El mundo de Colin

Michel-Gondry

Michel Gondry se estrenó como director cuando era baterista de Oui Oui, una banda de rock francés de la década de 1980. Su video en stopmotion para la canción Junior Et Sa Voix D’Or resulta un interesante antecedente para quienes quieren aproximarse a los inicios de una estética que muy pronto dio de qué hablar. Algunos de sus elementos rigen la técnica del videoclip de Human Behavior, la primera de sus muchas colaboraciones para la islandesa Bjork. La irrupción de la naturaleza, la vivacidad de los colores, el uso de materiales poco convencionales en la escenificación y la presencia de un peculiar planteamiento respecto al trato con la realidad caracterizan desde entonces muchas de sus producciones.

En un primer momento, la carrera de Gondry también se desarrolló en la dirección de comerciales publicitarios para marcas como Levi’s, Adidas y Nike. Sin embargo, como en el caso de otros creadores cinematográficos de su generación, su realización artística se destacó debido a la creación de videos que dieron relieve en su momento al trabajo de muchos músicos; los Rolling Stones, The White Stripes, The Vines,  Radiohead, Beck y Massive Attack son sólo algunos de ellos.

En el famoso video para Everlong de Foo fighters, el creador introduce contenidos oníricos de carácter autobiográfico que más tarde desarrollará en sus películas. Y en Let forever be de los Chemical Brothers hace patente un elemento esencial de su poética como realizador: “Yo quiero mostrar cómo influyen los sueños en la realidad y viceversa”. Precisamente, este el tema de La ciencia de los sueños, una película de 2006 protagonizada por el mexicano Gael García, en la cual el plano onírico y el ámbito de lo cotidiano se confunden.

Dueño de sus técnicas, Michel Gondry es al tiempo heredero de las vanguardias artísticas del siglo XX. Esto ha quedado patente en Amor índigo, su más reciente film. Una adaptación de la novela de Boris Vian, L’Écume des jours (1947).

Primavera e invierno

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“Colin tiene suficiente dinero como para vivir sin trabajar”. El relato de su vida se va elaborando al ritmo del sonido de las máquinas de escribir. En una gran sala, decenas de personas digitan felices el discurso narrativo que da apertura al film. Son parte de una gran banda transportadora, esa “eminente” síntesis de la transformación socio-cultural.

Colin, en cambio, inventa cosas. Un acorde menor de su pianoctel sirve un sabor melancólico; uno mayor, un sabor alegre. El raro aparato está compuesto de un piano y de una minifábrica de cócteles. El de Colin es el mundo “ideal”, enfatizan las imágenes con ironía: dinero a cantidades, un chef de cabecera, banquetes estrafalarios… ¿Qué come Colin de desayuno? Algo “simple”: anguila con crema de limonada y enebro en hojas de tanaceto. Música para escuchar: lo mejor del jazz americano.

A Colin sólo le preocupa una cosa: “¡Es realmente asqueroso este sentimiento de soledad! ¡Exijo estar enamorado!”. En su mundo todo tiene una rápida solución y en minutos su corazón le pertenece a Chloé. Las piernas se les estiran cuando bailan jazz, las sonrisas y el corazón se les ensanchan; sus vidas se entrelazan y se quieren casar. ¿Solución para el deseo? Casarse.

Sin embargo, la ironía trastoca la historia, y el romanticismo decadente se inclina por el peso de la tragedia. En la luna de miel Chloé contrae una extraña enfermedad. Un nenúfar crece en su pulmón derecho, una flor acuática que depara el más triste destino a su matrimonio. El dinero se acaba por cuenta del valor de los tratamientos y el amor se corrompe a causa de la fragilidad.

Colin se desvive trabajando en empleos absurdos para salvar a su esposa. Progresivamente un mundo colorido, dominado por la felicidad y la satisfacción, da paso al más triste de los inviernos. La atmósfera onírica que expresa el desarrollo de un sueño amoroso cede al tedio de las peores pesadillas.

Amor índigo resulta compleja en muchos sentidos, principalmente porque no es un material de entretenimiento sino de crítica. El juego libre en las opciones visuales impresiona, y por instantes podría hacer perder de vista un planteamiento nuclear: el arte moderno devela la ruptura que trasgrede el alma de la sociedad industrial. Las grandes metáforas giran en torno a un centro vacío: nuestra caducidad. Por tal razón, La espuma de los días constituye un título más apropiado para esta película. El mundo ideal siempre esconde una vacuidad. Por eso con pompas de jabón se comparan las grandes ilusiones; con espuma de brindis.

Miguel Estupiñán

Actualizado
29/06/2014
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