José Fernando Juan, profesor del Colegio Amorós
Profesor del Colegio Amorós

¿La diversidad enriquece? ¿De verdad?


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La diversidad es bella, después de hacer un cierto camino. De primeras no tiene nada de bello ni de bueno. Digan lo que digan, genera conflictos y tensiones. Lo normal es no aguantar al diferente, mucho menos cuando supone alguien con quien de alguna manera tengo que convivir. Quien diga lo contrario, o es ajeno a su realidad o ha hecho un largo camino de encuentro con el prójimo.

El problema sustancial, que hay detrás de todo esto, es vender las bondades y las riquezas de la diferencia a base de obviar el inevitable conflicto que supone encontrarme con el otro. Da igual el espacio que examinemos, incluida la propia vida. Miremos cómo la diversidad se hace presente en la política: sin acuerdos, llegando al desprecio y el insulto. En la educación, tanto en el aula como en los claustros: marginación y crítica. ¿Pasa algo así en la Iglesia? Ni lo dudes, en la diversidad unos tienden a considerarse mejor que los otros.

Detrás de la imagen paradisíaca de la diversidad, en la que lo diferente se convierte en bello y en enriquecimiento para todos, está indiscutiblemente la llamada a la comunión. Pero la comunión es una palabra ajena a la política, la sociedad y la educación. Y, sin embargo, una enorme contribución a nuestros tiempos desde la tradición religiosa cristiana. Dicho básicamente sería, llamada a todos a formar parte de la nueva humanidad. La comunión, en este salto esencial, exige la conversión propia para sentirse y saberse parte de la humanidad. Algo que solo es posible, a mi modo de ver, cuando se reconoce y se acepta en el otro no solo la dignidad que le es propia, sino en el momento en el que es mi prójimo, mi hermano.

La diversidad es esencial a la humanidad, tanto como la madre, el padre, el hijo o la hija. Desde el mismo origen de nuestra propia vida, la vida se vive de manera diversa. Aquí es clara su riqueza y la inmensidad de matices que ofrece a cada uno. Pero lo que se asegura en familia (normalmente, y tomaría toda excepción como deshumanización) es el asombro por lo común, por la relación. Semejante familiaridad no puede ser extrapolada fácilmente a la sociedad en sus múltiples ambientes. Solo el reconocimiento del otro como persona, por la mirada y la palabra, es capaz de derrumbar la prisión del egoísmo. Nunca el interés, solo el desinterés, la gratuidad, el movimiento que nace en mí hacia el otro sin esperar nada a cambio.

Me recuerdan mis alumnos, que hablan con mucha libertad y casi sin filtros: “Profe, ¿piensa que eres tú el diferente y te darás cuenta?”. Ellos no lo saben, pero en ese momento pienso no tanto en mí, sino en otro. Cada uno para sí mismo es muy común, lo que rompe la propia vida es amar al prójimo, querer a quien no es “yo mismo”. Entonces me doy cuenta de que no hay comunión sin amor, que es lo que falta en tantos lugares. Amor no solo por sí mismo, sino amor por el otro, por muy cercano o lejano que sea, por todos siempre y cuando sea siempre muy concreto en sus formas.