Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Santa María Micaela se puso el mundo por montera


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“Se puso el mundo por montera”. La expresión viene del mundo del toreo y sobre ella leemos que “del mismo modo que cuando un torero se pone la montera ya no hay nada más en el mundo que la corrida, así alguien que se pone el mundo por montera es porque decide llevar a cabo algo por su cuenta y riesgo, y sin importarle las consecuencias”. Siendo una expresión castiza, creo que bien se puede aplicar a una gran mujer, madrileña castiza, que sin duda no temió las críticas y las incomprensiones  cuando se trató de hacer el bien a los más descartados de la sociedad.



De esa sociedad, María Micaela pertenecía por familia a lo más alto. Había nacido el 1 de enero de 1809 en Madrid, cuando España estaba invadida por los ejércitos de Napoleón y reinaba en nuestro país su hermano José Bonaparte. Su padre, don Miguel Desmaisières y Flórez, teniente coronel del ejército español, retirado por su mala salud, había huido en junio de 1808 de Madrid para incorporarse al ejército y luchar contra los soldados franceses; leemos que de él, María Micaela heredó su temperamento fuerte y noble. Su madre, doña Bernarda, fue aceptada el 22 de octubre como camarista de la reina con destino al cuarto de la Infanta doña María Isabel. Allí, en el Palacio Real, se conocieron y, antes de un año, el día 14 de enero de 1802, celebraron su matrimonio en la capilla del Palacio. Del matrimonio nacieron nueve hijos de los que sólo sobrevivieron cinco: Luis, Diego, Engracia, Manuela y María Micaela.

Aversión inicial a los pobres

Educada cristianamente por su madre, desde pequeña conoció la realidad de la pobreza en las obras de caridad que su madre acostumbraba a hacer. Pero no se piense que ya desde tierna edad manifestó una sensibilidad especial hacia los necesitados, como leemos en ciertas vidas de santos; no, ella misma nos cuenta que le ocurría más bien lo contrario:

Tenía una aversión marcada a los pobres, más por lo sucios que por ser pobres, que no me daba cuenta por qué lo eran. Mi ocupación era componer mi cuarto, mi altar, leer… historia, vidas de santos, viajes, bordar, coser, pintar, escribir y muchas novenas y un sinnúmero de rezos. Todo esto lo hacía sin descanso, pues era víctima del orden y creo que más que virtud fue y es un vicio; de modo que tenía mis horas arregladas.”

Sin embargo, en su honor hay que decir que hacía esfuerzos para vencer esa aversión: “Como nos íbamos todos los veranos a Guadalajara, seguía yo mi vida como en Madrid y socorría a los pobres para vencer la repugnancia que les tenía; y esto lo hacía de mil maneras distintas. En Guadalajara tuve algunos años una escuela de 12 niñas pobres, que me dejaba mi madre tener, en una sala baja, donde las enseñábamos Bernarda y yo doctrina, coser, planchar, zurcir; y el domingo en la capilla de casa las colocaba delante de mí para que oyeran misa con devoción”.

Actividad caritativa

Los esfuerzos que hizo no fueron infructuosos, pues su actividad caritativa fue creciendo en tiempos todavía muy tempranos: “Curaba muchos pobres en mi casa y mamá me daba ropa para ellos que mis hermanas cosían por miedo que los tenían y temor que se les pegaran las llagas. Me iba yo con Bernardita por la huerta y curaba en sus casas unos baldados que había cerca de la casa, y les hacíamos las sopas, y curábamos las llagas de las piernas.”

Su infancia y primera juventud no fueron fáciles: A los nueve años, junto con su hermana Manuela, tuvo que separarse de su familia para educarse en el colegio de las Ursulinas de Pau (Francia). En el año 1822, con trece años, vio morir a su padre a causa de las secuelas provocadas por las graves heridas sufridas durante la Guerra de la Independencia. Tres años después, en 1825, su hermano Luis, militar de carrera, murió a consecuencia de una caída de caballo en Toulouse (Francia) y al poco tiempo, su hermana Engracia, a causa de un accidental golpe en la cabeza, empezó a dar señales de enfermedad mental.

Santa María Micaela

En 1834 se desató la epidemia del cólera. Las logias masónicas propagaron la mentira de que las muertes se debían el envenenamiento de las fuentes verificado por los frailes. Las turbas se lo creyeron y asaltaron los conventos de San Francisco el Grande, San Isidro, Santo Tomás y La Merced y mataron a más de 80 religiosos. Pero el cólera siguió avanzando y entre el 14 y 18 de julio se murieron 2.550 personas; 1.121 en agosto y 233 en septiembre. Durante esos días tristes, mamá Bernarda y sus hijas constituyeron en su palacio de Guadalajara un centro de socorro, encendiendo grandes hogueras para calentar el agua y hacer la comida para los hambrientos coléricos.

Mujer orante

Desde muy joven María Micaela aprendió a disfrutar de la oración ante la presencia de Cristo en la Eucaristía, que la acompañará durante toda su vida: “Tenía gran devoción al Santísimo y me iba a alguna iglesia para hacerle compañía con mi aya, o a las 40 horas, y solía estarme dos y tres horas, que se me pasaba muy pronto el tiempo, y regalaba al aya para que no se quejara, que por lo común le gustaba a ella ir conmigo.”

Su primer y gran amor humano fue Francisco Javier, un joven de ilustre abolengo, octavo marqués de Villadarias, de sólida formación cristiana y buen joven. Era ocho años menor que María Micaela y ya en 1836, cuando ella estaba para cumplir sus 28 años, estaban en plena relación amorosa quizás desde hacía un año. Pero para la familia de él se trataba de una relación más de intereses y compromiso, pues cuando la madre del novio se enteró de que la situación económica de la madre de María Micaela no era muy buena, el posible matrimonio se enfrió, lo que hizo sufrir mucho a los dos jóvenes enamorados.

Pasaron varios años y en 1863, cuando María Micaela era la Madre Sacramento, rodeada de sus hijas adoratrices, vendrá a visitarla Javier, ya marqués de Villadarias, casado y padre de familia, para encargarle algunos ornamentos para iglesias pobres. Fue al colegio de la calle Atocha de Madrid y ella lo presentó a las adoratrices y con toda naturalidad les dijo: “Venid y veréis al que quería casarse conmigo”. Tuvo otros pretendientes, pero ninguno la conquistó.

Murió su madre el 8 de octubre de 1841 de una lesión orgánica al corazón. Entonces María Micaela, en su tristeza, se acordó de santa Teresa de Jesús y, al igual que ella escogió a la Virgen María como madre. Su hermana Lola murió el 5 de marzo de 1843 de un ataque cerebral en Francia, pudiendo estar a su lado en sus últimos días. Su hermana Engracia fallecería en Guadalajara el 13 de marzo de 1855 y el 28 de ese mismo mes y año, falleció su hermano Diego en Pau (Francia).

Contacto con la prostitución

Pero volvamos atrás en su vida. La encontramos como una joven más de la aristocracia madrileña y, además de sus obras de caridad, se dedicaba a sus diversiones mundanas. Le gustaba vestir a la moda y llamar la atención por sus trajes de lujo; le gustaba el baile honesto, pero, sobre todo, pasear a caballo con su traje de amazona. Por otro lado, frecuente oración ante el Sagrario y visitas a enfermos, ancianos y pobres, a los que socorría con su dinero y con la ropa y alhajas que conseguía le regalasen sus ricas amistades.

En esos momentos, su director espiritual, el jesuita padre Carasa, la orientó a dejar sus diversiones y a hacerse amiga de una señora casada, inteligente y fina, llamada Ignacia Rico de Grande, quien la llevó a ayudar al hospital de San Juan de Dios, donde había muchas enfermas pobres que eran prostitutas. Allí fueron las dos juntas, bien vestidas, el 6 de febrero de 1844. María Micaela, que no se esperaba lo que allí vio, fue capaz de soportar los malos olores de las enfermas y su aspecto y luego afirmó que “allí sufren el olfato, la vista, el tacto, los oídos” y que “todos los sentimientos tienen allí ocasión para padecer”.

Aquel espectáculo dejó en Micaela una impresión inolvidable. Y cuando supo no sólo la situación horrorosa de esas pobres muchachas enfermas en el hospital, sino la espantosa vida que les esperaba cuando salieran de allí, pensó que era absolutamente necesario hacer algo concreto para ayudarlas. Conmovida por una jovencísima enferma, hija de un conocido banquero, que había sido seducida con engaños, infectada de sífilis y despojada de todos sus bienes por un vividor, fundó en 1845 una casa-colegio para socorrer económicamente e instruir a estas jóvenes y librarlas de volver a la prostitución al salir del hospital. Para sacar adelante esta casa cuando escasearon los fondos, vendió su querido caballo.

Aquel Pentecostés

Sin embargo, aún teniendo mucho mérito, todavía era una caridad de joven pudiente que disfrutaba viajando a Guadalajara o París, donde su hermano Diego era embajador y requería su presencia, ya que su cuñada no estaba muy bien de la cabeza. Fue en la capital francesa el 23 de mayo de 1847, durante la misa mayor de la parroquia de saint Philippe du Roule, que tuvo una experiencia que le cambió la vida completamente: “El día de Pentecostés sentí una luz interior y comprendí que era Dios tan grande, tan poderoso, tan bueno, tan amante, tan misericordioso, que resolví no servir más que a un Señor que todo lo reúne para llenar mi corazón. Yo no puedo querer más que lo que quieras de mí, Dios mío, para tu mayor gloria.”

A partir de ese momento, comenzó una vida de amor radical a Dios, a quien quería darse por entero, sin medias tintas. Comenzó por los sentidos externos, recogiendo la vista sin fijarse en escaparates ni tiendas o personas. Sin embargo, el ser hermana del embajador le hacía llevar una vida social, que no le gustaba. Ella lo recuerda años después:

“Me vestía a las 5 para irme a la iglesia, de negro, a las 12 ½ para almorzar con bata de lujo porque venían gentes a almorzar con nosotros, a las 3 para salir a tiendas, a las 6 para comer, a las 8 de manga corta para el teatro, porque a la grande ópera se va de toda etiqueta; y no me podía descuidar ni una vez porque tenía en casa testigos muy severos como Mr. Strom (secretario del hermano). A fin de que yo me fuera a España y desunir la familia, no perdonó medio ninguno, lo que tuve que sufrir no es posible ponderarlo; cada día armaba un lío, ya con mis rezos, visitas de pobres, en todo se metía, armaba unos enredos que no era posible desenredar, ni comprender. Un día robó el perro inglés que tenían mis hermanos en grande estima y cariño, y dijo a mi cuñada que yo le había echado a la calle, por envidia del cariño que le tenían; lo urdió tan bien que fue creído. ¡Qué disgusto! ¡Qué pena produjo esta calumnia!”.

Discernimiento vital

En 1848 pensó seriamente dedicar su vida a Jesús en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. La presentaron a la superiora general y empezó su labor como postulante, haciendo camas, barriendo, limpiando salas, cuidando a los ancianos en el hospital contiguo a la Casa Madre… Sin embargo, al enterarse su cuñada Nieves, se le agravaron sus males y su hermano Diego fue a visitar al general de la Congregación de padres Paúles, obteniendo que no la aceptaran en la Congregación.

Su hermano Diego fue nombrado ministro plenipotenciario de España en Bélgica el 20 de febrero de 1848 y tuvo que irse solo a Bruselas por haber muchos problemas sociales. María Micaela y su cuñada debieron quedarse solas en Boulogne-sur-Mer (Francia) en una buena fonda. María Micaela, aprovechando que su cuñada se levantaba al mediodía, tenía libre toda la mañana hasta la una de la tarde, que era la hora del almuerzo. Se iba por la mañana a misa a la parroquia de San Nicolás. Al párroco le pidió la lista de los pobres para poder visitarlos, pero tardó en dársela por desconfiar de ella como extranjera. Siguiendo al hermano, continuaron durante algunos años por diversas ciudades de Europa, donde ella intentaba siempre encontrar el modo de ayudar a los necesitados.

Decidida a volver a España, al llegar a la capital, empezó a dedicar cada vez más tiempo a su casa de acogida para mujeres de la calle. Como consecuencia, alrededor de María Micaela se desató una verdadera tormenta de incomprensiones y abandonos aun de sus mejores amistades. Ahora se cumplía la frase de san Ignacio: “El mundo no tiene oídos para poder escuchar tan grande estruendo”. ¿A quién se le iba a ocurrir que una mujer de la más alta clase social, emparentada con las familias más ricas y famosas de la capital, se fuera a dedicar a cuidar prostitutas o mujeres de mala vida?

En la frontera

Para mayor escándalo y comidilla de la alta sociedad madrileña, en 1950 sucedió lo que ninguno habría esperado: Micaela dejó su casa elegante en un barrio rico y se fue a vivir con aquellas pobres mujeres de mala vida en la misma casa, para poder ayudarlas con mayor dedicación. En ese momento, todos le cerraron las puertas, sus antiguas amistades se negaron a ayudarle, y ya ni la reconocían como amiga. Fue vituperada, incomprendida, calumniada, no solo por los que formaban parte del selecto ambiente al que pertenecía, también fue criticada por miembros de la Iglesia. Especialmente doloroso para ella fue que su director espriritual, el padre Carasa le negase el saludo. Pero no se defendió; se limitó a orar y a dar gracias a Dios. Fue incluso amenazada por algunos proxenetas, e incluso querían darle muerte. Nada la detuvo.

Leemos que al arzobispo de Toledo le llegaron cuentos y calumnias –decían las malas lenguas que se dedicaba a las prostitutas para hacer ella también negocio– y el prelado, escandalizado, decidió enviar a un sacerdote para que sacase de la casa el Santísimo. Cuando el sacerdote llegó, vio lo que en aquella casa se hacía y, después de rezar unos minutos de rodillas, cambió de parecer y se fue sin llevarse la Eucaristía.

Encuentro real

La reina Isabel II, que la apreciaba mucho y la consideraba buena amiga suya, la invitó al palacio para pedirle unos consejos. Entonces María Micaela, que en otros tiempos era una de las mujeres más elegantemente vestidas de la capital, acudió con vestidos viejos y desteñidos. Las damas de la corte se burlaban de ella y ni siquiera le contestaban el saludo, pero ella salió de aquel palacio contenta, porque pudo practicar la virtud de la humildad.

Santa María Micaela

Aquellos aristócratas madrileños que con facilidad destinaban ayudas a las instituciones de caridad, le negaron toda ayuda y tuvo que vender las joyas heredadas a menor costo de lo que valían, se desprendió de su caballo, pidió limosna, y no se le cayeron los anillos, como suele decirse, para sacar adelante su obra. En 1854 recibió ayuda económica de la beneficencia. Dos años más tarde, con el apoyo y consejo de san Antonio María Claret, nació la fundación de las Adoratrices y tomó el nombre del Santísimo Sacramento, cuya presencia había sido central en la vida de Micaela desde su juventud, y la caridad que daría sentido a toda la vida de las religiosas. Su misión: trabajar por preservar a las muchachas en peligro, y ayudar a las que habían caído en los lazos de la prostitución. El arzobispo de Toledo, que como hemos visto ya conocía el buen hacer de Micaela, aprobaría las reglas de la nueva comunidad en 1858.

Pasos adelante

A la muerte de su hermano Diego, en 1855, ocurrió que en el testamento había dejado a Micaela 50.000 reales, pero su cuñada Nieves, por todo lo que hemos visto, le había cogido aversión y en su desequilibrio ni siquiera quería que tocara a sus hijas, pues creía que las podía envenenar para quedarse con el título nobiliario de su hermano. Por fin, en febrero de 1863, después de ocho años, Nieves le concedió 20.000 reales y se quedó con los otros 30.000. Ella continuó con su labor y logró ver funcionando casas-colegio en Madrid, Zaragoza, Valencia, Barcelona, Burgos y el madrileño pueblo de Pinto.

En agosto de 1865 se declaró de nuevo una fuerte epidemia de cólera en España y la madre Sacramento, al enterarse de que algunas de las hermanas de su convento de Valencia habían sido contagiadas por la enfermedad, corrió a esa ciudad para cuidarlas. Había estado socorriendo a enfermos en la peste de tifo negro en los años 1834, 1855 y 1856, y había logrado no contagiarse, pero esta vez no fue así y al padre confesor le dijo: “Padre, esta es mi última enfermedad”. En verdad que fue la última, y la más dolorosa, pues sufrió calambres casi continuos y dolores agudísimos. El médico declaró: “Nunca había visto a una persona sufrir tanto y con tan grande paciencia y heroísmo”.

En los altares

Murió el 25 de agosto de 1865 y por ser tiempo de epidemia no fue posible exponer el cadáver ni tampoco embalsamarlo, la enterraron sin ninguna solemnidad en una fosa ordinaria en el cementerio, si bien posteriormente en 1891 fue llevada a la casa de las adoratrices en Valencia. El día 10 de marzo fue el reconocimiento del cadáver y lo más llamativo fue haber encontrado un cilicio clavado en el hueso sacro, muestra de su espíritu de penitencia y oración por las colegialas, por las cuales había ofrecido al Señor muchas veces su misma vida.

Beatificada el 7 de junio de 1925 por el Papa Pío XI, el mismo día se curó súbitamente de una tuberculosis intestinal y pulmonar una adoratriz en Chile. Tres años después, el 16 de octubre de 1930, una joven veía desaparecida repentina y totalmente su otitis bilateral crónica purulenta, el mismo día en que iba a ser operada. Estas dos curaciones fueron aprobadas como milagros y fue canonizada el 4 de marzo de 1934 por el mismo Pío XI. La Iglesia honraba así, después de su muerte, a la que muchos habían dado la espalda durante su vida.