Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.319
Nº 3.319

“Laicos y pastores juntos en la Iglesia, juntos en el mundo”

Tradicionalmente, se ha vinculado la festividad de Pentecostés con la celebración del apostolado seglar, comparando esa capacidad de comunicar el Evangelio en todas las lenguas humanas que experimentaron los apóstoles por las calles de Jerusalén tal y como se narra en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 1-11) con la misión evangelizadora del laicado. La Conferencia Episcopal Española (CEE) concluía con estas palabras el documento ‘Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo’, publicado en noviembre de 1991: “En un mundo secular los laicos –hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos–, son los nuevos samaritanos, protagonistas de la nueva evangelización, con el Espíritu Santo que se les ha dado. (…) La nueva evangelización se hará, sobre todo, por los laicos, o no se hará” (CLIM, 148). Todos recordaremos, sin duda, la profusión del famoso lema “Es la hora de los laicos”, que ha dado título a numerosos encuentros y jornadas en las últimas décadas.



¿Qué ha pasado con esa “hora”? Refiriéndose a este lema y no sin cierta ironía, el papa Francisco se dirigía con estas palabras al cardenal Marc Ouellet, presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, en marzo de 2016: “Mirar continuamente al Pueblo de Dios nos salva de ciertos nominalismos declaracionistas (eslóganes) que son bellas frases pero no logran sostener la vida de nuestras comunidades. Por ejemplo, recuerdo ahora la famosa expresión ‘es la hora de los laicos’, pero pareciera que el reloj se ha parado”.

Declive del catolicismo

En su lúcido ensayo ‘La Iglesia arde’, Andrea Riccardi analiza sin titubeos ni nostalgia la actual crisis de la Iglesia en Europa: “Desde un punto de vista histórico, la línea de la evangelización tiene ya casi setenta años de vida (si empezamos a contar desde la misión ‘para un mundo mejor’ de 1952). Pero si queremos tomar como referencia la ‘Evangelii nuntiandi’, llevamos ya más de 45 años. Este medio siglo que ha transcurrido coincide con la época del declive del catolicismo europeo. Es un hecho demasiado silenciado, tal vez deprimente, pero que no admite discusión”. ¿Qué ha pasado, entonces?

Al inicio de su evangelio, Lucas narra un episodio que a mi juicio refleja de alguna manera la situación actual de la Iglesia (Lc 5, 4-11). A orillas del mar de Galilea, y después de toda una noche de trabajo sin haber pescado nada, Jesús se dirige a Simón Pedro con estas palabras: “Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca”. La respuesta de Simón comienza con una objeción: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada”. Parece una objeción razonable de parte de un pescador que conoce bien su oficio.

Pesimismo y resignación

Hoy, muchas personas en la Iglesia se sienten así, desilusionadas, con la sensación de que la misión no da frutos, de que las diferentes iniciativas pastorales no dan resultados… Parece que la experiencia da la razón a un pesimismo y una resignación que se han apoderado de muchos corazones. Cada uno podría identificar ese “toda la noche” de Pedro con un período de tiempo que puede ser quizá muy largo, en el que se ha estado “bregando” sin obtener frutos.

Y nos podemos quedar ahí. De hecho, creo que muchos se han quedado ahí. Es la sensación de una Iglesia envejecida y cansada, a la que se podrían aplicar las palabras del papa Francisco en una de sus catequesis sobre la vejez: “Preguntas como estas surgen en nosotros: ¿acaso nuestros esfuerzos han cambiado el mundo? ¿Acaso alguien es capaz de hacer valer la diferencia entre lo justo y lo injusto? Parece que todo esto es inútil: ¿por qué hacer tantos esfuerzos?”.

Sin embargo, Pedro termina su frase con estas palabras: “Pero, por tu palabra, echaré las redes”, y sabemos por el evangelio que pescaron tal cantidad de peces que incluso las redes amenazaban con romperse. El episodio concluye con la vocación de Pedro: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. ¿Cómo salir de esa sensación de desgaste, de desilusión, que se respira en muchos ambientes de Iglesia? Se sale escuchando la palabra de Jesús: “Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca”.

El mundo nos espera

A pesar de las muchas o pocas noches sin haber pescado nada… escucharle, creer en sus palabras y ponerlas en práctica. La palabra de Dios supera nuestro conocimiento y nuestra experiencia. ¿No evoca ese “rema mar adentro” a la Iglesia “en salida” que el papa Francisco está pidiendo desde el inicio de su pontificado? Creo que hay mucha resistencia a poner en práctica esas palabras, quizá también miedo, y el miedo empuja a replegarse en un pequeño mundo, a no osar, a encerrarnos en estructuras e instituciones que llenan nuestro tiempo y nos dan seguridad. Pero fuera hay todo un mundo que nos espera.

Es la experiencia de Pablo al comienzo de su predicación en Corinto, que describe el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 18, 1-11). Corinto era una gran ciudad, encrucijada de rutas comerciales donde confluían personas de muy variada procedencia, una sociedad multicultural diríamos hoy. En ella Pablo encontró acogida en casa de Áquila y Priscila, pero también una fuerte oposición. ¿Cómo anunciar allí el Evangelio? Una noche tuvo una revelación en la que Dios le hablaba así: “No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad”.

Compañeros de camino

No hay que temer, y no hay que callar, porque el Señor tiene un “pueblo numeroso” en nuestras ciudades, un pueblo con el que hay que dialogar para descubrir la presencia de Dios en medio de la ciudad. Es esa presencia de la que habla Francisco en la ‘Evangelii gaudium’ refiriéndose a la cultura urbana: “La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia.

Esa presencia no debe ser fabricada, sino descubierta, desvelada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa” (EG 71). Hay un “pueblo numeroso” en nuestras ciudades, aunque nos parezca que está escondido o que no está, todo un universo humano con el que hay que iniciar o renovar un diálogo, porque Dios está también allí por descubrir. Es lo que parece indicar Francisco en su mensaje para el congreso de febrero: “Y es de este modo que se nos forma para la misión: saliendo al encuentro de los demás… Pero hoy el drama de la Iglesia es que Jesús sigue llamando a la puerta, pero desde el interior, ¡para que lo dejemos salir!”.

Pentecostés nos empuja una y otra vez a salir al encuentro de la gente de nuestras ciudades para hacernos compañeros de camino, para proponer el Evangelio con un lenguaje comprensible, que llegue al corazón. Y nos empuja a hacerlo juntos, porque el Espíritu descendió sobre la comunidad unida, porque Pentecostés es para toda la Iglesia, no solo para los laicos. Todos necesitamos el Espíritu que nos recordará todas las palabras de Jesús (Jn 14, 26) desde aquel primer “sígueme” a orillas del lago, para que podamos vivirlas y comunicarlas con creatividad y libertad. (…)

Pliego completo solo para suscriptores


Índice del Pliego

1. De “Es la hora de los laicos” a “Es la hora de toda la comunidad”

2. Espíritu de comunión: un nuevo entusiasmo para una nueva primavera

3. Juntos: una Iglesia más familiar, menos institucional

4. Ojalá todos fueran profetas

Lea más: