También las ningunearon


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Una vez más, fueron ninguneadas en la parábola del banquete de bodas del evangelio de Mateo. La de un rey que hizo un banquete para celebrar la boda de su hijo y mandó a sus criados a llamar a los invitados. No aparecen ni la madre ni la novia. Tampoco hay mujeres en la lista de invitaciones. ¿Dónde estaban durante la fiesta que daba el padre?

Probablemente algunas, las jóvenes, estaban en el cortejo que salió a recibir al novio, como en la parábola de otra fiesta de bodas del evangelio de Mateo Que eran diez, de las cuales cinco eran insensatas. O imprudentes. O necias. ¡Al fin y al cabo mujeres!

Pero volvamos a la pregunta: ¿dónde estaban mientras los hombres celebraban? Como siempre, ocultas, invisibilizadas, claramente marginadas y excluidas, porque los únicos protagonistas en las sociedades patriarcales eran los varones. Ellas ni siquiera iban a las fiestas. Mejor dicho, ellos no las llevaban.

Según el derecho consuetudinario judío, el hombre “tomaba mujer” al contraer matrimonio. En realidad, el padre “tomaba mujer” para su hijo, lo que explicaría el motivo de la fiesta en la que las mujeres eran ninguneadas. Porque por este “tomar mujer”, ella pasaba a pertenecer al marido: por eso la podía repudiar. Y, por eso, el adulterio era considerado delito contra la propiedad, como también codiciarla era atentar contra la propiedad: “No codicies la casa de tu prójimo: no codicies su mujer, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que le pertenezca”.

Razón tenían los judíos cuando recitaban la triple plegaria:

“Bendito sea Dios

que no me ha hecho nacer gentil,

que no me ha hecho nacer esclavo,

que no me ha hecho nacer mujer”.

Porque culturalmente eran sujetos pasivos. Como en otros pueblos vecinos y contemporáneos de la sociedad judía a la que Jesús perteneció, no había lugar para las mujeres en el espacio público. Su lugar era el espacio doméstico de la crianza de los hijos y el cuidado de la familia, mientras el espacio de los hombres eran los asuntos públicos, el comercio, la organización de la sociedad. Tampoco había lugar para las mujeres en el mundo religioso judío en el cual solamente participaban quienes llevaban en su carne el signo de pertenencia al pueblo de la alianza, además de que la que se consideraba impureza contagiosa durante la menstruación y después del parto las excluía de los espacios de los varones. Y este tratado de límites entre lo público y lo privado implicaba, obviamente, la superioridad del varón y la inferioridad de la mujer.

Y, bueno, volviendo a la parábola que contó Jesús. Como siempre, tomó un ejemplo de la vida diaria. Del mundo en que vivían él y sus oyentes. Una práctica que conocían y que, como los ejemplos de otras parábolas, servía para explicar algo bien difícil de explicar: que es el reino de los cielos. Donde sí hay mujeres en la lista de invitadas. Donde no son excluidas. Donde no son minusvaloradas y, menos aún, ninguneadas.