Cristóbal López Romero, SDB, cardenal arzobispo de Rabat
Cardenal arzobispo de Rabat

¿Más santos todavía?


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En el calendario ya no caben: hay diez o doce para cada día, si no más. ¿Por qué seguir “canonizando” a más gente? Viene esto a cuento de que acabo de participar en la ceremonia de canonización de dos religiosos: Scalabrini y Zatti. El primero, obispo fundador de congregaciones con un carisma de servicio a los migrantes. El segundo, un humilde hermano religioso salesiano, no sacerdote, que pasó su vida al servicio de los enfermos más pobres en la Patagonia argentina.



Hay un malentendido en esto de los santos. Mucha gente cree que a alguien se le proclama santo en atención a los méritos contraídos, a los puntos ganados haciendo buenas obras, al expediente impoluto de su vida. Y resulta que no es así. Un santo no lo es porque hace buenas obras, sino que hace buenas obras porque es santo.

Resulta que santo, santo, lo que se dice santo, solo es Dios: “Porque solo tú eres santo, solo tú, Señor, solo tú, Altísimo Jesucristo…”. Pero resulta también que esa santidad de Dios rebosa y se derrama en todos nosotros, de manera que, antes de que movamos un dedo y de que tengamos el más mínimo mérito personal, el Espíritu –que es Santo– nos ha santificado. ¡Somos santos! Todos, sí, también tú, querido lector. “Si Cristóbal me conociese, no diría eso”, estarás pensando. No, lo sigo afirmando: eres santo, hemos sido todos santificados… (por algo san Pablo, en sus cartas, se dirigía a los cristianos llamándolos “santos”, y no se refería a los cuatro más buenitos de la comunidad).

Pero falta un pequeño, un pequeñísimo detalle: somos santos… pero, ¿vivimos como tales, vivimos santamente? Ese es el quid de la cuestión.

No nos ganamos la santidad sumando puntos y haciendo esfuerzos, porque la santidad es un don gratuito de Dios. Pero tenemos que hacer esfuerzos para vivir de acuerdo con lo que somos, para ser coherentes con el don recibido; la santidad no es el premio a nuestras luchas y combates.

Llamada y estímulo

Por eso es bueno que sigamos poniendo a algunos cristianos en la lista o canon de los santos (que eso es “canonizar”), porque es una forma de proclamar la santidad de Dios reflejada y hecha don y fruto en personas humanas, de nuestra raza y linaje. Y porque cada santo canonizado es una llamada y un estímulo para seguir nosotros en la lucha por vivir santamente… puesto que somos santos.

En realidad, faltan por lo menos dos santos: tú y yo, querido lector.

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