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Flor María Ramírez
Licenciada en Relaciones Internacionales por el Colegio de México

Con un pie aquí y otro allá


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Me ha tocado estar en la región de Centroamérica recientemente. Y he redescubierto dos publicaciones que en cada viaje he disfrutado nuevamente principalmente en estas épocas de festejos patrios en la región. No está resuelto si las personas migrantes son de aquí o son de allá. Los derechos no son tan fácilmente portables en la práctica. Así millones de centroamericanos y mexicanos han tenido que hacer su vida y su hogar fuera de su tierra natal. Pero se han llevado, no sólo sueños sino sus fiestas y sus tradiciones, la gastronomía, los festejos y  las fiestas patronales. No se trata solamente de la añoranza y la nostalgia. Se trata realmente de la cultura de la diáspora. Igualmente ocurre con la fe, los salvadoreños se han llevado a todos lados a Monseñor Óscar Romero, los mexicanos a la Virgen de Guadalupe, los cubanos a la Virgen de la Caridad del Cobre.

La nueva realidad que ha generado la migración resulta compleja en términos culturales y da lugar al recrudecimiento de tensiones sociales o xenófobas respecto a las cuales deberíamos reflexionar. Estudiosos de la cultura de la diáspora como Miguel Mixco refiere que la cultura de los salvadoreños ha sido modificada por la nueva realidad demográfica, “los migrantes han contribuido a la formación de una sociedad en la que se perciben cambios importantes. Son un nuevo sujeto social, político y cultural. Integran comunidades con especificidades tanto reconocibles en El Salvador, Canadá, Suecia, Estados Unidos e Italia. Al mismo tiempo son poblaciones que experimentan agresiones a sus derechos fundamentales”. Lo hemos visto claramente en los lugares de tránsito de la migración, cuando las comunidades de una nacionalidad determinada se agrupan, se organizan, viven sus festejos, siempre hay una constante interpelación a si es deseable, permitido o no que se den ciertas expresiones culturales, siempre hay esa presión por querer que las personas vivan las culturas del lugar.

Sin embargo, parece claro que el fortalecimiento de los vínculos están relacionados con la construcción de un imaginario común, la posibilidad de construir este imaginario pasa a su vez por el reconocimiento y el ejercicio de los derechos, y por la disposición de las personas de participar en una comunidad. Ni todo depende de las personas migrantes, ni todo depende de los lugareños. Construir un “nuevo nosotros” es un esfuerzo que implica la voluntad de todos o al menos de una mayoría.

Edificar la ciudad de Dios y del hombre

El papa Francisco ha mencionado en la última Jornada de las personas migrantes en mayo pasado que “la respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Pero estos verbos no se aplican sólo a los migrantes y a los refugiados. Expresan la misión de la Iglesia en relación a todos los habitantes de las periferias existenciales, que deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Si ponemos en práctica estos verbos, contribuimos a edificar la ciudad de Dios y del hombre, promovemos el desarrollo humano integral de todas las personas y también ayudamos a la comunidad mundial a acercarse a los objetivos de desarrollo sostenible que ha establecido y que, de lo contrario, serán difíciles de alcanzar”.

Sobre este tema quiero traer a colación es un ensayo de Charles Taylor, “El multiculturalismo y la política de reconocimiento”, que recordé haber revisado en mis años universitarios. La tesis de Taylor argumenta que “la identidad se moldea en parte por el reconocimiento o por la falta de este; a menudo también por el falso reconocimiento de otros, y así un individuo o un grupo de personas puede sufrir un verdadero daño, una auténtica deformación si la gente o la sociedad que lo rodean les muestran, como reflejo un cuadro limitativo, degradante o despreciable de sí mismo”. Qué mejor que en estos días patrios pensemos en aquellos que están “con un pie aquí y otro allá” para que en nuestras sociedades y comunidades se grite fuerte la solidaridad y el deseo de reflejar lo mejor de los otros.