Pliego
Portadilla del Pliego nº 3.206
Nº 3.206

Decálogo para acoger el nuevo año 2021

Es muy probable que nunca hayamos vivido un año tan sumamente extraño, complejo y duro como el que acabamos de dejar atrás: 2020 ha estado marcado por el sello de una pandemia que ha dado un vuelco a nuestra existencia. No me refiero únicamente al ingente número de vidas que, día a día, como en una constante y mortal hemorragia, han ido y van perdiéndose por esta enfermedad. Tampoco apunto solo a la crisis política, económica y social que ya estamos sufriendo, y cuyas dimensiones y duración no llegamos siquiera a vislumbrar. Todos, quien más y quien menos, nos hemos visto envueltos en unas circunstancias que nos han obligado a replantearnos la existencia, a reajustar la cotidianidad y a concebir como “normalidad” una serie de costumbres y modos de relación que no lo son en absoluto.



Del mismo modo que ninguno sospechábamos el giro que iban a tomar los acontecimientos durante el año recién terminado, tampoco sabemos qué nos deparará el que estamos estrenando en estos días. No es extraño percibir en nuestro interior cierto recelo ante un 2021 casi por inaugurar. Por más que el listón de estos pasados meses haya quedado tan bajo que resulte muy fácil superarlo, el nuevo año se asoma a nuestra existencia bajo el signo de la sospecha. Pues si algo hemos aprendido durante esta pandemia es que todo puede cambiar de un momento a otro y sin previo aviso, torciéndose de forma imprevisible.

Lo inesperado es, por definición, aquello para lo que no estamos preparados porque rompe las expectativas que habíamos volcado sobre los futuros acontecimientos. Pero este carácter sorpresivo de la realidad, que siempre desborda nuestra imaginación, no nos despoja de posibilidades para disponernos a acoger sabiamente 2021. La sabiduría en la Biblia no implica tener una gran cantidad de conocimientos. Más bien, se considera que ser sabio es manejarse por la existencia con la solidez de quienes se cimientan sobre la Roca. Desde esta perspectiva, nos lanzamos a la osada aventura de proponer un decálogo. Que no nos engañe el nombre, pues no se trata de “mandamientos” ni exigencias, sino de invitaciones y sugerencias para abordar este nuevo año en clave sapiencial y bíblica.

Aún recuerdo la alegría al quitar la ‘L’ del coche. Después de un año de público reconocimiento de que mi carnet de conducir era reciente, me hizo ilusión abandonar esa señal en el cristal y pasar a la categoría de “una conductora más”. Supongo que no soy la única a quien le pasó algo parecido, pues nos suele gustar muy poco evidenciar nuestra inexperiencia. Preferimos mostrarnos como expertos conocedores de aquello que tenemos entre manos, sea lo que sea, y ocultar nuestra torpeza todo lo posible, sin darnos cuenta de que no solo no desaparece por esconderla, sino que incluso llega a aumentar.

A pesar de que esta sea nuestra tendencia natural, quizá lo más sabio sea, precisamente, reconocer nuestra falta de destreza en muchos –quizá demasiados– aspectos de nuestra vida. Y no me refiero a cuestiones más o menos triviales que no nos afectan demasiado, pues no solemos tener problema en mostrar nuestra incapacidad para solventar las “chapucillas” de casa, cambiar una rueda o cocinar algo medianamente comestible. Lo que resulta realmente complejo es reconocernos torpes para lo más esencial.

Si somos honestos con nosotros mismos, nos descubrimos lentos en aprender a amar como los demás necesitan ser queridos, nulos para dar respuestas a ciertas urgencias, ciegos para nuestra propia verdad y aprendices eternos de manejarnos en la existencia. Parece que a Jeremías le pasaba un poco lo mismo y, cuando Dios le manifiesta que sueña con él desde el inicio de su vida y lo quiere enviar como profeta suyo, su réplica tiene que ver con esa torpeza esencial que todos podemos descubrir si nos miramos hacia dentro: “¡Ah, Señor Yahvé! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho” (Jr 1, 6). La pega que plantea el profeta no es tener pocos años, sino la falta de experiencia vital que implica ser joven. Jeremías tendrá que aprender, poco a poco, que esta no es una dificultad, sino una posibilidad para dejarle a Dios las riendas de su vida y de su misión.

Ojalá durante este 2021 no tengamos pudor en reconocernos tan inexpertos como Jeremías. Aunque peinemos canas y tengamos muchos años, también nosotros somos “muchachos”, esto es, eternos aprendices de la existencia. Porque solo cuando nos sabemos novatos dejamos a un lado la necesidad de defendernos, nos olvidamos de demostrar a los demás cuánto sabemos y nos disponemos a acoger lo que la realidad, y Dios en ella, nos quiera enseñar. Así, conscientes de que nunca hemos acabado de aprender y estamos siempre en camino, iremos haciendo nuestra la actitud de discípulo a la que nos invita el Maestro.

Muy relacionada con esa innata dificultad para reconocernos perpetuos novatos en la existencia está nuestra compleja relación con la incertidumbre. Nos gusta prever, manejarnos con seguridad en la realidad cotidiana y conocer el terreno que pisamos en cada momento. Quizás una de las consecuencias del COVID-19 que más nos afecta en el día a día es, precisamente, que la pandemia nos lanza a lo incierto de manera permanente.

Resulta prácticamente imposible hacer planes a largo plazo. Incluso aquellos proyectos más cercanos en el tiempo los percibimos bajo la espada de Damocles, amenazados por cualquier restricción que se imponga si las cifras de la pandemia empeoran. Del mismo modo que no podíamos llegar a intuir en febrero de 2020 lo que nos sucedería poco más tarde, tampoco ahora nos atrevemos a imaginar qué puede acontecer en unas semanas. Si antes de estos meses lo extraño e imprevisible era tener que renunciar a las empresas que nos hubiéramos propuesto, algo dentro de nosotros hace que ahora nos mantengamos alerta y sospechemos permanentemente de que pueda llegar a realizarse. (…)


Índice del Pliego

1. Reconocernos novatos

2. Reconciliarnos con lo incierto

3. Respirar a pleno pulmón

4. Crear y recrear modos de proximidad

5. Crear puentes y huir de extremos

6. Reírnos de nosotros mismos y de nuestras contrariedades

7. Abrazar la fragilidad y las fragilidades

8. Mantener la mirada en el horizonte y los pies en la realidad cotidiana

9. Descubrir lo valioso en lo pequeño

10. Avivar la esperanza, aunque todo parezca contradecirla

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