La lucha por la vida en la Amazonía venezolana: “Donde hay una mina se genera un círculo de pobreza”

  • Norayma Ángel, coordinadora de la Oficina de Derechos Humanos del Vicariato de Puerto Ayacucho, revindica que “las mujeres somos un muro de contención”
  • Cuentan con el apoyo de la Iglesia, que “está de nuestro lado” y experimenta que “aquí el rostro de Dios está en su gente y en su tierra”

Líderes amazónicas de Venezuela
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La selva amazónica es el mayor bosque tropical del mundo. Situado en el continente americano, sus siete millones de kilómetros cuadrados se reparten entre nueve países. Uno de ellos es Venezuela. Y sus pueblos indígenas, como todos los demás en diferentes contextos nacionales, sufren el mismo fenómeno: la rapiña de grandes empresas extractivistas que devastan sus tierras y ríos y que vulneran a diario los derechos de sus pueblos ancestrales.



En una iniciativa promovida por Misiones Salesianas, Solidaridad con América Latina (Menesianos), la Fundación Corazonistas y la plataforma eclesial REDES, varias líderes indígenas venezolanas han venido estos días a España para ofrecer su testimonio sobre la realidad que sufren.

Cuatro experiencias

Las participantes son Lisa Lynn Henrito Percy, coordinadora de la guardia territorial del pueblo pemón; María Arana, integrante del pueblo uwottüja y representante de la Organización de Mujeres Indígenas de Autana; Crusita Yuvisay Carabia, comunicadora social y promotora de derechos humanos; y Norayma Ángel, desde 2005, coordinadora de la Oficina de Derechos Humanos del Vicariato de Puerto Ayacucho.

En conversación con Vida Nueva, esta última explica que, “si a nivel nacional, el gran dolor de cabeza para las comunidades indígenas del país (36 en total) es el arco minero del Orinoco, en mi zona, el Estado de Amazonas (donde hay 21 pueblos originarios), el extractivismo lo sufrimos por parte de quienes introducen grandes máquinas para llevarse el oro o el coltán”.

Una actividad “irregular, ilegal y clandestina” que se lleva a cabo “con la participación de organizaciones armadas de países vecinos, como Colombia y Brasil, y por grupos que se valen de la corrupción de los gobiernos locales y sus funcionarios”.

Operan en la clandestinidad

El que se opere fuera de la ley “nos afecta muchísimo a quienes vivimos en esas tierras desde siempre, pues estamos limitados a la hora de defender nuestros derechos por la vía ordinaria”. Algo que deplora, pues “nosotros apostamos siempre por la paz y el diálogo, estando convencidos de que la violencia jamás es el camino, pues solo engendra más violencia”.

Líderes amazónicas de Venezuela

Líderes amazónicas de Venezuela. Foto: Misiones Salesianas

En ese sentido, Norayma Ángel, que también es asesora de la Red Indígena de Defensores de Derechos Indígenas y de la Naturaleza, incide en que “gran parte de lo que nos ocurre viene por un incumplimiento constitucional. Y es que fue en 1999 cuando el Estado prometió a los pueblos indígenas que nos reconocería la propiedad de las tierras que habitamos desde siempre”.

Varias décadas después, “no solo no se llevó a cabo ese reconocimiento legal, sino que ni siquiera se ha vuelto a hablar de él por parte de la Administración”.

Falta de responsabilidad social

Las consecuencias de la minería y “la falta de responsabilidad social” que conlleva una práctica al fin y al cabo oculta las sufren todos, pero “especialmente los grupos más vulnerables: los jóvenes y las mujeres”.

Los primeros padecen “las pocas oportunidades laborales” que hay en toda la región, mientras que ellas, en cuanto que “protectoras naturales de la comunidad, empezando por las propias familias”, tratan de acompañar a los suyos “en un contexto marcado por la escasez de alternativas sanitarias y educativas, siendo el nuestro un entorno muy empobrecido”.

Así, su día a día está marcado por realidades muy duras, como “la malaria, la explotación sexual, la trata… Donde hay una mina se genera un círculo de pobreza. Algo en teoría contradictorio, pero real”.

Muchos se deprimen y caen en el alcohol

Así, “si bien los pocos trabajos que hay los concentra en buena parte el extractivismo, eso es algo que a la larga nos daña. Los hombres tienen que irse fuera del hogar para contribuir a una actividad que erosiona su medio ambiente y daña la salud de su gente. Eso tiene una consecuencia directa: muchos se deprimen por ello y caen en el alcohol”.

Mientras, “las mujeres, por la cultura del cuidado que nos es natural, tenemos que tratar de sacar adelante los hogares sin apenas medios”.

Hasta el punto de que, en esa rueda caprichosa, “los salarios están por los suelos y hasta a los maestros, que antes ganaban lo suficiente para vivir, ahora no les llega… Por eso cada vez son más los abocados a trabajar en la mina”.

Han de endeudarse con quienes les explotan

Y muchas veces, si necesitan que un familiar pueda operarse en un centro médico, “han de endeudarse ante los mismos comerciantes llegados de fuera que les explotan. Ellos son los que se llevan la riqueza, viviendo en la capital o en el extranjero. Y aquí, para la comunidad local, no queda nada”.

El círculo de pobreza cada vez es mayor, como una mancha de aceite que se extiende inmisericorde, y su rastro es nefasto: “Personas degradadas moralmente, familias desgastadas, una sociedad y una cultura que van perdiendo si identidad y una naturaleza contaminada y en peligro real de sucumbir”.

Norayma Ángel, líder amazónica de Venezuela

Norayma Ángel. Foto: Misiones Salesianas

Por todo ello, Ángel reivindica que “las mujeres somos un muro de contención. Muchas veces estamos muy cansadas, pero sostenemos a las familias con nuestra resiliencia y tratamos de mantener a todos cohesionados. Según la cultura local, en unos ámbitos esto se da de un modo más privado y en otros somos referentes públicos, pero servimos siempre a todos”.

Lo vive “como una opción de vida”

En su caso, lo vive “como una opción de vida. De hecho, aunque sea difícil de entender, pese a las muchas fuerzas que tenemos en contra, muchas somos felices con esta responsabilidad. Creemos firmemente en el ‘buen vivir’ que nos caracteriza como pueblo, siempre en armonía con todo lo creado”.

Así, “es un orgullo defender que lo natural es eso y no lo que representa la mina. Y siempre en paz, desde el diálogo social y facilitando un cambio cultural de las prácticas contaminantes o empobrecedoras en todos los sentidos. Esa coherencia me hace feliz”.

A nivel eclesial, su implicación también es enorme, siendo presidenta de la Pastoral Social, vicepresidenta de Cáritas Amazonas y miembro del Consejo del Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Ayacucho. Desde esa perspectiva, Ángel reivindica que la Iglesia, tan presente allí y aquí, encarnada en todo tipo de presencias y acompañamientos, es en verdad una aliada esencial a la hora de establecer redes que protejan los derechos de los pueblos y los territorios.

Como reconoce, “hace 30 años no era así, pero todo cambió con los jesuitas y los salesianos que llegaron entonces. Yo he crecido con la espiritualidad de los segundos y es un orgullo poder decir que la Iglesia está de nuestro lado. Ya no se impone un tipo de evangelización con una única mirada, sino que se reconoce la diversidad de los pueblos en los que se encarna y se vive de corazón esa interculturalidad”.

Su gran referente, el obispo salesiano José Ángel Divasson

Han sido muchos los que han apuntalado este camino, pero ella reconoce como su gran referente al salesiano navarro José Ángel Divasson, quien durante casi dos décadas fue obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Ayacucho: “Él supo unir la cosmovisión indígena con la teología, mostrándonos que aquí el rostro de Dios está en su gente y en su tierra”.

Gracias a su testimonio, “yo misma vine aquí hace tres décadas para vivir una experiencia pastoral en un oratorio salesiano y ya me quedé, enamorada de esta región del Amazonas. Por eso puedo decir que la Iglesia genera un espacio de crecimiento espiritual, y lo hace sin imponer una única visión, sino sintiendo como un regalo la diversidad”.

Además, “los salesianos son los grandes referentes educativos de la zona y eso me llena de alegría, estando muy orgullosa de pertenecer a la familia salesiana”.

Todos podemos cambiar estructuras que generan sufrimiento

Al tener la oportunidad de ofrecer estos días su testimonio en España, Ángel buscará hacer ver a quienes la escuchen que todos podemos cambiar lo que ellos sufren, pues es un hecho que quienes actúan con impunidad en toda la Amazonía son grandes empresas extranjeras (algunas europeas y hasta españolas) que devastan la armonía natural y la vida de los pueblos.

Líderes amazónicas de Venezuela

Líderes amazónicas de Venezuela. Foto: Misiones Salesianas

En definitiva, “como nos decía Francisco en Laudato si’, todo está interconectado. Por ello, es tarea de todos, aquí y allí, desconectar la indiferencia y conectar la corresponsabilidad. Hay que exigir cambios estructurales a los gobernantes, pero, además, todos nosotros hemos de saber que podemos tener otro estilo de vida en armonía con lo que nos rodea”.

Si no, como cada vez comprobamos más, “la naturaleza ‘se lo cobra caro’ con terremotos o inundaciones… Las consecuencias son para todos si no ponemos el freno en la aceleración de la contaminación, pudiendo llegar a un punto de no retorno”.

Una doble moral vergonzosa

Además de que, como concluye, este consumo exagerado no beneficia a nadie, salvo a una élite corrupta: “¿A costa de qué queremos cada vez más y más cosas que no necesitamos? La mayoría de las personas no son las que obtienen el beneficio económico. Y la Administración es la que muchas veces promueve una doble moral vergonzosa”.

Frente al egoísmo de unos pocos, “hemos de volver al autocuidado, a la fraternidad, al equilibrio con la naturaleza… Nosotros sabemos bien que ese es el camino”.

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