Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Una propuesta de Congreso de Laicos permanente


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Tres ideas:

  • Instituir el Congreso de Laicos Permanente y los Congresos Diocesanos de Laicos, con la misma lógica que el Congreso 2020.
  • El reto no es poner o quitar laicos, sino formar comunidades integrales de discernimiento en los centros eclesiales de decisión. El desafío es la sinodalidad en cada lugar decisivo. 
  • La Iglesia no es minoritaria ni está en tierra extraña, sino que hay un 67,2% de católicos en España y el 46,7% no la siente suficientemente como hogar.


Un hito conciliador excepcional

El Congreso de Laicos 2020 celebrado en Madrid se ha convertido en el evento más importante de la Iglesia española en lo que llevamos de siglo XXI y una suerte de catalizador del rumbo de profundización conciliar del Vaticano II que sigue la Iglesia con el papado de Francisco. La experiencia del Congreso ha sido muy buena para prácticamente todos los que hemos estado allí. Fue una vivencia de alegría, inspiradora, conciliadora y conciliar.

En las conversaciones y talleres había un gran consenso sobre la necesidad de emprender de un modo más decidido un modo sinodal de ser Iglesia en España y sus diócesis. El Congreso fue un punto de partida, pero es necesario que no sea un escaparate, sino un nuevo camino. 

¿Cuánto ha avanzado el laicado desde 1991?

Si una cosa está clara, es que la Iglesia comienza a asumir por fin con los hechos, el reto que de palabra se presentó en el documento de 1991, ‘Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo’ (CLIM), realizado por la Conferencia Episcopal Española. Ese documento comenzaba en sus dos primeros puntos como sigue:

(1) “La nueva situación de la sociedad, dramática y esperanzadora a un tiempo, y la nueva situación eclesial, con sus luces y sombras, reclamaba nuestra especial atención sobre la situación del laicado en España, y exigía nuestra palabra y nuestro compromiso para orientar y promover la corresponsabilidad de los laicos en la comunión y en la misión de la Iglesia.  

(2) Había que actualizar las orientaciones del año 1972. A los problemas de entonces –algunos todavía no resueltos–, hay que sumar los nuevos: los derivados de la corresponsabilidad de los laicos, hombres y mujeres, en la vida de la Iglesia; la presencia pública de la Iglesia y la participación de los laicos en la nueva sociedad; la formación de los laicos; el reconocimiento, discernimiento y promoción de las asociaciones y movimientos; la participación de la mujer en la Iglesia; la promoción de los ministerios laicales…” (CLIM, 1991: nos.1-2).

El CLIM de 1991 venía a actualizar casi 20 años después las orientaciones de 1972 y este Congreso de Laicos 2020, casi 30 años después, viene a retomar los muchos “problemas todavía no resueltos” de 1991. ¿Habrá otro hito dentro de 20 o 30 años para recordarnos que los problemas siguen sin resolverse o esta vez se hará el camino que hay que abrir? Esperemos que no o, al menos, que no haya que esperar tanto.

Se necesita una nueva arquitectura

Lo que queda claro en ‘Un Pentecostés renovado’, la ponencia final del Congreso Nacional de Laicos 2020, es que los laicos debemos activarnos, impulsar la creatividad misionera, ser emprendedores y asumir responsabilidades en esa clave de ‘Iglesia en salida’. Lo que no quedan claras son las reformas internas que la Iglesia española debe hacer para que eso sea posible. Dichas reformas ya han comenzado de un modo decidido en la Santa sede, pero en España son todavía tímidas e insuficientes. No basta con agitar las aguas para que se abra un camino.

Cada época ha tenido una arquitectura de las iglesias. La Iglesia cambia su arquitectura a través de las distintas épocas. En el siglo XXI es necesario que la Iglesia convierta su arquitectura para hacer posible la comunión y la evangelización: la arquitectura de las parroquias, de las curias diocesanas, de los seminarios, de los departamentos pastorales, de las comisiones que lanzan los proyectos a largo plazo, etc. No se trata de que “ahora los laicos quieren decidir”, sino que una verdadera Iglesia siempre tiene la forma de una comunidad participativa. El reto no es la participación de los laicos, el horizonte que buscamos es la genuina comunión.

Lo esencial es ese impulso del Espíritu en el corazón de cada uno de nosotros, pero también el Espíritu debe dar forma a nuestras comunidades –sean locales, diocesanas o la gran comunidad que formamos toda la Iglesia española–. Es un clamor en todo el pueblo que la superación del clericalismo exige reformas urgentes en nuestra propia forma de participar. En las conversaciones y talleres del Congreso se percibía un gran consenso sobre ello. Ya es hora. Confiemos en el laicado, al menos como Jesús confió en un pequeño grupo de pescadores sencillos e iletrados.

Instituir el Congreso de Laicos Permanente

El propio Congreso de Laicos puede no ser un hito sino un método, camino. ¿Por qué no constituirlo como un organismo permanente que se reúna cada dos años? Además, habría que constituir congresos diocesanos de laicos, que se reúnan en los años alternos, pero que tengan una estructura que funcione de modo permanente.

Entendemos que el gasto que supuso el Palacio de Cristal de Madrid no es bueno repetirlo cada dos años, pero se puede hacer de un modo más sencillo. Estamos acostumbrados. Lo importante es que se haga un camino con ello. Creo que este sería el punto más importante que debería impulsar la Conferencia Episcopal Española en estos momentos de la historia de la Iglesia en España. Hay dos cuestiones clave en ese Congreso de Laicos Permanente: la comunión y la participación.  

Comunión

Es bueno que el laico sea de laicos, pero no solo estén los laicos. Los obispos son signo y trabajo de unidad de todos. Necesitamos hacer camino en unidad, especialmente con aquellos que nunca están y con quienes son más fácilmente excluidos de la Iglesia. En unidad con otras partes del mundo donde tenemos responsabilidad y que no debemos olvidar, sino poner en el centro de nuestra reunión. En unidad con la Iglesia universal y la Creación, de la que no debemos dividirnos, sino cumplir el mandato de cuidarla. Necesitamos a los pastores que trabajan por la integración de todos y de todo.

Es buena la participación de presbíteros y religiosos con los laicos. En general, el problema no es si hablan, hacen o deciden unos u otros, sino si formamos una comunidad de discernimiento y servicio, donde todos escuchamos al Espíritu y Él sopla en quien menos se espera, muy especialmente en los más sencillos y vulnerables. El gran aprendizaje que debemos hacer no es esencialmente poner a laicos donde no los hay, sino aprender a ser comunidades integrales de discernimiento. En todos los lugares de decisión en la comunidad eclesial debería estar la gran voz laical y, muy especialmente, la voz de la mujer, no como asistentes, sino como miembros de una comunidad cristiana de discernimiento.  

Participación

La otra clave es la participación. La Iglesia es muy grande y plural. En primer lugar, en el Congreso se ha apreciado mucho el fuerte peso de la parroquia, de los tejidos parroquiales de todo nuestro país. Los movimientos ayudan en la Iglesia y expresan la diversidad de carismas, pero las comunidades parroquiales generales son esenciales. Sin parroquias vivas de todos, con todos y para todos, la comunidad eclesial del siglo XXI no es sostenible. También es importante cuidar la presencia de instituciones importantes donde hay miles de laicos trabajando por la misión como son los colegios, las ONG y universidades.

En segundo lugar, habría que preguntarse por grupos significativos que no han estado presentes y cuyas voces no hemos escuchado: los muchos inmigrantes que comparten nuestra comunidad cristiana han estado muy ausentes, el pueblo gitano, las comunidades más pobres de nuestro país cuya voz tenían que haber tenido un papel principal, los colectivos más vulnerables dentro de la Iglesia… Al menos tenían que haber sido más visibilizados.

El gran desafío del 46%

La Iglesia española no vive en tierra extraña ni es una minoría en España. No puede sentirse en el exilio babilónico cuando en 2020 hay un 67,2% de españoles que se consideran católicos. Un 20,5% son católicos practicantes. El problema es complejo, pero la cuestión central es la debilidad de la comunión en esa gran comunidad católica. Hay una desconexión que afecta negativamente al 46,7% de la población. Sin duda tienen mucho que ver las incoherencias, las ideologizaciones, las superficialidades o el pragmatismo de ese 46% y también de ese 20,5%.

El gran desafío es que ese 46% –donde se encuentran tantos familiares, amigos, y compañeros nuestros– sienta de nuevo la Iglesia como un hogar. El reto de la participación no es solamente cuidar las proporciones de representación de las realidades de Iglesia, sino, sobre todo, que los que estén en el centro quienes generalmente son excluidos y que ese 46% se sienta como en casa.

Sigue siendo bastante cierto aquella frase con que la Conferencia Episcopal Española terminaba el documento CLIM hace 30 años: “La nueva evangelización se hará, sobre todo, por los laicos, o no se hará”. Hágase.