Editorial

Vida religiosa: la escucha vence al desgaste

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A través del suplemento Donne Chiesa Mondo, se ha dado a conocer que la Unión Internacional de Superioras Generales ha creado una comisión para atajar el llamado burnout o síndrome del desgaste laboral entre las monjas. La noticia ha generado un eco mediático inusitado, al poner el foco sobre una realidad oculta.

La de aquellas que sufren explotación –y hasta esclavitud– porque su trabajo en el ámbito eclesiástico, habitualmente vinculado a tareas domésticas, no se ve dignificado ni con un contrato ni con un salario. Este abuso de poder y conciencia deriva, incluso, en abusos sexuales.



Sin llegar a este extremo, el desgaste cotidiano lo experimentan muchas religiosas jóvenes, que, dada la escasez de vocaciones, se han convertido en mujeres multitarea que llevan sobre sus hombros el peso de las obras apostólicas, la comunidad, el futuro de su congregación, la pastoral… La consecuencia de esta sobrecarga de tareas puede ser letal: el colapso personal y el abandono de la institución.

De ahí la importancia de adelantarse y detectar los síntomas. Poner al servicio los dones de cada una no ha de confundirse con exprimirlos. No se puede condenar a la religiosa en activo a llevar el peso de la gestión sin tener en cuenta sus inquietudes. Sin eximir su responsabilidad, su “sí” a vivir el Evangelio en radicalidad desde un carisma que no se hizo para convertirse en una administradora, sino para ser el alma de la misión en el patio, en los pasillos, en las capillas…

Esto exige replantear con madurez las prioridades para que el ser se sitúe por delante del hacer, para lograr una presencia verdaderamente significativa en las fronteras y no en los despachos.

Espacios de acogida, encuentro y respeto

De fondo, siempre está la tentación de sepultar este síndrome, atando en corto a golpe de reglas conventuales, como el método más adecuado para atajar cualquier mal. La errada experiencia de tantas realidades eclesiales de nuevo cuño, aferradas a una obediencia anacrónica, habla de la necesidad de otorgar un nuevo sentido tanto a la autoridad como, sobre todo, a la vida comunitaria.

La fraternidad pasa por crear sinceros espacios de acogida, encuentro y respeto mutuo, junto a tiempos compartidos de calidad y no de cumplimiento. La escucha se revela como valor fundamental, donde la experiencia de quienes acumulan años se enriquece por la frescura de quien llega.

Una vez más, basta con seguir el ejemplo de Jesús, que pone en el centro a la persona, con su realidad, sus anhelos y flaquezas. En la medida en la que las congregaciones apliquen esta pastoral del cuidado de puertas para adentro, recuperarán ese atractivo que ha suscitado tantas vocaciones para entregar su vida por Dios y por los más vulnerables de la tierra.

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