¿Puede una ‘revuelta’ conseguir la igualdad real de la mujer en la Iglesia?


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La concentración

Empieza el mes de marzo, mes de la mujer en esta web de Vida Nueva, con una ‘revuelta’. Una serie de concentraciones que han comenzado este día 1 en el entorno de algunas de las principales catedrales españolas como Madrid, promovido por distintos colectivos. Una cita que se produce, según los convocantes, 20 años después del Jubileo de las Mujeres que en el año 2000 reunió a diferentes colectivos en la catedral de la Almudena. Con el eco del último sínodo dedicado a la Amazonía y las reivindicaciones de voto para las participantes aún presentes, las manifestaciones son un recordatorio perenne del camino que queda por recorrer.



La cautela es un virtud eclesial que puede hacer que la paciencia se convierta en cobardía, aunque no siempre es así. Siendo conscientes de estos, un poco de autocrítica nunca viene mal. Las formas, las formulaciones o la narrativa elegidas por las entidades convocantes –a veces con pronunciamientos absolutos sin lugar para los matices en cuestiones que tienen su complejidad– han hecho que las adhesiones formales a las reivindicaciones sean un poco exiguas. Es innegable que en la Iglesia apuestas por la igualdad real y eficaz –traducida esta en muchos gestos concretos y visibles– muchos más de los que han firmado el manifiesto o acudan a las diversas ‘revueltas’ convocadas. Por ello, una vez más ha vuelto el miedo a la división frente a la comunión en un pontificado que no está para que algunos colectivos parezcan sintonizar con quienes realmente defienden un rol de la mujer totalmente pasivo y servil. Entiendo que es un riesgo que hay que correr y que cosas que son ahora o nunca, pero sería ingenuo no preocuparse por hacerle el juego a quienes más se resisten ante las reformas de un pontificado que sería injusto tildar de patriarcal o antifeminista.

Por otra parte, este 8 de marzo de 2020 no cuenta con el caldo de cultivo que se  vivió en torno a las huelgas de mujeres de los años precedentes. Tranquiliza que la ‘revuelta’ eclesial tome distancia de un contexto marcado por un feminismo ideologizado. Aunque la huelga se convocará formalmente en algunas regiones, parece que el hecho de un 8 de marzo en domingo ha servido a algunos colectivos para dar una tregua a un Gobierno que ha incorporado a Unidas Podemos en sus filas. Un ejecutivo que tiembla ante el hecho de que tome cuerpo la ‘huelga de hombres’ convocada en algunas redes sociales sin organizador claro para el 10 de marzo…

En el templo o tras la pancarta, reclamar la igualdad y acabar con la discriminación a la mujer tiene su razón de ser y es algo más que una petición legítima. Junto con el respeto a quienes han enarbolado esta bandera desde su ser Iglesia, la tarea continúa un día después. Ahora bien, siendo conscientes de que hay reivindicaciones de muchos tipos que, buscando los matices, parece que se han puesto en el mismo nivel cuestiones de naturaleza muy diversa que son algo más que fruto de una mentalidad machista o patriarcal.

El manifiesto

Un escrito de dos páginas señala las reivindicaciones de esta iniciativa. Firmadas por las primeras entidades convocantes –a las que se le han ido uniendo algunas congregaciones y colectivos, mientras otros han tomado cierta distancia– apelan a todo el mundo: “Haz lo que esté en tu mano para que la Iglesia vuelva a ser una comunidad de iguales y la igualdad se haga costumbre”.

En el texto se señala que la propuesta viene de “mujeres creyentes”, de dentro de la Iglesia, comprometidas con el evangelio que luchan “por la renovación de la Iglesia y la transformación social desde la perspectiva de las mujeres ya que detectan “una profunda discriminación en la Iglesia”.

Yendo a lo concreto, los convocantes denuncian “las múltiples formas de injusticia e invisibilización” que se dan en la Iglesia como consecuencia del clericalismo como “la dolorosa violencia ejercida sobre mujeres, religiosas y laicas, además de otras formas de violencia lamentables”. Por ello, reclaman un “cambio imprescindible” en cosas como “el acceso al diaconado y al presbiterado femenino” o el número de docentes de Teología…

Se cuestiona, además, la desproporción del número de mujeres en tareas de voluntariado –ya sea en la caridad o en la catequesis–, a la vez que se niega “la palabra, tener voz y voto, la toma de decisiones y el liderazgo en los ámbitos oportunos” propiciado por una mentalidad “patriarcal y feudal, junto a una teología caduca”.

Poniendo de manifiesto la voluntad de seguir remando en esta barca, piden la igualdad en la ministerialidad, la teología feminista, la eliminación del “lenguaje patriarcal y sexista en las homilías, textos litúrgicos y documentos” o el cambio de una moral culpabilizadora. Reivindican una Iglesia como alternativa al sistema económico neoliberal… tomando como ejemplo las reivindicaciones de movimientos como “María 2.0 o el Movimiento internacional ‘Voices of faith’”, cuyos rostros visibles se encontraban ayer en Madrid.

La fundadora

En el manifiesto de la concentración se menciona, entre las precursoras de esta lucha, a Mary Ward –junto a tantas figuras femeninas de la Biblia y de la historia como Hildegarda de Bingen, Clara de Asís, Catalina de Siena, las beguinas y Dorothy Stong–. Esta religiosa inglesa –que fue defensora del catolicismo en los primeros compases de la Iglesia anglicana–  es la fundadora de las ‘irlandesas’ (Instituto de la Bienaventurada Virgen María, conocido en muchos países como las ‘Loreto Sisters’). Condenada en su día por Urbano VIII –como a Galileo–, cuando José María Javierre escribió la biografía de esta precursora la llamó ‘La Jesuita’ porque llevó a la vida religiosa femenina la máxima de “contemplativas en la acción” llevando su misión más allá del claustro monacal –algo en lo que, por cierto, tuvo a algunos jesuitas en contra, así como curiales que se referían a la congregación como las ‘jesuitesas’–. Para las ‘irlandesas’ el impulso apostólico para la mujer de Ward es pionero al ver posibilidades de la mujer en todos los campos pastorales, especialmente en la educación.

“De haberse casado, María Ward (1585-1645) podría haber sido un bastión del catolicismo en la Inglaterra que nacía al anglicanismo. En los Países Bajos y en Roma, acabó siendo un símbolo de los convulsos tiempos de la Contrarreforma. Libre y visionaria, apostó por un modo de ser mujer y religiosa diferente, renegando de la clausura y apostando por la vida activa cuando eso suponía un desafío”, escribía en un pliego a ella dedicada la religiosa María de Pablo-Romero.

Declarada venerable por Benedicto XVI en 2009, esta santa Teresa ‘a la inglesa’ no descansó hasta que el coro, la clausura o el hábito dejasen de ser una barrera para la evangelización (humanización) del mundo. Esa fue su lucha por la igualdad “trabajando por el Reino de Cristo con recursos que los varones ‘sabios y prudentes’ no podían llegar a tolerar en mujeres evangelizadoras”. He aquí una mujer sabia y coherente –además, en tiempo de persecución de los católicos durante el reinado de Isabel I–.

Hoy su obra es de lo más eclesial, aunque con Benedicto XIV se le da un respaldo oficial sin reconocer a Ward como la fundadora por no mostrar contradicción con la bula con la que Urbano VIII suprimió la congregación. En el siglo XIX unos cuantos sacerdotes católicos ingleses propusieron el celo apostólica de la propia venerable como su propio estímulo, movimiento devocional que allanó el camino de la restitución de la memoria de esta mujer pionera, que se produjo oficialmente por Pío X. Ahora bien, las constituciones con las iniciativas que reclamaba Mary Ward deberían esperar hasta 1978, ya con el viento del Vaticano II soplando algo más a favor. En serio, ¿no hemos avanzado nada, social y eclesialmente?