Tribuna

¡Felices los que creen sin haber visto!

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Para el que tiene fe, la afirmación: “Cristo ha vencido la muerte, causada por nuestro pecado, y nos ha reivindicado a la vida inmortal”, evoca el deseo más nimio de trascendencia y la ilusión más genuina de que después de la muerte hay algo más. Se dice que desde este acontecimiento brotó toda la vida de la Iglesia y la razón de ser del cristianismo. Sin embargo, la Iglesia, como buena maestra, reafirma en el Credo de que la resurrección es un “hecho”. Como cristianos decimos desde la fe, que Cristo ha resucitado y que la Iglesia así lo entendió, lo asumió y lo enseñó.



Hoy, en pleno siglo XXI y con una pandemia que ha hecho estragos en todos los ámbitos de la vida, seguramente, muchas cosas tendrán que reorientar su rumbo. Sin duda, que la pandemia ha sido una situación extraña, desconcertante, inaudita y nos ha sorprendido a todos. Una vez que termine esta, algo habrá cambiado o algo “viejo” habrá terminado. Y esta realidad no es un dato menor, puesto que quien no cambia cuando todo está cambiando, prácticamente se queda en el pasado.

No obstante, el “acontecimiento” de la resurrección tiene la particularidad de ser el mismo siempre, no cambia ni está en crisis, puesto que lo que sí está en crisis es la fe en la resurrección del Señor. Incluso, en el mundo de la fe, pocos hablan de “vida eterna”. ¿Qué ha pasado? Será que no se cree o frente al “acontecimiento” mismo de la resurrección, simplemente, no se “quiere creer”. Ante una sociedad cada vez más secularizada y convencida de que es mejor “vivir sin Dios, que con Él”, porque molesta, fastidia y le pone límites a la forma de vivir de muchos. Hoy, todavía, una minoría cree en este acontecimiento y se proyecta, a pesar de la secularización, que no amilana la fe de los que ven este tiempo de “incredulidad” como una victoria y no como una derrota.

Nueva presencia de Jesús

Dice la declaración de fe que expresaron las mujeres descritas en el Evangelio de san Mateo: “De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: ‘Alégrense’. Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: ‘No teman. Avisen a mis hermanos que vayan a Galilea y allí me verán’” (Mateo 28, 9-10). Fue un signo esperanzador frente a lo “opaco” y a la vez “luminoso” de una nueva presencia de Jesús, de su partida y de su permanencia entre nosotros. Puede ser que, como creyentes, no tengamos una mirada integrada, entre razón y fe, que nos lleve hacia las cosas de Dios, donde Cristo aparezca como el principal referente de la Resurrección.

El teólogo italiano y nacionalizado alemán, Romano Guardini, decía: “La adoración no es algo accesorio, secundario…. Se trata del interés último, del sentido y del ser. En la adoración el hombre reconoce aquello que vale en sentido puro, simple, y santo”. Solo si sabemos dirigirnos a Dios y rezarle, es posible descubrir el significado más profundo de nuestra vida y el camino cotidiano hacia la luz del Resucitado. Pero esto también lo hemos leído en muchos libros de Teología o Cristología, o bien lo hemos escuchado en el sermón del cura, que intenta explicar tal misterio, en un par de minutos, lo que a él le llevó varios años de formación teológica.

En efecto, el misterio de la Resurrección de Cristo no se asume por el solo hecho de explicitar más o menos los detalles y las circunstancias del sepulcro vacío o por el número y el contexto del encuentro con el Resucitado, como tampoco por repetir hasta el cansancio que el hecho en sí fue un acontecimiento real y no un mito o una idea inventada por los Apóstoles, o por la comunidad post-pascual reunida en torno a ellos en Jerusalén para superar la desilusión por la muerte de Cristo en la cruz. Sabemos que los Apóstoles no pudieron inventar semejante hecho, porque no tenían la instrucción ni la formación para hacerlo. Es más, ellos, por causa de esta verdad, fueron perseguidos, martirizados y sacrificados hasta perder sus vidas. En este sentido, actualmente, no se conoce a nadie que por una mentira se exponga a ser calumniado, perseguido o, peor aún, alcanzar la muerte por sostener algo falso.

Signos de Resurrección

No obstante, la perspectiva creyente busca decir algo más a una simple mirada humana de las cosas. Porque, si bien en el Viernes Santo moría la pretensión de que “el Bien triunfa sobre el Mal”, al tercer día de la muerte de Jesús, “algo” ocurrió. El testimonio de los Apóstoles y de quienes se encontraron con el Cristo Resucitado fue el detonante para que el Mal y la Muerte no tengan la última palabra. En este sentido, la cultura del siglo XXI pide esa “confirmación”. Por ser una cultura más sensible, escéptica e informal, donde todo ha de ser comprobado; su filosofía se legitima ante un Cristo Resucitado. La Iglesia ha bregado por establecer que la Resurrección de Cristo fue un hecho histórico y real e intenta abrir un diálogo. Quizá, más que empecinarnos en una demostración del hecho, habrá que pensar cómo la resurrección del Señor ha incidido, hasta hoy, en la vida del hombre.

Y un buen ejercicio del impacto de aquel hecho, en plena pandemia, es señalar los “signos de resurrección” que desde la fe es posible vislumbrar y trascender, más allá de los escépticos e incrédulos. Por eso, ante la falta de diálogo entre la perspectiva racional y la creyente, la misericordia divina se presenta como algunos de los signos de resurrección mucho más fuerte que el pecado del hombre y como señal de credibilidad para creyentes y tal vez, para no creyentes también.

El evangelio del II domingo de Pascua y de la Divina Misericordia dice: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29). La respuesta de Jesús ante la incredulidad de santo Tomás, seguramente, que interpela a quienes, simplemente no creen en el Resucitado o que, por diversas razones dejaron de creer en Él. Sabemos que las razones pueden ser diversas: una sociedad más secularizada, el individualismo, el poder de la razón, la desilusión ante los referentes de la Iglesia, o bien, la propia riqueza y el poder que se han convertido en instrumentos de corrupción y de muerte. Pero ante la sinrazón y descrédito de los que como santo Tomás no creyeron, sino hasta “ver y tocar” el cuerpo glorioso del Señor, entonces qué mayor esperanza y satisfacción que anidar algunos signos de resurrección para alentar la vida de fe de aquellos que no necesitan “ver y tocar”, sino simplemente “creer”.

Porque el creer en la resurrección del Señor nos da la posibilidad de: pasar de lo imposible a lo posible, de lo accidental a lo esencial, de una cultura del descarte a una cultura del encuentro y del diálogo, del individuo a la comunidad, de querer una Iglesia pobre para los pobres, del egoísmo a la auténtica caridad cristiana, del rito a la oración. Si los seres humanos estamos vacíos de credibilidad por una vida dominada por la ética relativista, donde el “obrar bien” está mal y el “obrar mal” es lo correcto, entonces no pretendamos que la Resurrección del Señor pueda ser demostrada o probada. Porque si aún no hemos sido capaces de cambiar la historia de los poderosos, de los aprovechadores y de los corruptos, entonces necesitamos un acto más que racional para entender que la Resurrección de Cristo no se comprende sino desde su misericordia y de los signos de resurrección, de los cuales somos testigos hasta hoy, y, por tanto, miran con compasión la miseria humana.