Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Hartura de estar hartos


Compartir

Estamos de cumpleaños. Al menos, de alguna manera. Cumplimos un año –más o menos– de asumir a nivel mundial que, de la noche a la mañana, estábamos inmersos en una pandemia. Un año de vida pandémica. ¿Cómo lo celebramos?



Desde luego, todos notamos los efectos. Algunos por la muerte de alguien muy querido, otros por haber pasado la enfermedad, otros por quedarse sin trabajo o sin ingresos… Todos porque sentimos los efectos de ver restringida nuestra libertad de movimientos, de relaciones, de proyectos, de descanso, de ocio y cultura…

El ser humano, evolutiva y biológicamente, está preparado para detectar amenazas y responder con un estado de alerta que nos proteja y nos permita seguir viviendo. Para lo que no estamos preparados –creados, en clave creyente– es para vivir mucho tiempo en estado de alerta permanente. Por eso, si se prolonga, nuestro sistema neurológico, cognitivo y emocional entra en un hartazgo que nos agota. Dicen los expertos que vivimos una especie de ‘hibernación psicológica’, porque decrece nuestra concentración, nuestra memoria y atención, nuestra capacidad relacional…

La OMS describe la fatiga pandémica como “la desmotivación para seguir las conductas de protección recomendadas debido a diversas emociones y experiencias, así como por el contexto social, cultural, estructural y legislativo”. Resalto: desmotivación para seguir conductas de protección. Algo que, lógicamente, hace que Dña. Amenaza ocupe demasiado espacio y tiempo en nuestro interior.

La cuarta ola: salud mental

Ayer escuchaba en una tertulia que la cuarta ola se llamará ‘salud mental’. Y la quinta “estupidez”, viendo nuestras reacciones y modos de situarnos. Según datos del Consejo General de Psicología, un 40 % de los españoles presenta síntomas graves o moderados de depresión, el 30 % de ansiedad y un 41 % duerme menos o peor que antes de la pandemia. ¿Sabíais que sólo con 5 minutos sometidos a una cuota de estrés agudo (cuando percibimos que realmente está en peligro nuestra vida), el cortisol bloquea el hipocampo, se dispara la norepinefrina que estimula todos los sistemas de hipervigilancia y hay una significativa pérdida de botones sinápticos y espinas dendríticas?

Pero, ojo, que esto se da por fatiga pandémica o por cualquier otro hartazgo provocado por una amenaza de la que no nos vemos capaces de protegernos en nuestra vida cotidiana. No nos agota tanto la amenaza en sí, sea cual fuere, sino la propia percepción de vernos incapaces, vislumbrar que no hay salida, que no asoma ningún cambio que nos permita respirar y sonreír.

Don Miedo y su compañera Dña. Amenaza… ¡qué desagradables visitas! Lo peor es cuando claudicamos y negamos la realidad para sobrevivir al hartazgo y tristeza o, por el contrario, elegimos el egocentrismo egoísta del “sálvese quien pueda”.

Tres propuestas

Para buscar otros caminos, hago tres propuestas saludables:

  • “Sea amable con usted mismo y con las personas que más quieres”. No hay peligro de autocomplacencia, creo yo, porque todo lo que das vuelve multiplicado. Y no hay mejor prevención contra las amarguras y violencias que ser una persona que ama y es amada; no dejas de ver el lado oscuro, pero como no te merece la pena enredarte ahí, eliges el lado amable de las situaciones.
  • “Dígase siempre la verdad y no se lo diga solo/a”. Es difícil sostener la verdad verdadera empujando sólo la propia espalda; siempre es mejor compartir el peso. Porque sí: la verdad pesa; claro, también nos hace libres y nos da alas pero eso llega después… Conviene no dejar de mirarla a los ojos y acostumbrarte a vivir con ella hasta cogerle gusto. De lo contrario, te arriesgas a vivir engañado y a la larga, quizá no percibes la amenaza ni sientes miedo, pero acabas dejando de sentir también la alegría, la pasión, el riesgo, la creatividad, la autenticidad…
  • “Tome decisiones aunque se equivoque”. Las dos anteriores se invalidan sin esta tercera. No hay peor fatiga y hartazgo que no conducir la propia vida. Y siempre vas a encontrar razones para seguir en el mismo lugar en que has quedado atrapado. Da igual si piensas en fatiga pandémica o en cualquier otra fatiga vital que pueda estar rondándote: proyectos, relaciones, pertenencias, trabajo, familia… lo que sea. Si no tomas decisiones para reconducir lo que se tuerce, para inventar opciones realistas, para no perder la esperanza y la alegría sin dejar de ser tú mismo, entonces absténgase, por favor, de decir que usted discierne (pregunte a San Ignacio, a San Juan de la Cruz o a Hildegarda de Bingen… por decir algún nombre). Y verá que no es posible.

Obviamente, como diría el de Tarso, no es que yo lo haya alcanzado pero al menos quiero seguir caminando en esta dirección, a ver si en algún momento lo logro (Flp 3,12). Y no, no me refiero solo a la pandemia.