Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 23: el socio 19


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¿No notáis que muchas cosas han adquirido escala humana? Hay muchas historias que lo muestran, pero hoy quiero escribir en este diario sobre una muy especial que nos ha sucedido a los amigos. En la misma historia aparecen un club de fútbol, el padre de uno de mis amigos y las ganas que todos tenemos de que en el mundo se abra paso la bondad.

Un corazón celta

El fútbol del Real Club Celta de Vigo tiene ya casi cien años. Como todas las entidades deportivas en este tiempo ha hecho un paréntesis. Mucha gente tiene puesta su pasión en los deportes. En ellos hay valores, hay aventura, belleza, mucho juego y se potencia la dimensión celebrativa del ser humano. El día anterior a ser fundado, la ciudad recibió la pésima noticia de que iba a enviarse otro grupo de jóvenes a luchar en la nefasta Guerra del Rif en Marruecos. Un total de 5.000 jóvenes serian reclutados en todo el país. La constitución del club al día siguiente -el 23 de agosto de 1923-, fue un hecho que, en medio de la tristeza, dio esperanza a mucha gente.



Diez años después, el entusiasmo y entrega de los deportistas y afición había sido tal, que ya subió a Primera División. No obstante, no pudo comenzar a jugar porque comenzó la Guerra Civil. Casi todos nuestros abuelos fueron movilizados a la guerra de nuevo y sé que pensar en el Celta era un motivo de nostalgia y consuelo. Era un motivo de fraternidad con otros celtistas y de conversación y amistad con seguidores de otros equipos. Pensar en volver a ver jugar al equipo representaba la esperanza de sobrevivir tanta violencia y recuperar una vida cotidiana sin guerra. Hasta tres años después no se pudo hacer realidad.

Por primera vez desde entonces el fútbol ha vuelto a detenerse no solo en nuestra ciudad, sino en la mayor parte de lugares del planeta. Hasta las Olimpiadas se han tenido que aplazar. Precisamente ahora que dos quintos de la humanidad están confinados en sus hogares, no hay fútbol. Ya no hay millones de aficionados que miran a sus equipos, sino que son ahora los jugadores y los clubs los que miran a la gente: cómo entregan su vida a los enfermos, cómo muere y se cura, cómo simplemente nos quedamos en casa para ayudar.

El Celta ha querido acercarse a las personas que durante décadas han estado disfrutando y luchando con ellos en los campos de fútbol. Santiago Montenegro es uno de ellos. Con 81 años, vive solo y es el socio número 19 del club. Hace unos días, Santiago recibió una llamada telefónica del Celta para interesarse sobre cómo estaba. A él le extrañó la llamada y, como hombre de mundo que es, fue precavido, no fuera un engaño a personas mayores. Llamó al club para confirmar que, efectivamente, era el club.

No quedó ahí. El 1 de abril recibió otra llamada. En esa ocasión era Hugo Mallo, jugador del Celta, quien estaba al otro lado del teléfono. Es un futbolista nacido de la cantera viguesa y uno de los mejores laterales de La Liga española, pieza clave del Celta del siglo 21. Es admirado por todos y para Santiago era una llamada excepcional. Hugo Mallo saludó a Santiago, le preguntó cómo se encontraba en esta cuarentena, solo en casa. Santiago le contó que ya su padre -también de nombre Santiago- había sido miembro de la primera junta directiva del Celta, aquella que vio partir a los jóvenes soldados vigueses para la guerra de África. Desde entonces, son cuatro generaciones de celtistas en la familia. Hugo Mallo escuchó, se alegró y le dijo que cuando todo esto pasara, se conocerían personalmente en el estadio de fútbol, cuando podamos de nuevo volver juntarnos, corear, celebrar, abrazarnos. Fueron cinco minutos de conversación, pero dice mucho. Si todos hiciésemos una vez al día un gesto de bondad parecido, estemos seguros de que le ganaríamos la partida al coronavirus y a lo que lo provocó.

Su hijo Santi, amigo de mi infancia, nos lo contaba ayer a los amigos lo que le ocurrió a su padre don Santiago. Me emocionó la anécdota. Santi escribió en Twitter un agradecimiento al club por ese gesto y al rato tenía miles de retuits y me gustas. Santi concluía que la gente estamos hasta las narices de malas noticias y cualquier cosita positiva la compartimos. De acuerdo, pero no es una cosita positiva cualquiera. Que un club haga el gesto de llamar a sus socios más vulnerables ante el coronavirus muestra mucho del corazón del celtismo y nos pone ante algo muy importante: necesitamos instituciones que tengan esa escala humana. Ahí está uno de los mayores problemas de nuestra civilización: es crucial que todo esté a la altura de la vida de la gente normal.

Un mundo a escala humana

Esta crisis del coronavirus ha hecho que todos tengamos más escala humana. Cada uno está en su casa y, más grande o pequeña, nuestro mundo físico se ha hecho más reducido. Si vemos por el balcón o la ventana, tenemos un horizonte limitado. La piel del barrio tiene ahora mayor relieve. Sabemos los balcones donde la gente sale a aplaudir, hemos reconocido muchos rostros. Nos preguntamos si cuando todo esto acabe les reconoceremos en la calle. Me dan ganas de saludarles, de recordarles que yo era el vecino del cuarto en el bloque 189 y que día tras día nos vimos salir.

Vivimos un tiempo extraordinario, todo lo que está ocurriendo debemos grabarlo en el corazón y la memoria, dejar que nos llegue hondo. Es tal el calado del dolor y la injusticia, y tan exultante tanta entrega, bondad y creatividad, que la vida y el mundo se ven mucho más claros. Estamos más metidos en nuestras casas y cosas, pero también más abiertos y abrazados al corazón del mundo que todos compartimos. Es en estos tiempos de abismos y cimas, de lo peor y lo mejor, cuando podemos entenderlo todo con una especial lucidez.

Lo más esencial se muestra incluso en detalles muy pequeños. Las cosas, incluso las que son muy grandes -como instituciones, grandes procesos, estructuras sociales- son comprendidas porque cobran escala humana. Nuestro mundo ha tomado escala humana.

La escala humana significa que las cosas son del tamaño de la persona. Quiere decir, que son cercanas, las podemos entender, son capaces de personalizar en ti, en mí o en otro. También significa que respeta a cada persona en su integridad y que no pasa por encima de la gente guiado por ideologías o intereses. Las instituciones de escala humana no piensan en la gente como número y es sensible a lo que le ocurre a cada cual. La economía de escala humana sabe que no funciona si a las personas les va mal, aunque las bolsas vayan bien. La política de escala humana piensa en las personas que tienen enfrente, no son muñecos de una ideología, no los estereotipa. Las redes de escala humana piensan que tras una cuenta hay una persona y busca comunicar.

La mayor parte de los problemas peores del planeta suceden porque perdemos la escala humana. No somos capaces de ver el efecto en individuos y familias concretas. No pensamos desde ellos y no los respetamos. Ocurre con las personas sin hogar: con demasiada frecuencia se actúa sobre ellas sin respeto, sin escucharlas, sin saber qué necesitan realmente. Se les trata como números o cosas. Son cosificadas.

A veces incluso las personas perdemos la escala humana: no percibimos a quien tenemos a nuestro lado con su personalidad, sus preocupaciones, su voz sobre las cosas. Vemos gente, pero no a personas son nombres propios. A veces pasamos por la vida sin parar la bicicleta de la actividad o nuestros intereses, como aquel ciclista delante del Hombre Yacente de Wuhan. Muchas veces no es mala atención sino resultado de las prisas, de las urgencias, o de estar pensando solo en ti y ver al resto solo en función de ti.

Necesitamos que todas las instituciones tengan escala humana, que sean repensadas desde la experiencia que la gente tiene de ellas, que no miren desde las alturas de sus torres, sino que se mida cómo influye en la vida real de cada uno. Nuestras instituciones y muchas veces nuestros modos de ir por la vida se parecen demasiado al castillo de Kafka donde muy pocos son alguien, donde nos hemos inflado tan grandes que no podemos escuchar la voz de las personas.

Quizás, en definitiva, esta crisis nos ha hecho más reales. Han explotado las burbujas de la tele basura, del arte mercantilizado, del famoseo y el postureo, de la búsqueda absurda de gloria y reputación, todos hemos inflado las burbujas. Todos estábamos de distintos modos acelerando la curva de la explotación y el consumo, la curva de la banalidad, la curva de la ideologización, la curva de la división, la curva del relativismo, y debemos frenar juntos esas curvas, porque todas esas nos han llevado a esta terrible curva de la muerte. Y todo eso comienza por la escala humana.

Todo cambiaría si las instituciones y nosotros mismos, fuéramos capaces de parar, telefonear y escuchar al socio 19.