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Tribuna

Tiempo de Navidad

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Francisco Vázquez, embajador de EspañaFRANCISCO VÁZQUEZ Y VÁZQUEZ | Embajador de España

“Tiempos de Navidad, tiempos de recuerdos de épocas ilusionantes y entrañables que los avatares de la vida sometieron a profundos cambios personales…”.

Tiempo de Navidad, tiempo de recuerdos que nos sirven para mejor comprender sin atisbos de falsos complejos cómo nuestra vida fue construyéndose desde el compromiso de la fe adquirido en los años de la juventud, y que mejor que cualquier otra razón, explica el comportamiento social y político de una parte importante de la sociedad española.

Cuando en octubre de 1962, hace 50 años, se iniciaban las sesiones del Concilio Vaticano II, comenzaba yo los estudios de preuniversitario, mi último curso en el Colegio de los Hermanos Maristas de La Coruña. Aquella promoción de alumnos recibió el nombre de “Vaticano II”, y una buena parte de sus integrantes accedimos a la universidad muy marcados por la profunda catarsis que el Concilio representó en nuestras vidas en el terreno de la fe y, también, de nuestras inquietudes sociales y políticas.

Las primeras preguntas y la búsqueda de las respuestas se iniciaron con las lecturas. Al principio, las obligadas, siempre recomendadas por el director espiritual, eran las obras del obispo húngaro Tihamér Tóth. Títulos como Joven ¡así debes ser! te mantenían en la constante zozobra de disciplinar tu cuerpo y hábitos de vida, renunciando a cualquier gozo o veleidad que no fuera el de la oración.

No es de extrañar que una religiosidad tan alejada de los problemas reales hiciera que, pronto, otros autores despertaran nuestra atención al poner en evidencia las injusticias y desigualdades imperantes en la sociedad de entonces.

Fueron tiempos de experiencias personales
y colectivas muy diversas, en las que
la Iglesia formó un papel muy importante para
aquellos jóvenes de los años 60,
una generación que más tarde protagonizaría
la transición política en nuestro país.

El escritor francés Maxence Van der Meersch fue un auténtico azote de las conciencias. Su famosa novela Cuerpos y Almas, y en mi caso, El coraje de vivir, permitió a muchos jóvenes católicos españoles descubrir que en otros países sus coetáneos, además de rezar y pertenecer a las congregaciones marianas, denunciaban y luchaban contra la marginación y la explotación.

La lectura de Los nuevos curas, de Michel de Saint Pierre, y el conocimiento de la experiencia francesa de los curas obreros transformaron las catequesis que los jóvenes de Acción Católica desarrollábamos en los arrabales de las ciudades, comenzando a impartir, además de la enseñanza del catecismo, clases de alfabetización de adultos.

Los ejercicios espirituales dieron paso a los cursillos de cristiandad, cuya espiritualidad aparecía tan bien reflejada en la canción mejicana De colores, que proclamaba la alegría de vivir en la fe.

Eran ya tiempos de lectura de autores como el jesuita Pierre Teilhard de Chardin o de adentrarse en las contradicciones de la existencia a través de un agnóstico como Albert Camus, que proclamaba la libertad como el bien supremo de la persona. Mi última actividad como alcalde fue precisamente dedicar a su memoria una calle en La Coruña.

A través del lenguaje cinematográfico, la catequesis se impartió en Cines Club. Recuerdo la proyección del primer filme, Las puertas de la lilas, de René Clair, obra maestra que constituía una auténtica poesía sobre la marginalidad.

Para algunos, la exigencia personal de una espiritualidad más comprometida nos llevó a integrarnos en un instituto secular como era el Acies Christi, conocido como “Los Avelinos”, recordando a su fundador, el sacerdote Don Avelino López, consiliario de Acción Católica. Nuestro horizonte se amplió al aprovechar nuestras vacaciones de verano para llegar a cabo tareas de asistencia y apostolado en el mundo de la emigración española en Europa.

El gran protagonista e impulsor de esta Iglesia en ebullición fue, en mi opinión, el ejemplo del Buen Papa Juan. El gran aldabonazo a las conciencias se produjo en 1961 con su encíclica Mater et Magistra, una actualización de la doctrina social de la Iglesia que en la España de entonces se podía considerar como una auténtica proclama revolucionaria. El Jueves Santo de 1963, Juan XXIII publicaba Pacem in Terris, un alegato a favor de la verdadera paz en el mundo en el común afán de poder vivir en una sociedad definida por la seguridad y la justicia.

El impacto de sus encíclicas y, sobre todo, de la bondad de su persona me llevó a solicitar una alteración en el rígido protocolo vaticano con ocasión de la ceremonia de presentación de mis cartas credenciales como Embajador de España cerca de la Santa Sede, a fin de que se me permitiese orar ante su tumba, petición que excepcionalmente fue atendida, pudiendo así agradecerle todo el bien que su pontificado hizo al mundo y a la Iglesia.

Tiempos de Navidad, tiempos de recuerdos de épocas ilusionantes y entrañables que los avatares de la vida sometieron a profundos cambios personales e, incluso, alejamientos y rupturas que nunca llegaron a definitivas, porque con el discurrir de los años, la vida se convierte en una vuelta constante a nuestros orígenes.

Fueron tiempos de experiencias personales y colectivas muy diversas, en las que la Iglesia formó un papel muy importante para aquellos jóvenes de los años 60, una generación que más tarde protagonizaría en gran medida la transición política en nuestro país.

En el nº 2.829 de Vida Nueva.

NÚMERO ESPECIAL NAVIDAD–FIN DE AÑO 2012