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Editorial

Aquella renuncia que nos revolucionó a todos

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Benedicto XVI en su última audiencia general como papa 27 febrero 2013

Benedicto XVI en su última audiencia general, el 27 de febrero de 2013

EDITORIAL VIDA NUEVA | Se acaba de cumplir un año de un hecho que no solo sacudió las entrañas de la Iglesia católica, sino que ocupó páginas y páginas en la prensa, largas horas de radio y televisión y una actividad sin precedentes en el universo digital y en las redes sociales: el papa Benedicto XVI presentaba su renuncia “por la edad avanzada” (contaba entonces 85 años) y porque ya “no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”, confesaría a los sorprendidos cardenales reunidos con él en un consistorio ordinario para la canonización de varios beatos.

Era el 11 de febrero de 2013, fecha que pasaría a la historia eclesial (seis siglos hacía que no se producía un situación semejante, aunque por circunstancias bien diferentes) y que, gracias a la breve noticia difundida por la agencia ANSA, quedaría marcada en rojo como uno de los argumentos periodísticos del pasado año. El anuncio de Joseph Ratzinger corrió como un reguero de pólvora por las redacciones periodísticas y hasta el último rincón del orbe, católico y no católico.

Recuperados del sobresalto inicial, afloraron las valoraciones y los análisis, los de los nuevos seguidores y los viejos detractores, y todos coincidieron en señalar que se trataba de un gesto “histórico” y “generoso”. Más allá de los calificativos, nadie duda ya de que su decisión fue el fruto de largas horas de reflexión y oración, que, unidas a la lucidez del gran teólogo que es, le llevaron a entender que había llegado el momento de ceder el timón de la barca de Pedro a alguien que impulsase con nuevos bríos la renovación interna de la Iglesia que emprendió durante sus casi ocho años de pontificado, y que algunas instancias de la propia Curia se empeñaron en torpedear.

El papa alemán abrió para la Iglesia
un camino que no admite marcha atrás.
Aquel gesto “histórico” y “conmovedor” es hoy,
más que nunca, una invitación a acompañar a Francisco
en la ardua tarea que tiene por delante.

Le falló el vigor físico, pero no el espiritual. Hoy, el ya papa emérito sigue rezando desde su retiro para que Francisco, su sucesor, conduzca a buen puerto muchos de esos desvelos en los que se dejó buena parte de su tiempo… y de su salud: una Iglesia más colegial, en diálogo con el mundo, que no tolera más abusos a menores en su seno… En este sentido, él fue quien sentó las bases de lo que no pocos llaman “la revolución de Franciso”.

Aseguraba recientemente su secretario personal, Georg Gänswein, estar convencido de que “la historia dará un juicio diverso del que con frecuencia se leía en los últimos años de su pontificado, porque las fuentes son claras y dan agua clara”.

Estos días, a un año vista de su marcha, ya lo está haciendo. Basta leer y escuchar los comentarios con ocasión de este aniversario, para darse cuenta de que ese juicio es unánime: el papa alemán abrió para la Iglesia un camino que no admite marcha atrás, que no es otro que el que marcó hace más de dos mil años Jesús de Nazaret.

Es la senda del desasimiento, que este pastor, desprovisto de cualquier interés mundano, nos invita a seguir hoy a cada uno de nosotros. Su tránsito exigirá renuncias, pero también nos devuelve la esperanza de un tiempo nuevo en el peregrinar eclesial.

Aquel gesto “histórico” y “conmovedor” de hace un año es hoy, más que nunca, una invitación a acompañar a Francisco en la ardua tarea que tiene por delante.

En el nº 2.882 de Vida Nueva. Del 15 al 21 de febrero de 2014.

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