El primer abrazo a una víctima de abusos: “Dios os pide perdón”

Miguel Ángel Hurtado, víctima de abusos, y Luis Alfonso Zamorano, sacerdote

Sentados. En torno a la misma mesa. Las dos víctimas que han creado la Asociación Infancia Robada, primera organización de víctimas de abusos de la Iglesia española. Y un sacerdote. Miguel Ángel Hurtado, que sufrió abusos por parte de Andreu Soler, monje de Monserrat, en los años 90. Juan Cuatrecases, padre de un joven que hoy tiene 22 años, y que ganó en noviembre una primera batalla judicial –a falta de recurso ante al Supremo– que condena a once años de prisión al profesor del colegio Gaztelueta, del Opus Dei, en Bilbao, que abusó del chaval cuando tenía entre 12 y 13 años.

Los dos están en Madrid para pedir a los políticos que aceleren la aprobación de la ley que aumente los años para la prescripción de los delitos de abusos contra menores. Junto a ellos –no frente a ellos–, un sacerdote. Luis Alfonso Zamorano, misionero palentino del Verbum Dei, magister en acompañamiento espiritual y psicología por la Universidad Alberto Hurtado, que ha caminado y camina junto a los que fueron vejados entre otros, por Fernando Karadima, el icono del depredador eclesiástico en Chile. No hace falta establecer reglas de juego. Ni una sola pregunta periodística de avanzadilla. El religioso toma la palabra. “Estoy pisando tierra sagrada”. A partir de ahí, la conversación fluye sin mediadores. Con la beligerancia comprensible que nace de la demoledora vivencia de los supervivientes y el dolor provocado por una Iglesia que no ha estado a su altura.

Luis.- Mi profundo respeto y admiración por vosotros. Estoy aquí para escucharos y sentir que también hay una parte de la Iglesia que está comprometida con la causa que defendéis las víctimas.

Miguel.- Me gustaría preguntarte si hay diferencia cultural entre la manera en que la Iglesia católica española y la chilena afrontan la cuestión.

Luis.- He regresado hace dos años a España y no conozco en profundidad esta realidad. Sí te puedo hablar de Chile. Para ellos, ha sido un aprendizaje muy lento y diría que aún les falta muchísimo. Intuyo que aquí todavía estamos con la venda en los ojos, con la negación de que esto sea realmente un drama y una verdad que hay que mirar a los ojos.

Miguel.- Mi experiencia con la Iglesia española es que se piensan que pueden no afrontar el problema, que no hablando de los abusos, el problema deja de existir…

Juan.- Es la ignorancia deliberada, como tú las has definido en alguna ocasión, Miguel Ángel.

Miguel.- La Iglesia española ha visto cómo la crisis ha estallado en Chile, en Estados Unidos, en Alemania, Australia… Y se piensan que aquí no va a pasar y no hay que tomar medidas. Todos los periodistas con los que hablamos nos dicen que la Conferencia Episcopal no quiere hacer declaraciones, no quiere hablar.

Juan.- Por otro lado, no es mejor cuando salen declaraciones como las del arzobispo de Tarragona, en las que dice que esto se debe a un mal momento de algún sacerdote. Lo siguen enfocando como si fuese solo un pecado, cuando los católicos sabemos no es solo un pecado: es un delito.

Miguel.- Siempre me acuerdo de la frase del Evangelio en la que Jesús dice que si hay una oveja perdida, el pastor dejaría al resto para buscar a esa oveja herida, asustada, descarriada para devolverla al redil. Entonces, si tú tienes gente que ha sido herida por un lobo con piel de cordero, tienes la obligación moral de intentar encontrarla. Sin embargo, lo que me sublevó fue la respuesta de la Iglesia que yo he vivido en Montserrat. Los documentos prueban que  Soler abusó, lo sabían, y en 20 años no han hecho el menor esfuerzo para encontrar más víctimas. Ahora, tras hacerse público en un documental, se ponen a buscar…

Luis.- No veo mucho la televisión, pero el otro día vi el vídeo donde aparecía el abad pidiendo perdón y tengo que decirte que me indigné por dentro, porque lo hacía sentando, leyendo unos papeles en su homilía. No son formas. No sé si en este tiempo se ha reunido contigo, si te ha querido recibir. Creo que cambiaría mucho el sentarse con vosotros, miraros a los ojos…

Miguel.- Me reuní con él en dos ocasiones, pero no fueron encuentros productivos. Tras contarle mi historia, me dijo que a lo mejor podía haber otros casos, pero no había sido capaz de encontrarlos. Desde entonces tampoco los ha buscado públicamente. ¿De qué sirve que, como pide el Papa, los obispos se reúnan y escuchen nuestras historias si eso no lleva a un cambio en el funcionamiento de la institución? Al final, los católicos en España todavía se siguen enterando de los casos de pederastia leyendo los periódicos. No se está buscando a las posibles víctimas para intentar consolarlas, ayudarlas, darles un acompañamiento… Y hay muchas víctimas que, como no vayas a buscarlas, no van a contactar con la Iglesia.

Juan.- Hay casos aún peores, como el nuestro. Cuando te enteras que te está trampeando y manipulando como se hizo con nosotros a través del sacerdote Silverio Nieto, que nos dijo que venía en nombre del Papa a transmitirnos su afecto y luego se convirtió en un comisario de policía de la más vieja escuela. Le pidió a mi hijo que le hiciese un croquis del despacho del colegio en el que habían sucediendo los hechos y, días después, en Gaztelueta habían cambiado el espacio… La Iglesia oficial, a mí, a mi hijo y a mi familia nos ha maltratado. A pesar de todo, sigo siendo católico, tengo una formación jesuítica, y no he perdido la fe, quizás la he ampliado gracias a Dios. Y es que, también me he encontrado en este camino a jesuitas que me han ayudado, hasta un punto, junto con otras personas, como el vicario de Bilbao Ángel Mari Unzueta o el cardenal Juan José Omella.

Luis.- Cuando os escucho esto, siento un profundo dolor, vergüenza, tristeza. No se puede defender lo indefendible. Como Iglesia, hay que arrimar el hombro a estas causas que demandáis, como la imprescriptibilidad de los delitos, que la misma Iglesia sea capaz de publicar los nombres de las personas que están involucradas en los delitos, el que de verdad haya una tolerancia cero. No os olvidéis que también sois Iglesia. Muchos dicen que con estos asuntos la imagen de la Iglesia queda dañada, cuando ya vosotros, como Iglesia, habéis sido dañados y sois las primeras piedras vivas de la Iglesia que han sido afectadas…

Miguel.- La Iglesia debería asumir la responsabilidad de reparar el daño causado. Pongo un ejemplo: se acaban de reunir los obispos catalanes, han pedido perdón de nuevo, y el próximo miércoles de ceniza van a hacer una oración por las víctimas…

Luis.- Perdona que te interrumpa, pero ya no te son creíbles esas peticiones de perdón, ¿no?

Miguel.- Exacto. Pero lo que nunca dicen los obispos es, vamos a hacer una oración por las víctimas y, además, ese día vamos a hacer una colecta para financiar el acompañamiento psicológico a las víctimas. Si tú realmente quieres reparar el daño causado, si de verdad lo sientes, financia un servicio de terapia psicológica para esas víctimas que no quieren ser activistas, que no quieren denunciar públicamente lo que les ha pasado, pero sí necesitan ayuda.

Luis.- Totalmente de acuerdo. Es más, en Irlanda hay programas de acompañamiento de este tipo. Es más, te diría que ojalá no sea la Iglesia quien se investigue a sí misma, sino que seamos capaces de delegar en una entidad neutra, con abogados forenses, peritos psicológicos, etc. para que hagan la correspondiente auditoría y así borrar toda sombra de duda. Esa transparencia es vital para recuperar la credibilidad.

Juan.- Nuestra Asociación Infancia Robada es la primera en España que acoge a víctimas de abusos sexuales y nadie desde la Iglesia se ha puesto en contacto con nosotros. Sí lo han hecho ya otras víctimas, pero nadie desde la Iglesia, y nos parece que es un paso imprescindible. Tampoco conozco ninguna víctima que haya recibido una llamada de la comisión episcopal, cuando se está diciendo que los obispos se están reuniendo con víctimas.

Miguel.- Además, todavía hay un protocolo eclesial circulando en el que advierte a los obispados de tener cuidado por los intereses económicos que pueden tener las víctimas. Si partimos de esa base…

Juan.- Sí, una vez más. Nadie sostiene un relato de sufrimiento durante años por dos pesetas. ¿Qué supone una indemnización de 150.000 euros para una víctima comparado con lo que le han robado? Nada. Lo que se necesita no son indemnizaciones, sino medidas de acompañamiento en el día a día, porque son sus víctimas. Cuando una víctima va a un obispado a denunciar, deberían ir contigo de la mano a sede judicial. Por eso, el perdón que ofrecen hoy es incompleto, no sirve. El perdón tiene que ser con profundidad.

Miguel.- El abuso sexual crece y se multiplica en el secreto. Si la Iglesia mantiene el secreto, está favoreciendo una cultura de la impunidad.

Luis.- Lamentablemente, en la Iglesia a veces solo reaccionamos cuando estalla el problema en la esfera pública. También os digo que, a veces, veo a algunos medios a los que les importa poco vuestro dolor, y sí hacer leña del árbol caído. Es verdad que visibilizan y hacen que despertemos y tomemos conciencia, pero no sé si su finalidad es ayudaros…

Miguel.- No me he sentido utilizado por los medios, porque tengo muy clara cuál es mi hoja de ruta y les utilizo yo a ellos. Mi objetivo final no es dañar la reputación de la Iglesia. Para mí, eso es un medio. Si la Iglesia hubiera hecho lo que tenía que hacer, yo no hubiera montado todo esto. Pero, fíjate, la única manera de que el abad, a su manera, pidiese perdón, fue porque nos plantamos frente a Montserrat con unas pancartas e invitamos a todos los medios.

Luis.- La búsqueda de la verdad puede tener estos efectos. Pero confío en que no os sintáis culpables ni caigáis en la tentación de que por vuestra culpa estáis dañando la reputación de la institución. Ser abusados y denunciar no es culpa vuestra. Os lo digo porque, a quienes acompaño, en algunos casos se han sentido malos hijos de la Iglesia por alzar la voz.

La conversación toca a su fin. Suena la alarma. Miguel y Juan deben continuar con su agenda. Luis tomará su camino hacia Loeches, donde forma a los futuros consagrados. O quizás a la Cañada Real, donde se deja la otra parte de su vida. Antes de partir, el misionero del Verbum Dei interviene. “Solo soy un curita. Pero, de parte de Dios, os pido perdón. Él os pide perdón por lo que nosotros, como sus representantes, no sabemos hacer y no hemos hecho”. A renglón seguido les pide permiso para un gesto que no se esperan. Un abrazo. Acceden. Fuera del objetivo de la cámara. Nadie antes en la Iglesia les había abrazado. Se cuela una pregunta del periodista a Miguel. ¿Has perdido la fe? “Sí”. Responde el superviviente y activista de 36 años. Pero mira la víctima, el chaval de 16 años.

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Actualizado
15/02/2019
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