Una Semana Santa al estilo Francisco

Sus primeros gestos y palabras denotan una apuesta por las “periferias”

 

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La primera Semana Santa de Jorge Mario Bergoglio como obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro se ha caracterizado por las siguientes líneas: continuidad en la doctrina teológica, innovación en los ritos litúrgicos y cercanía y calor popular. Esto último gracias también a una meteorología particularmente clemente, porque no es que Dios intervenga en el clima terrestre, pero algo particular tendrá Roma para que en una semana en la que ha llovido, nevado y granizado en toda Italia, los principales actos presididos por el Papa al aire libre hayan disfrutado de buen tiempo.

La noche del Sábado Santo al Domingo de Pascua, por ejemplo, descargó sobre la capital italiana un tormentón con rayos, truenos y agua en abundancia. Al amanecer, todo había ya pasado y en el cielo azul solo se dibujaban algunas nubes viajeras. Por eso no es de extrañar que ya para la misa, que comenzó a las diez y cuarto de la mañana, la Plaza de San Pedro registrase una afluencia extraordinaria que se transformó en llenazo a medida que nos acercábamos al mediodía (250.000 personas según fuentes concordantes).

Al filo de las doce, el papa Francisco apareció en la loggia de las bendiciones revestido únicamente con la sotana blanca, flanqueado por los cardenales Jean-Louis Tauran, protodiácono, y Angelo Comastri, arcipreste de la basílica vaticana, y asistido por el maestro de ceremonias, Guido Marini (de cuyos roquetes han desaparecido como por encanto los encajes y puntillas). El espectáculo que se ofrecía a sus ojos era inigualable: la densa multitud de fieles que le aclamaban y una plaza convertida en jardín gracias al don de los horticultores holandeses, que habían adornado con 40.000 flores y arbustos multicolores todo el espacio celebrativo.

Vence la misericordia

Vaticano_pies“Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo –fueron sus primeras palabras–, ¡feliz Pascua! Es una  gran alegría, al comienzo de mi ministerio, poder daros este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles. Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva. Jesús ha resucitado, hay esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. Siempre vence la misericordia de Dios”.

El “pregón” pascual del Santo Padre prosiguió glosando el sentido de la resurrección: “Cristo murió y resucitó una vez para siempre y para todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. ¡Cuántos desiertos tiene que atravesar también hoy el ser humano! Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser el custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir los huesos resecos. (…) Así pues, pidamos a Jesús resucitado que transforme la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de Él la paz en el mundo entero”.

El Papa trazó la lista de países y zonas del mundo más afectadas por la guerra: Oriente Medio, Irak, la “amada Siria”, Malí, Nigeria, la República Democrática del Congo, la República Centroafricana y –esta fue la novedad de 2013– “la península coreana, para que superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación”.

“Paz a todo el mundo –concluyó–, aún tan dividido por la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia, desgarrado por la violencia ligada al tráfico de drogas y la inicua explotación de los recursos naturales. Paz a esta Tierra nuestra. Que Jesús resucitado traiga consuelo a quienes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la Creación”.

Los aficionados a las proezas lingüísticas del pasado lamentarán que Francisco no haya imitado a sus predecesores recitando la letanía de felicitaciones pascuales en sesenta lenguas. En latín impartió la bendición urbi et orbi y, antes de retirarse a la Casa de Santa Marta (donde ha decidido vivir, renunciando por ahora a los tradicionales aposentos apostólicos), volvió a dirigir su mirada sobre la multitud, que continuaba con sus vítores y aplausos.

Fueron igualmente muy numerosos los fieles que se dieron cita el Viernes Santo alrededor del Coliseo de Roma para presenciar el rito del Vía Crucis. Las meditaciones de este año habían sido pedidas por Benedicto XVI después de su visita a Beirut, el pasado mes de septiembre, a un grupo de jóvenes libaneses bajo la dirección del patriarca maronita, el cardenal Bechara Boutros Raï, que había declarado que su principal mensaje es “un grito contra la injusticia, una invitación para redescubrir el valor de la paz, un gesto de solidaridad hacia todos los que sufren”. Son unos textos cuya clave ya es posible encontrar en las palabras introductorias: “La llamada a seguir a Cristo se dirige a todos, en concreto a los jóvenes, a cuantos sufren la prueba de las divisiones, de las guerras y de la injusticia, que luchan para ser, en medio de sus hermanos, signos de esperanza y agentes de paz”.

A lo largo de las catorce estaciones, se hacían explícitas alusiones a la trágica situación de los cristianos en los países medio orientales: “Te pedimos por las víctimas de las guerras y de las violencias que devastan en nuestro tiempo varios países de Oriente Medio, así como otras partes del mundo. Te pedimos que los refugiados y los emigrantes forzosos puedan volver lo antes posible a sus casas y a su tierra. Haz, Señor, que la sangre de las víctimas inocentes sea la semilla de un nuevo Oriente más fraterno, pacífico y justo”.

Dios no condena, solo ama

Vaticano_Viernes“No permitas –se pidió en otro momento– que la injusticia lleve a los inocentes a la desesperación y a la muerte”. El Papa alabó el realismo de estas meditaciones, que son, recalcó, un testimonio “de la belleza de los cristianos de esas tierras y de la amistad de tantos hermanos musulmanes”. Luego insistió en una de sus ideas fundamentales: “A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad, Dios ha hablado, ha respondido y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor, me salvo; si lo rechazo, soy condenado, pero no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena. Él solo ama y salva”.

Jóvenes son  también los 49 presos de la cárcel para menores de Casal del Marmo (en la periferia de Roma) a los que visitó el papa Francisco en la tarde del Jueves Santo y ante los que celebró la misa in coena Domini, hasta este año reservada a la majestuosidad de la Basílica de San Juan de Letrán. Al hacer pública esta noticia, la Sala de Prensa de la Santa Sede afirmó que, siendo arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Bergoglio “acostumbraba a celebrar dicha misa en una cárcel u hospital, o en un asilo para personas pobres y marginadas”. Al convertirse en papa, no ha querido renunciar a esta costumbre, y la noticia dio la vuelta al mundo.

El Pontífice quiso que la eucaristía tuviera un carácter reservado, por lo que a la capilla del instituto penitenciario solo tuvieron acceso los jóvenes reclusos (de entre 16 y 21 años, de ellos 11 chicas y todos con delitos graves), el Santo Padre con su séquito y la ministra de Justicia en funciones, Paola Severino.

El momento más esperado y emocionante fue, desde luego, el lavatorio de los pies, que Bergoglio realizó arrodillándose seis veces, besándolos después de haberlos lavado y secado. Los periodistas no pudimos presenciar el acto ni seguirlo por circuito cerrado, y solo un operador del Centro Televisivo Vaticano captó las imágenes, que luego fueron distribuidas a los medios de comunicación.

Una caricia de Jesús

Vaticano_sabado-03Finalizada la ceremonia religiosa, el Pontífice saludó uno por uno a todos los menores detenidos (a los que había regalado previamente un huevo de chocolate y un bizcocho pascual, típicos dulces pascuales en Italia) y mantuvo una breve conversación con los que fueron capaces de contener su emoción y no romper a llorar. “¿Por qué has venido aquí?”, le preguntó uno de ellos. A lo que el papa Francisco respondió con sencillez: “Ha sido un sentimiento que me ha salido del corazón. ¿Dónde están los que tal vez me ayudan a ser más humilde y a ser servidor como debe ser un obispo? Y yo he pensado y me he preguntado: ¿dónde están aquellos a los que mi visita les gustaría más? ‘En Casal del Marmo, tal vez’, me han dicho. Y cuando me lo han dicho, he venido aquí. Pero todo ha salido solo del corazón, y las cosas del corazón no se explican”.

En su breve homilía, ya les había ofrecido otras palabras de ánimo: “Ayudarnos los unos a los otros; esto es lo que Jesús nos enseña y lo que yo estoy haciendo, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Como sacerdote y como obispo, debo  estar a vuestro servicio. Pero es un servicio que me sale del corazón: lo amo. Pensemos que este signo es una caricia de Jesús, que nos hace Jesús, porque Jesús ha venido justamente para eso: para servir, para ayudar”. Antes de abandonar el recinto, como si les quisiera dejar una consigna, les pidió: “Recen por mí y no se dejen robar la esperanza”.

En la mañana de ese mismo día, el escenario había sido del todo diferente: la Basílica de San Pedro, en la que se habían congregado unos 1.600 cardenales, obispos y presbíteros para concelebrar con el obispo de Roma la Misa Crismal y renovar las promesas hechas el día de su ordenación sacerdotal. Quizás, de todos los textos leídos por Bergoglio en esta Semana Santa, la homilía de esta misa es la de más alto contenido (según se ha dicho, la había preparado antes del cónclave, pensando en pronunciarla en su catedral de Buenos Aires).

Pastores con olor a oveja

Vaticano2Reproducimos aquí algunos fragmentos: “De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno ni gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestros Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolador, pasamos a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona, sino que se derrama y alcanza las ‘periferias’. El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón”.

“Nuestra gente –prosiguió– agradece el Evangelio predicado con unción, agradece cuando el Evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límite, las ‘periferias’ donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y esperanzas”.

“Así hay que salir –destacó un poco más adelante– a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las ‘periferias’ donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tan malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas donde vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la Gracia, que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada… El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, y el gestor ‘ya tiene su paga’. Y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores ‘con olor a oveja’, pastores en medio de su rebaño y pescadores de hombres”.

Una Iglesia no autorreferencial

Curiosamente, algunas de estas ideas son las que, el 7 de marzo, Jorge Mario Bergoglio expuso ante sus pares cardenales en la quinta congregación general previa al cónclave, y que tanto les impresionó: “Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, se convierte en autorreferencial y se enferma. Los males que, al filo de los tiempos, golpean a las instituciones eclesiásticas son la autorreferencia  y una especie de narcisismo teológico”.

Esta crónica no sería completa sin al menos una referencia breve al Domingo de Ramos, con el que el papa Francisco abrió su primera Semana Santa romana. En su homilía, exhortó a los numerosos jóvenes presentes a luchar contra los males de nuestras sociedades, que enumeró: “Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed del dinero, que nadie puede llevárselo consigo, y lo debe dejar. Mi abuela nos decía a los niños: ‘El sudario no tiene bolsillos’. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la Creación…”.

 

LOS DOS PAPAS

Vaticano3_opiComo documento histórico, quizás será irrepetible: la imagen de Benedicto XVI abrazando al papa Francisco al pie del helicóptero, arrodillándose con él para rezar juntos en el mismo banco de la capillita de Castel Gandolfo, o conversando cuarenta y cinco minutos uno frente al otro, a solas. Todo esto sucedió en las tres horas y media que duró el encuentro entre el obispo emérito de Roma, Joseph Ratzinger, y su sucesor, Jorge Mario Bergoglio, el sábado 23 de marzo.

“Somos hermanos”, le dijo el recién elegido Papa a su predecesor, que le ofrecía ocupar el reclinatorio central de la capilla del palacio veraniego de los pontífices, y que Bergoglio rechazó para arrodillarse a su lado en uno de los bancos. Creo que esa frase resume la atmósfera de este encuentro excepcional.

Dos acotaciones de pasada. La primera, Ratzinger ha dado un bajón espectacular en estas semanas. Y la segunda: ¿qué contenía la caja blanca depositada encima de la mesa de la salita donde se reunieron? Las especulaciones han sido, son y serán libres… Y gratuitas.

Antonio Pelayo. Roma

Actualizado
22/04/2013
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