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Editorial

Joe Biden, presidente de todos

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El católico Joe Biden es el ganador de las elecciones de Estados Unidos. El ajustado resultado de los comicios, unido a la participación más alta en la historia del país, habla de cómo las urnas se han contagiado de una polarización que se ha ido fraguando en la sociedad a lo largo de los cuatro años de mandato de Donald Trump. Prueba de este enfrentamiento, es la propia actitud del líder republicano, que no ha querido reconocer la derrota, con denuncias de fraude infundadas que no hacen sino provocar más daño aún a una democracia que ya se había agrietado durante la pasada legislatura con su despotismo, su populismo y una agresividad no solo verbal, sino también política, en materia económica, social, internacional…



En este contexto de división llega a la Casa Blanca el candidato demócrata. Cuando apenas lleva unas semanas de rodaje ‘Fratelli Tutti’, la llamada de la encíclica a promover la fraternidad y la paz social se convierte en un horizonte más que urgente para un hombre que se ha presentado como “el presidente de todos” y que, sin duda, sabe que la reconciliación resulta apremiante si quiere acabar con un clima de violencia a flor de piel, que se ha vivido en los últimos meses ante los más que preocupantes brotes racistas que han sacado a la luz el lado más oscuro de la desigualdad en la superpotencia mundial.

A partir de enero, Biden será el segundo presidente católico de Estados Unidos después de John F. Kennedy, en una nación en la que el hecho religioso, lejos de ser contemplado como un asunto privado, se vive en lo cotidiano como un don para la comunidad. Sin embargo, esta ‘exhibición’ corre el peligro de exigirle a Biden que gobierne solo para los católicos. O que, precisamente, se utilice una vara de medir partidista que ideologiza la fe y que lleva a absolutizarla desde postulados republicanos o demócratas.

Reconstruir la patria

Y es que los católicos no son ajenos a la fractura social norteamericana y, por tanto, se corre el riesgo de que sacerdotes, religiosos y laicos juzguen, e incluso, canonicen o excomulgen al nuevo presidente con lecturas parciales del Catecismo. Los propios obispos estadounidenses consideraban “un grave error” acercarse a votar utilizando “únicamente partes seleccionadas de la doctrina de la Iglesia para promover intereses políticos partidistas o validar sesgos ideológicos”.

Este criterio es aplicable ahora para valorar los pasos que dé Joe Biden, que tendrá a la Iglesia como aliada, pero también como acicate, en defensa del bien común, o lo que es lo mismo, en la defensa de la vida y de todas las vidas, como vía para reconstruir una patria herida y recuperar una confianza perdida entre la ciudadanía. En definitiva, ser ese “presidente de todos”.

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