Tribuna

Deconstruir el nihilismo

Compartir

Francesc Torralba, filósofoFRANCESC TORRALBA | Filósofo

“No está escrito, en ningún lugar, que la nada sea el destino último de la historia…”.

El escritor francés Victor Hugo expresa bellamente la ideología nihilista en boca de uno de los personajes de Los miserables, el conde Nada.

Dice el curioso personaje*:

Soy nada. Me llamo el señor Conde Nada, senador. ¿Era antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de mi muerte? No. ¿Qué soy, pues? Un poco de polvo agregado y constituido en un organismo. ¿Qué tengo que hacer en la tierra? La elección es mía: padecer o gozar. ¿Adónde me conducirá el padecimiento? A la nada; pero habré padecido. ¿Adónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado. Mi elección está hecha. Es menester comer a ser comido: comamos. Más vale ser el diente que la hierba: tal es mi sabiduría.

El nihilismo es la constatación de que la nada es el origen y el final de la historia humana; nuestra más secreta naturaleza, el fundamento de todo cuanto hay. Desde esta percepción filosófica, el ser es vacío, no tiene entidad en sí mismo. Si el ser se deshace en la nada, todo cuanto es está condenado a ser nada.

TORRALBA

La nada es la ausencia total del ser, la disolución del yo y del tú, del mundo y del cielo, de Dios y de los hombres. Al afirmar que la nada es el fundamento de la realidad, se está afirmando que no existe nada sólido sobre lo que edificar nuestras vidas; ningún suelo firme, ajeno al devenir de las cosas. El ser se deshace, nada queda de él, emergen nuevas entidades al azar que proceden del mismo origen y tienen el mismo destino. El nihilismo radical no solo anuncia la disolución de Dios, también la del ser humano y la del mundo.

El conde Nada de Victor Hugo percibe, en su propio ser, la ideología nihilista. Si la nada es el destino de su existencia individual; si nada puede cambiar la orientación de su ser, el conde llega a la conclusión de que lo más sensato es gozar de este instante efímero de vida que le ha sido dado al azar, disfrutar intensamente de él, porque, tanto si sufre como si goza, la nada será su punto de llegada. Justifica, de este modo, el carpe diem horaciano, pero teñido de una concepción trágica y fatal de la existencia.

Esto le permite legitimar el hedonismo, la búsqueda del placer personal, en un desesperado intento de gozar plenamente de este instante efímero, de dar sentido a su existencia, cercada por la nada original y por la nada final.

Sin embargo, esta solución es un engaño, porque aunque el conde Nada se esfuerce en olvidar su destino fatal y centrar su pensamiento en la sensualidad y en el goce (“¡Comamos y bebamos que mañana moriremos!”), en determinados momentos, no puede evitar pensar, no puede dejar de imaginar lo que será de él y de sus seres amados, de tal modo que el goce del presente se tiñe de amargura cuando irrumpe el pensamiento de la nada y la tristeza inherente a este pensamiento.

El nihilista percibe la historia como un camino hacia la oscuridad. Frente a esta patología del espíritu que se extiende por Occidente desde hace ya algunos lustros, resulta necesario subrayar el valor de cada ser, por frágil y efímero que sea. Aun en el caso de que la nada sea el último destino, afirmación que forma parte de lo hipotético, pero no de lo demostrado, la historia de cada ser particular, la historia de sus luchas y de sus compromisos tiene sentido en la medida en que crea unas condiciones de vida mejores para sí mismo y para los otros.

El compromiso no es baladí; tampoco lo es la lucha por mejorar el orden del mundo. No está escrito, en ningún lugar, que la nada sea el destino último de la historia. Es una creencia, tan discutible como otras, pero que, a diferencia de otras, se convierte en una gruesa barrera mental, que obstaculiza cualquier compromiso y acción a favor de los otros< y sume en una sombría desesperanza. (*) 1. V. HUGO, Los miserables, Ed. Sopena, Barcelona, 1909, p. 19.

En el nº 2.893 de Vida Nueva