José Luis Pinilla
Director del Secretariado de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española

Carta a quienes los migrantes les sobran en medio de la pandemia del coronavirus


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Los flujos migratorios deben regularse, por supuesto. Y a los pactos globales para la migración firmados por muchos países a instancia de la ONU, la Iglesia se ha unido con propuestas muy concretas basadas en los cuatro famosos y arquetípicos textos del Papa respecto a la migraciones: acoger, proteger, promover e integrar. Es cierto y hay que exigirlo a las autoridades haciéndolo sin el más mínimo recortes a los Derechos Humanos. Pero, ojo, esa regulación no debe fundamentarse en el miedo a la invasión ni en la defensa del propio bienestar. Me centro, sobre todo, por lógica de la actualidad, en algunos aspectos en el tema sanitario.



Aquí: En el momento tan duro y de tanta exclusión con el que nos encontramos, en vez de acoger como pide el Papa, Vox propone durante la vigencia del estado de alarma (¿será un prólogo a peticiones posteriores?) que los inmigrantes irregulares tengan que abonar en forma de contraprestaciones o un pago conveniado si quieren ser servidos por la Sanidad.

Allí: Por ejemplo, en Estados Unidos no solo es Donald Trump. Hay una reciente decisión de la Suprema Corte que permite al presidente que muchos indocumentados y documentados se vean afectados, con la posibilidad de negarle la renovación del visado a aquellos que utilicen de más el sistema social de su país, aunque paguen impuestos. El miedo en el cuerpo ya lo tienen pues el primer miedo es perder su visado. Con la pandemia de coronavirus también entrando en Estados Unidos esto se puede agravar. Esta y otras decisiones que no facilitan una buena lucha frente a la pandemia y mucho menos sin posibilidades de asistencia sanitaria.

Aquí: En España el problema no es tanto la denegación del auxilio sanitario sino algunas derivadas. Y no será por el ejemplar comportamiento de los sanitarios y otros servidores públicos (y no públicos) en todas sus ramas como primera y valiente línea de cortafuegos. Estos son puentes como ángeles (que diría el Papa) y no muros.

Ellos, sin sanidad

Las derivadas de la pandemia pueden afectar a muchos colectivos muy vulnerables relacionados con la migración: además de los mismos migrantes, los refugiados, las víctimas de trata, los menores no acompañados, los desplazados forzosos, los temporeros, las empleadas de hogar en quienes depositamos lo que más queremos: nuestros hijos y nuestros abuelos… Y tantos otros colectivos de migrantes.

Por ejemplo, mujeres en situación de explotación sexual. ¿Quién las cuida? ¿ Qué techo les protege? Con un tanto por ciento muy elevado de víctimas a causa de su proceso migratorio en origen, tránsito y destino). Migrantes con trastornos de salud mental, o detenidos o desconocedores del idioma o los condicionados por la dificultad de renovar permisos de residencia o en algunos de los centros de internamiento o en un campo de refugiados, etc. Ya veis. Aquí y allí.

O ya que hemos hablado de la tarjeta sanitaria, en España, Médicos del Mundo ha referido recientemente que tiene constatados “al menos 1.890 casos donde hay exclusión, incluyendo los de 60 mujeres embarazadas, 122 menores de edad o 90 personas que requerían asistencia de urgencias, todas ellas por no poder documentar que viven en España el mínimo de tres meses que se les exige”. O las personas sin hogar a quienes me refería en mi último post: un 24,3% de las personas sin hogar de nacionalidad española y un 75,7% de otras nacionalidades no tenía tarjeta sanitaria, según el Instituto Nacional de Estadística.

Misa papa Francisco migrantes aniversario Lampedusa

Si tanto esfuerzo se está haciendo procurando medidas y proyectos para recursos económicos presentes y futuros (lo primero es la persona y detrás lo demás), ¿nos hemos olvidado que los emigrantes suponen una parte importante de la productividad presente y futura y eso pese a sus condiciones tan precarias de trabajo y que son parte del sector más débil, vulnerable y empobrecido del mundo obrero y del trabajo? ¿Es hora de dejarlos a su mala suerte/muerte por el hecho de ser migrantes? Parodiando la frase de hace años del entonces alcalde del Ejido, Juan Enciso, que se hizo tristemente famoso –”A las ocho de la mañana todos los inmigrantes son pocos. A las ocho de la noche, sobran todos”–, alguno vendrá, de aquí y de allí, que querrá decir “en tiempos de salud, los necesitamos a todos. En tiempos de pandemias, nos sobran”.

Prefiero a pesar de todo agarrarme a la esperanza sobrevolando localismos, nacionalismos, estigmatizaciones, chivos expiatorios y demás zarandajas. Prefiero no mirarme el ombligo y pedirle al Señor que me haga levantar la cabeza ampliando horizontes.

Me creo muy en serio eso de “Creer en un nuevo cielo y una nueva tierra”, incluso para tantos y tantos que solo tienen el cielo como techo en los muchos caminos difíciles de hoy o caminan por tantas tierras viejas buscando siempre –como todos– las tierras nuevas del trabajo y la dignidad. Y es que hoy también es muy importante hacer cercanos a los que más sufren. Mucho más que nosotros. Porque muchas veces los trapos sucios de la globalización y sus efectos (esta pandemia es un reflejo de ello) los pagan las personas más vulnerables, los que transitan errantes por los miles de caminos del mundo. Buscando puertas abiertas y recibiendo portazos. Y entre ellos migrantes tocados por la enfermedad. O estigmatizados por ella. A alguien hay que echar la culpa. Especialmente en época de pandemia.

Creo en el cielo y en la tierra nueva. Y, por eso, cuando aplaudo en la noche junto con muchos vecinos, pienso en tantos que sin mirar carnet sanitario alguno, ni credo, raza o cultura, hacen en directo, o en apoyo subsidiario, una vida de “santidad” cotidiana –al lado de nuestras puertas como dijo el Papa–. Ser santo no es colocarse en una peana, sino estar tocado, alcanzado por Dios, aquí abajo. Miro allí y aquí; y los veo. Por todos lados. Y los encuentro. No sé de donde salen. Con bata blanca o sin ella. Y veo más azul el Cielo. Y más claro el horizonte. Para seguir caminando.