En el mundo hay más de 1.422 millones de católicos, según datos del ‘Annuarium Statisticum Ecclesia’, correspondientes al bienio 2023-2024, publicado en marzo de 2026 por la Oficina Central de Estadística de la Secretaría de Estado de la Santa Sede. De este total, el 40% (568,8 millones) está en América Latina, así figura en el último informe de ‘Pew Research Center,’ presentado en enero de este año y basado en una encuesta realizada en 2024.



Allí advierten sobre un cambio religioso y su impacto en las sociedades alrededor del mundo. Al respecto Cristián Parker, sociólogo chileno, explica a ‘Vida Nueva’ que este fenómeno se debe a una desinstitucionalización, que en el caso latinoamericano “no significa alejamiento de lo simbólico-religioso-espiritual, sino que involucra una resignificación de creencias y prácticas” de forma tal que estas ya no tienen como referente exclusivo a la Iglesia.

Sin embargo, estas tendencias con un menor interés por lo religioso “no permiten concluir que se está caminando hacia la desaparición de la fe o a la secularización absoluta, sino, más bien, que se estaría experimentando un proceso de cambio en la vivencia religiosa, que requiere ser profundizado”, señala a esta revista Jorge Blake, profesor de la Universidad de los Andes (Chile) e investigador adscrito al Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM). El experto observa que para la Iglesia católica es vital recurrir al concepto del primer anuncio recordando que “su razón de ser no reside en la estructura, sino en la comunidad que ha cultivado saberes y prácticas a lo largo del tiempo”.

Dos papas latinoamericanos

Echando un vistazo a esa misma estructura eclesial en América Latina, a partir de la información del Visor de datos del CELAM, hay 830 diócesis, 21 cardenales electores, 1.434 obispos activos, 76.608 sacerdotes, 12.400 diáconos permanentes, 24.296 seminaristas, 150.000 consagrados, religiosos y misioneros y 5.135.915 nuevos bautizados y, por supuesto, no menos relevante, dos papas: Jorge Mario Bergoglio (Francisco) y su sucesor, Robert Francis Prevost (León XIV), quienes son la más viva expresión de una Iglesia universal con rostro latinoamericano.

No en balde, en su primer viaje a México, Juan Pablo II, cuando inauguró en 1979 la tercera Conferencia de Puebla, acuñó aquella frase profética: “América Latina es el continente de la esperanza”. Y, en efecto, el ‘Informe de Latinobarómetro’ (2024) ratifica esto al indicar que el 36,4% de latinoamericanos de 17 países tienen “mucha confianza” en la Iglesia católica frente al 11% que, por ejemplo, ostentan los ‘gobiernos de turno’ en esa misma encuesta.

Al respecto, Lizardo Estrada Herrera, arzobispo coadjutor del Cusco y secretario general del CELAM, señala que “seguimos siendo evangelizados por los pobres y los sencillos”. El prelado peruano, de raíces quechua, advierte que en algunos ambientes “aún se piensa que hablar de estos temas es politizar. Para nosotros, la política es la forma más alta de hacer caridad, porque busca el bien común”.

“Iglesia-espejo”

América Latina antes del Concilio Vaticano II era una “Iglesia-espejo”. Así explica Agenor Brighenti, coordinador del Equipo de Reflexión Teológico-Pastoral del CELAM. Si bien los obispos conciliares “no habían sido propiamente padres del Concilio por aportar muy poco a la gran renovación de la Iglesia, salieron del mismo como sus mejores hijos”.

Ello queda en evidencia en la segunda Conferencia General de Medellín (1968), que desencadenó un proceso de “recepción creativa” del Vaticano II, dando a la Iglesia un rostro propio: las Comunidades Eclesiales de Base y la teología de la liberación. Sin embargo, opina que después vinieron tres décadas de “estancamiento” respecto a la renovación propuesta: tanto Puebla (1979) como Santo Domingo (1992) frenaron estos avances, pero en 2007 Aparecida llegó al rescate.

Porque retomó la tradición liberadora de América Latina, generando procesos que desencadenaron el pontificado de Francisco (2013-2025), el Sínodo de la Amazonía (2019), la Conferencia Eclesial de la Amazonía (2020), la Primera Asamblea Eclesial de la Iglesia en América Latina (2021), el Sínodo de la Sinodalidad (2021-2024) y la Asamblea Eclesial Mundial (2028).

Varios obispos, durante una misa en la basílica de Nuestra Señora de Aparecida, en Brasil. Foto: Archivo Vida Nueva

El continente también refleja la geopolítica internacional actual. Y la Iglesia no escapa de ello. Los episcopados, conferencias de religiosos y redes de pastoral social han venido aunando esfuerzos en estos ámbitos: realidad sociopolítica, economía, defensa de líderes sociales, ecología integral, sinodalidad, movilidad humana, cultura del cuidado, jóvenes y mujeres.

Estrada da fe de ello: “Hay un crecimiento en la conciencia sobre el cuidado de la Casa común. La defensa de la vida, la justicia social, la migración, la paz y el desarrollo humano avanzan en conjunto”. De todos estos temas, defender la Casa común se ha convertido en un oficio de alto riesgo.

Según registros de las redes eclesiales de ecología integral, en los últimos 25 años más de 500 personas cristianas o ligadas a las iglesias han sido asesinadas por su labor en defensa de los ríos, fuentes de agua, territorios y comunidades en América Latina, lo que equivale al 80% de casos en el mundo.

El asesinato de Juan López, líder ambiental y celebrador de la Palabra, por defender el río Guapinol, en el norte de Honduras, sigue muy presente en el corazón de Jenry Ruiz, obispo de Trujillo, quien reconoce que López fue un hombre que logró unir dos cosas: la fe y la vida.

Hoy su causa sigue inspirando no solo a la Iglesia, sino a organizaciones internacionales de derechos humanos; aunque lamenta que “siempre la denuncia se hace en medio de un desierto” ante el “silencio cómplice”, puesto que “cuidamos mucho a la institución, pero olvidamos al que sufre; hay algunos laicos y sacerdotes que no tienen conciencia social, política y ecológica”.

Este obispo no tiene miedo, sabe que como Cristo esto va hasta las últimas consecuencias y considera que el crimen organizado se aprovecha del miedo de la gente, pero con el presbiterio “tomamos la decisión para unirnos en la causa y que así no sea personalizada solo con unos, sino con todos”.

La Casa común

Noel Ortiz, secretario ejecutivo de la Red Eclesial Ecológica Mesoamericana, recuerda que López se identificaba como un hombre de Dios, un hombre comprometido con el Evangelio, con su comunidad, con la Iglesia y con la defensa de los bienes comunes y públicos en el territorio. Por tanto, “su martirio, nos obliga a hacernos una pregunta muy seria: ¿qué está pasando en nuestros territorios que el defender el agua, la tierra, los bosques o los bienes comunes se puede convertir en una sentencia de muerte?”.

Frente a esta pregunta, Ruiz opina que por lo menos en Honduras defender la Casa común es casi “una misión imposible”, porque “el Gobierno no tiene ni la más mínima consideración para escuchar a los más vulnerables”, por lo que propone seguir incidiendo con los Estados para que “la cultura de la vida se convierta en política pública nacional e internacional”. Y, por supuesto, seguir aplicando la pastoral de la oreja escuchando a las víctimas, haciéndolos sentir que no están solos.

El equipo de Cáritas Venezuela evalúa los daños sobre el terreno en La Guaira. Foto: Cáritas

“Porque fui forastero, y me recogiste” es una cita bíblica que para la pastoral de movilidad humana se ha convertido en una cuestión de vida o muerte. La red eclesial de refugio y migración Clamor, constituida en 2017 bajo el paraguas del CELAM, se ha erigido como su máximo referente.

Elvy Monzant, secretario ejecutivo de Clamor, ve con preocupación las narrativas que convierten al migrante en un enemigo, impulsadas principalmente por las políticas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo que “ha obligado a muchos a permanecer encerrados en sus casas, a no enviar a sus hijos al colegio o ir a trabajar con el temor constante de no poder regresar”.

Pequeños brotes

Preocupa particularmente que este modelo antinmigrante se esté exportando a otros países de la región y, peor aún, observa Monzant, aunque la gran mayoría de los Estados declaran en foros internacionales estar en favor de políticas humanitarias orientadas a una migración regular, en realidad aplican medidas xenofóbicas. La cuestión es que “la dignidad de toda persona es inviolable. No depende de tener un pasaporte, una visa o del lugar de nacimiento; se fundamenta en que somos imagen y semejanza de Dios”.

María de los Dolores Palencia, religiosa mexicana de las Hijas de San José, quien atiende un albergue en el sureste de México, coincide con Monzant que estas medidas de “deportación cruel” ponen a la gente en alto riesgo. También valora el trabajo de varios episcopados de acompañar a los migrantes y denunciar la creciente xenofobia: “Me parece interesante que tratemos de recuperar estos gérmenes y de levantar estos pequeños brotes de una vida nueva, recogidos en Medellín, Puebla, Santo Domingo y, muy particularmente, Aparecida”.

Noticias relacionadas