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Editorial

Heraldos: fidelidad al Evangelio… y a Roma

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La Congregación para la Doctrina de la Fe ha reabierto una investigación por presuntos abusos sexuales del fundador y algunos miembros de los Heraldos del Evangelio, una Asociación Internacional de Fieles de Derecho Pontificio nacida en Brasil, aprobada por Juan Pablo II en 2001, y que cuenta con más de 4.000 miembros y 40.000 colaboradores en 78 países, entre sacerdotes, religiosas y laicos.



Según ha confirmado Vida Nueva, el Vaticano se adentra a examinar irregularidades de gravedad, lo que requiere contar con todos los medios a su alcance para que el proceso ofrezca las mayores garantías posibles para todos los actores implicados, en aras de la verdad, evitando condenas previas o favoritismo alguno. Máxime cuando la reacción de los Heraldos ha sido no reconocer al comisario enviado por Roma y tachar de “encarnizada y arbitraria” la actuación de la Santa Sede.

Este plante no ayuda cuando debería primar la máxima transparencia y colaboración mutua sin temor alguno, sobre todo si, como aseguran, “no se ha incurrido en ningún delito y siempre se ha mantenido una integridad de la fe y de las costumbres”.

Más allá de los Heraldos, lo cierto es que en los últimos años no pocas realidades eclesiales de nuevo cuño han tenido que ser intervenidas por abusos de poder, conciencia y sexuales, dislates eclesiológicos, financieros… Por ello, cabe preguntarse si, hasta hace poco, Roma ha dado manga ancha para aprobar nuevas asociaciones de fieles sin discernir a fondo si verdaderamente se suscitaba un auténtico carisma o, simplemente, eran fruto de intereses personales.

En algunos casos, su peso económico y en la vida pública, así como un ingente número de vocaciones, ha llevado a respaldarles sin reparar en el excesivo rigorismo, adoctrinamiento e ideología que arrastran. A la par, se denostaba a congregaciones históricas por confundir su escucha a los signos de los tiempos con cierta laxitud vital.

Lamentablemente, los escándalos que han rodeado a algunas entidades han dado la razón a quienes veían en ellas una errada apuesta de una ‘Iglesia fortaleza’ ante una galopante secularización, aferrándose a las formas y a los hábitos, frente a una Iglesia vestida de calle y revestida del soplo fresco del Espíritu.

Así pues, urge una honda reflexión desde Roma sobre el ser y hacer de estas ‘viejas’ nuevas formas de vida consagrada y laical. Una tarea que atañe no solo a la Santa Sede como garante de fidelidad al Evangelio, sino a los obispos, a quienes compete la primera aprobación y tutela en lo cotidiano para dilucidar si  nacen de Dios. Mirar para otro lado o dejarse seducir por espejismos varios puede resultar letal a posteriori para toda la Iglesia.

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