Un momento del conversatorio celebrado el pasado 24 de septiembre. Foto: Vida Nueva
Con motivo del lanzamiento de ‘Vida Nueva América‘, la revista ha buscado tomar la temperatura del continente a través de varias voces que conocen de primera mano los desafíos de la Iglesia en la región.
El jueves 24 de septiembre, en la víspera de la publicación del primer número de esta nueva edición, se celebró un conversatorio digital bajo el lema ‘La Iglesia en América es Buena Noticia’. Moderado por el director de ‘Vida Nueva’, José Beltrán, participaron:
PREGUNTA.- El continente atraviesa, de sur a norte, una situación convulsa en los ámbitos político, social y económico. De todas las malas noticias que definen la realidad continental, ¿cuál les preocupa más: la espiral de violencia, la pobreza que no logra atajarse o la polarización política?
ÓSCAR ANDRÉS RODRÍGUEZ MARADIAGA (ÓARM).- Estoy convencido de que en América Latina falta, sobre todo, formación política. Vamos dando bandazos: en un período llega la izquierda y, en otro, la derecha, pero en todas partes falta lo que nos recuerda el papa León en ‘Magnifica humanitas’: la preocupación por el bien común.
Todo el mundo busca el beneficio individual; los partidos aspiran a alcanzar el poder, y quienes integran la llamada clase política han convertido con frecuencia la política en un negocio para enriquecerse. San Pablo dice claramente: “El que no trabaje, que no coma”. Por eso, uno de los retos más urgentes es lograr que la clase política entienda que el camino hacia la paz pasa por la justicia social.
P.- Desde el acompañamiento que el CELAM presta a las conferencias episcopales, ¿cuál es la preocupación que estos organismos le transmiten con mayor insistencia al secretario general y que más inquieta a los obispos?
LIZARDO ESTRADA (LE).- Vivimos en un mundo necesitado de buenas noticias. En un contexto de guerra permanente, crispación y polarización, la Iglesia está llamada a ser Buena Noticia, Evangelio. Eso no significa ignorar ni eludir las malas noticias, sino aportar la esperanza que nace del Evangelio y de Jesucristo resucitado. Como dice el papa León XIV, estamos llamados a dar un paso más y a comprometernos con “una paz desarmada y desarmante”.
Ese es hoy el gran desafío de América Latina y el Caribe: desarmar el mundo mediante el compromiso con la opción preferencial por los pobres y junto a ellos; con una pastoral cercana, amable y sensible; y también desde la teología y la comunicación. El Papa ha insistido en la necesidad de desarmar las palabras y la comunicación. Así podemos ser buena noticia en medio de tantas realidades dolorosas.
P.- María Inés, usted conoce estas realidades dolientes de primera mano. Acaba de regresar de Venezuela, donde ha comprobado las consecuencias de la catástrofe y las dificultades para acompañar a la población. ¿Cómo atiende la vida consagrada estas heridas, agravadas por los desastres naturales y la pobreza, en América Latina y el Caribe?
MARÍA INÉS CASTELLARO (MIC).- En Venezuela pude palpar esa realidad y comprobar la presencia de la vida religiosa, que devuelve dignidad a las personas, acompaña y ayuda a encontrar pequeñas luces en medio de la desesperanza. Durante este trienio, nos inspira el encuentro nocturno de Nicodemo con Jesús: también América Latina atraviesa sus noches y necesita abrirse a la transformación y descubrir una luz nueva.
La crisis que vivimos no es solo política o económica; es también antropológica y relacional, y alcanza el sentido mismo de la vida. Pienso en los jóvenes atrapados por la droga, el crimen o el tráfico de armas, y en quienes no encuentran un horizonte vital. Frente al individualismo, en Venezuela hemos visto un camino de solidaridad y trabajo intercongregacional para sostener a quienes sufren esta catástrofe y abrirles una esperanza.
P.- Desde la CIEC, la gran plataforma educativa del continente, llegan muchas noticias preocupantes: la falta de acceso a la educación de tantos niños y niñas –con Haití como auténtico talón de Aquiles– y problemas compartidos con España, como el deterioro de la salud mental de alumnos, familias y docentes. ¿Qué realidades le remueven más y qué se puede hacer?
ÓSCAR PÉREZ SAYAGO (ÓPS).- El primer gran desafío, retomando las palabras del cardenal, es ofrecer una educación de calidad: si queremos sacar a América Latina de la pobreza, no podemos dar una educación pobre a los pobres. Las pruebas PISA revelan retrocesos históricos y un fuerte aumento de las brechas educativas tras la pandemia, pese a la ampliación de la cobertura en Secundaria.
La escuela sigue estando bien valorada y debe desempeñar un papel decisivo ante los problemas de salud mental, que no afectan solo a los alumnos: alrededor del 70% de los docentes también vive con incertidumbre, estrés, depresión o tristeza. Asimismo, necesitamos encontrar un equilibrio ante la inteligencia artificial, en lugar de limitarnos a prohibirla.
La escuela católica continúa siendo la mayor red educativa del continente. Según el último informe presentado por el Vaticano, América cuenta con 42.555 centros católicos: una plataforma extraordinaria para acompañar a niños y jóvenes, prepararlos para el futuro y formar buenos cristianos y ciudadanos honrados.
Aún no hemos profundizado suficientemente en el Pacto Educativo Global, aunque América Latina sea el continente que más ha trabajado en él. Con frecuencia, prestamos más atención a la universidad y relegamos la escuela, pese a su importancia para salir adelante. El papa León XIV nos ha pedido pasar de la rivalidad, en la que cada institución brilla por separado, al trabajo en equipo.
Doce millones de niños forman parte de nuestras escuelas católicas. En Venezuela, se sostiene una red de más de 1.500 escuelas populares; en Haití, la Iglesia suple en gran medida la función educativa del Estado; y existen convenios relevantes en Bolivia, Perú y Ecuador. Las preocupaciones son grandes, pero también lo es la esperanza que ofrece esta red.
P.- León XIV ha retomado y ratificado el Pacto Educativo Global, al igual que la sinodalidad. En medio de la crisis transversal del continente, ¿cómo debe situarse la escuela católica? Algunos creen que debe ser una fábrica de católicos; otros, que ha de seguir siendo motor de transformación del continente desde el Evangelio. ¿Cuál es la vía a seguir?
ÓPS.- El papa Francisco lo dijo en el primer Congreso Mundial de Educación, en 2015, que la tarea de la escuela católica es formar excelentes seres humanos, no fabricar católicos. Un estudio reciente muestra que muchos alumnos de nuestros colegios no quieren volver a misa al terminar sus estudios.
Esto nos obliga a revisar la pastoral educativa y pasar de una acumulación de actividades religiosas a una propuesta que toque la vida de los estudiantes y favorezca su formación integral. Debemos acompañarlos, además, con una educación de calidad que les ofrezca una herramienta fundamental para salir de la pobreza.
También preocupa la disminución del número de escuelas católicas en el continente: se han cerrado alrededor del 20%, especialmente en países como Colombia, México y Brasil. La educación no es un elemento accesorio, sino parte de la misión evangelizadora de la Iglesia.
Por eso, debemos impulsar el Pacto Educativo Global, reafirmar sus siete principios y profundizar en tres grandes líneas:
En la infancia se siembran las bases de la ciudadanía, la vocación política y la vida cristiana. No podemos concentrar la atención en la universidad y olvidar la extensa red de centros escolares católicos del continente.
P.- La CLAR conoce bien esa labor educativa, a la que se suman las múltiples presencias de la vida consagrada en América Latina: educación formal y no formal, residencias de mayores, comedores, sanatorios, atención a las personas con discapacidad… ¿Cómo pueden ser hoy los religiosos Buena Noticia en el continente?
MIC.- La vida consagrada sigue siendo una presencia profética que abre nuevos horizontes y anuncia la posibilidad de nacer de nuevo. Está llamada a ser fermento del Reino, a salir al encuentro de las necesidades con audacia y sin miedo, como las mujeres del alba, y a alzar la voz cuando no se viven los valores evangélicos.
Pero esa salida no puede emprenderse desde cada congregación o carisma por separado, sino junto a los laicos, otras congregaciones, sacerdotes y obispos. Se trata de sembrar esperanza, tender puentes de paz y reconocer que, aunque seamos menos, podemos caminar con otros. No somos omnipotentes. Necesitamos una vida consagrada sinodal, capaz de compartir sus carismas y espiritualidades con los laicos y de responder con creatividad y pasión por Jesús, por el Reino y por la humanidad que sufre, especialmente por los pobres.
P.- Compartir vida y misión, cada cual desde su vocación, implica ensanchar la tienda, como planteó el Sínodo sobre la Sinodalidad. Para evangelizar América Latina, ¿es indispensable el ADN sinodal?
LE.- En América Latina y el Caribe contamos con una larga experiencia de caminar juntos: 22 conferencias episcopales en más de 40 países, incluidas las islas, y 70 años de diálogo y encuentro. En ese recorrido hemos aprendido a escucharnos, discernir y decidir juntos como Iglesia participativa. La primera Asamblea Eclesial nos ayudó a practicar la conversación en el Espíritu y a escuchar tanto a los demás como al Señor.
La sinodalidad es un don para la Iglesia y para un mundo en el que cada cual parece ir por su lado. Nos devuelve al Evangelio y a la misión de Cristo e impulsa una renovación personal, comunitaria, estructural y pastoral. Nos educa para ser sensibles, cercanos y amables; para escuchar antes de hablar; y para asumir corresponsablemente desafíos como el cuidado de la Casa común, la pobreza, la familia y los jóvenes.
Tras la etapa de escucha y la Asamblea, ha llegado el momento de hacer nuestro este camino y llevarlo a la práctica. La pregunta es qué Iglesia quiere Jesús para este tiempo y esta realidad. El proceso sinodal nos ayuda a responderla.
P.- Aquí el secretario general del CELAM plantea una cuestión clave: ¿qué Iglesia quiere Jesús? Cardenal Maradiaga, demos un paso más: ¿qué lastres debemos dejar atrás para conformar esa Iglesia de Cristo?
ÓARM.- El papa Francisco nos lanzó un gran desafío: ser una Iglesia en salida, no encerrada en sus problemas ni en sus quejas. El Espíritu Santo no está de vacaciones ni duerme la siesta; impulsa a la Iglesia, como hemos visto en la elección de León XIV, un Papa norteamericano y latinoamericano, y, por ello, también universal. La respuesta es caminar juntos.
Los análisis que afirman sin matices que América Latina se está volviendo evangélica resultan superficiales, porque muchos mensajes que se presentan como tales se basan en el miedo. El Señor, en cambio, nos quiere felices y esperanzados. La respuesta se llama sinodalidad: obispos, sacerdotes, religiosas, laicas y laicos caminando juntos, sin miedo y guiados por el Espíritu Santo.
No se trata de ser ingenuos ante un mundo de espaldas a Dios, marcado por las guerras, la muerte y el atropello del derecho internacional, sino de seguir construyendo. León XIV nos ha pedido no levantar nuevas torres de Babel, sino reconstruir murallas que no sean obstáculos, sino brazos abiertos a nuestros hermanos y hermanas.
P.- Hermana María Inés, usted ha insistido en que la Iglesia debe estar al servicio de los últimos. La opción preferencial por los pobres es identitaria de América Latina y el Caribe. ¿Corre el riesgo de convertirse en un eslogan?
MIC.- No es un eslogan. Para la vida consagrada, la opción por las personas empobrecidas forma parte de su núcleo. Escuchar el clamor de nuestros hermanos y hermanas nos exige constituir comunidades atentas y en salida, abandonar las zonas de confort e ir a su encuentro. Ese clamor incluye también el de la tierra y la Casa común.
Necesitamos comunidades solidarias y una Iglesia hospitalaria, capaz de ensanchar la tienda, abrir las puertas y ampliar la mesa para que siempre haya lugar para alguien más. Nuestras comunidades y la Iglesia latinoamericana son interculturales: deben valorar la riqueza de las diversas culturas y caminar juntas hacia quienes más lo necesitan.
En la CLAR contamos con 14 comisiones atentas a realidades como la ecología integral, la Amazonía, la trata de personas o la migración. No se trata de actuar desde el poder, sino de caminar con quienes sufren, escucharlos y comprender sus necesidades para abrir horizontes de esperanza y acompañar sus sueños.
P.- Óscar, ¿cómo pueden las aulas de la Iglesia ser laboratorio de igualdad y no promotor de diferencias entre ricos y pobres?
ÓPS.- Para construir una escuela sinodal debemos hacer realidad el Pacto Educativo Global. Francisco nos invitó a tejer una alianza y León XIV nos anima a pasar de la rivalidad a la constelación, es decir, a trabajar unidos. Pedro y Pablo pensaban de manera distinta, pero caminaron juntos. La escuela católica permite que millones de niños y jóvenes, incluidos los más pobres, accedan a una educación de calidad.
Lo vemos en Venezuela, donde los centros católicos mantuvieron la actividad pese a la crisis; en las más de 300 Escuelas Populares Don Bosco de Bolivia; y en el trabajo intercongregacional de La Salle y los maristas en la Amazonía, acompañado por la CLAR. Una educación de calidad ayuda a combatir la injusticia.
Como dice León XIV, la escuela católica no puede ser un refugio nostálgico: debe convertirse en laboratorio de discernimiento e innovación pedagógica. Hoy compite, además, con grandes grupos empresariales que compran centros educativos en el continente, mientras disminuye el alumnado de la escuela católica.
La llamada de Francisco en el Pacto Educativo Global fue clara: no podemos seguir educando como antes. También debemos reconocer el papel de los laicos, no como una solución de emergencia ante la falta de religiosos, sino por el valor propio de su vocación y su aportación. Esa colaboración ha permitido construir desde la CIEC una escuela verdaderamente compartida.
P.- Francisco y León XIV. El continente ‘regala’ dos papas latinos a la Iglesia universal. ¿Es solo providencia o reflejo del caminar profético de la Iglesia en América Latina a lo largo de estas décadas?
LE.- Para nosotros, es una bendición haber contado en estos últimos años con dos papas tan vinculados a América Latina. Al repasar la historia del CELAM aparecen muchos dones nacidos de este caminar juntos, entre ellos la opción preferencial por los pobres y con los pobres. Es un punto esencial para el CELAM.
Los pobres no son una metáfora ni un recurso discursivo: están en el centro del Evangelio y en ellos se hace presente Cristo, que no se identificó con el poder o la riqueza, sino con quienes sufren. De ahí nace la dimensión social de la evangelización, desarrollada por Francisco en el cuarto capítulo de ‘Evangelii gaudium’. Los pobres nos enriquecen y nos enseñan sobre la fe, la providencia, la solidaridad, la confianza en Dios y la capacidad de compartir lo poco que se tiene.
Una Iglesia latinoamericana que se aleja de ellos corre el riesgo de dejar de ser fiel a Cristo y volverse autorreferencial. Servirlos no consiste solo en hacer caridad, sino en reconocer en ellos la presencia viva del Señor y construir una Iglesia más fraterna, cercana, samaritana, sinodal y evangélica. Estamos llamados a rezar, pero también a salir a las periferias y servir a los Cristos sufrientes. No basta con la teoría: debemos caminar con los pobres, escucharlos y aprender de ellos a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia.
P.- León XIV visitará en breve Perú, Argentina y Uruguay. Sin pretender indicar qué debe decir, ¿qué mensaje desean que quedara grabado a fuego en este primer gran viaje al continente?
ÓPS.- Espero que renueve la invitación a seguir apostando por la educación. Tanto Francisco como León XIV han confiado en ella como motor de los grandes cambios sociales. No es la única herramienta, pero sin educación no podremos transformar América Latina.
MIC.- Espero que nos invite a seguir siendo una voz profética en el continente, a vivir la unidad y el diálogo, y a tender puentes y sembrar esperanza. Desde mi realidad argentina, deseo también una llamada firme a no encerrarnos en nosotros mismos, sino a crecer en solidaridad y caminar juntos desde la sinodalidad.
LE.- Hace poco, el Papa publicó una carta dirigida a los obispos de América Latina con motivo de los 300 años de la canonización de santo Toribio de Mogrovejo. En Perú, nos animará a conocer a nuestros santos y aprender de ellos. También ofrecerá una palabra de esperanza y alentará el camino sinodal, para que promovamos una sociedad más justa, fraterna y cercana, en la que el Reino de Dios crezca en todos los ambientes. Su visita será un motivo de gran alegría.
ÓARM.- El mensaje que nos regalará, para mí ya está expresado en ‘Magnifica humanitas’: debemos rescatar la humanidad en un mundo que se deshumaniza mediante el odio, la guerra, la muerte y el armamentismo. Tenemos que volver a ser lo que Dios quiere: seres humanos de calidad. La santidad es la meta de la Iglesia. Estoy seguro de que el papa León XIV cautivará los corazones, pero después llegará el momento decisivo: no basta con escuchar un magnífico discurso; hay que ponerlo en práctica.
Por su parte, Emilce Cuda, que se unió al final del evento, señaló que el magisterio del papa Francisco, al que ahora da continuidad el papa León XIV, ha encontrado una acogida singular en América Latina, un continente históricamente situado a la vanguardia como voz profética. Así lo muestran el CELAM, primera conferencia episcopal regional del planeta, y la CEAMA, primera conferencia eclesial con su foco en la Amazonía.
Conviene recordar también la renovación del pensamiento teológico del siglo XX. Aunque algunas de sus primeras formulaciones surgieron en Estados Unidos y Francia y se incorporaron plenamente al magisterio de la Iglesia con el Concilio Vaticano II, fue en América Latina donde arraigaron y se tradujeron en una auténtica praxis.
Esa praxis se manifestó en la misión y, en algunos casos, incluso en el martirio. La región ha prestado siempre una atención especial a la enseñanza social de los pontífices y continúa haciéndolo en un contexto marcado por el auge de un catolicismo meramente devocional.
Esta tendencia puede derivar en un ritualismo o en un culto a puertas cerradas, alejados de lo que caracteriza la vida cristiana católica. Frente a ello, las enseñanzas de León XIV han sido recibidas con gran entusiasmo en América Latina, como refleja la diversidad de iniciativas surgidas en torno a ellas.
Esta respuesta se aprecia tanto en las numerosas conferencias organizadas –incluso en universidades públicas no católicas– como en la rápida implicación de organizaciones sociales, sindicatos y organismos internacionales de ámbito regional. Todas estas instituciones han acogido la encíclica ‘Magnifica humanitas’ y han comenzado a promover espacios de reflexión y acuerdos de colaboración.
El propósito es aunar esfuerzos para revitalizar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y contribuir a garantizar una vida digna para toda la humanidad. Confío profundamente en América Latina, mi gente y mi continente, y también en el papa León XIV.
Su pontificado prolonga no solo el magisterio social de Francisco, sino también el impulso del Concilio Vaticano II, una ópera aún inconclusa que ha vuelto a ocupar un lugar central en las catequesis papales de 2026.