro o cinco empleados del monasterio (marroquíes musulmanes) invitan a los monjes, y a los que están de paso en la hospedería, a tomar un té marroquí con algunos trozos de pan y sardinas en lata. En torno al té, se charla, se intercambian noticias de cerca y de lejos, se comparten experiencias y opiniones, se comenta la realidad… Es un momento privilegiado no solo de diálogo interreligioso, sino de fraternidad; o mejor, es un momento concreto en el que el diálogo ha conducido a la fraternidad y se ha convertido en vivencia de la fraternidad.

Compartir el pan y la vida

Ciertamente, al calificar este encuentro diario como “segunda eucaristía”, utilizo esta expresión de una forma análoga y simbólica. Pero es que en ese encuentro, del que participan musulmanes y cristianos, obispos y laicos, doctores y analfabetos, jóvenes y ancianos venerables, se viven muchos valores “eucarísticos”: compartir el pan (y el pescado: ¡cómo no pensar en el Resucitado preparando pescado sobre las brasas!) y la vida, reflexionar juntos, reforzar la amistad, escuchar y hablar… todo ello fraternalmente y más allá de las diferencias personales.

¡Qué pena que muchas de nuestras misas anden escasas de todas esas cosas que hacen la Eucaristía!

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