José Fernando Juan, profesor del Colegio Amorós
Profesor del Colegio Amorós

¡Cuidado, cuidado, que Dios mira!


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El Bosco (Hieronymus Bosch), ese autor de desbordante imaginación y claro en sus pinceladas, pinta a principios del siglo XVI una tabla con los pecados capitales. Su estructura circular, en la que se ven las diferentes escenas, están presididas en su corazón por una imagen de Cristo con la inscripción en latín: “¡Cuidado, cuidado, Dios está mirando!”. Si la mirada no es amenazante, sin duda se vuelve tenebrosa con la sentencia.

Siglos más tarde, el hombre más feo del mundo consigue dar muerte a Dios en la obra de Nietzsche, cansado esta vez de saberse contemplando continuamente. Incapaz de mirarse a sí mismo, no soporta la proximidad de Dios. Su mirada le hiere, no le ofrece descanso, está siempre acechando.

Arte y literatura reflejan un hartazgo muy común, también hoy. Ese Dios que conoce lo insondable, convertido en caricatura de sí mismo e ídolo de masoquistas cuando aparece desprovisto de amor. La mirada de Dios se ha convertido innumerables veces en prisión y condena en la predicación, no en ternura y misericordia. La mirada de Dios que juzga y que parece prometer vengativamente que Él vencerá sobre la persona más que sobre el pecado. De esa mirada, ¿quién no quisiera poder alejarse, esconderse en lo más recóndito, en el lado inescrutable del mundo?

No hemos entendido nada. Necesitamos ser conocidos y mirados. Lo deseamos a gritos y con lamentos. Abrir el corazón, descargar las lágrimas y heridas, y reconciliar plenamente la historia y lo vivido en ella con nosotros mismos. Aguardamos el momento en que sea posible. Pero una mirada así pintada, así contada, solo provocará una mayor desconfianza, una fuga si cabe aún más precipitada en dirección contraria. Mayor sufrimiento. ¿No hay nadie que sea capaz de mirarme, conocerme y quererme como estoy siendo?

Hace falta volver a la ternura de Cristo, cuya imagen en Javier sabe sonreír invitando a quien se acerca a descansar en Él. Urge hablar de una oración en la que nos dejemos contemplar sin miedo por Dios, en la que pidamos ver como el ciego de Jericó que es visto por el Maestro que pasa. Resulta imprescindible recuperar a Agustín: “Dios me ve más que yo a mí mismo, más hondamente.” Dios mira desde dentro y desde allí conoce y ama, acoge y sana; al contrario que las personas cuya mirada va de lo exterior hacia lo interior. La mirada de Dios no es como la de los hombres y mujeres, que rivalizan y sospechan entre sí. Aquí no hay analogía posible. La mirada de Dios es otra y, cuando no se comprende ni se confía en ella, ciertamente se vuelve terrorífica.

Nuevamente, una vez más, la raíz del problema no está en Dios, sino en ese ser humano disgustado y herido de orgullo capaz de crear un diosecillo pobretón y caprichoso en el que permanecer encerrado en sí mismo. La humildad, que nos da acceso a Dios vivo y verdadero, es clave. Dice Jean-Louis Chrétien algo que ojalá se incrustase en nuestra existencia más cotidiana: “La humildad nos libera a cada instante al sacar a la luz aquello que queríamos ocultarnos a nosotros mismos en el umbrío y tenebroso desván de nuestro orgullo. Nos libera de las dudas, las vacilaciones y las tergiversaciones en que se complace y disgusta incesantemente el hombre que se cree seguro de sí mismo.” (‘La mirada del amor’, Sígueme, p. 42)