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Editorial

Al servicio de la belleza y del Evangelio

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Publicado en el nº 2.621 de Vida Nueva (Del 12 al 18 de julio de 2008).

Durante el verano son muchos los creyentes y no creyentes que visitan, como parte del ocio y tiempo libre, el rico patrimonio artístico de la Iglesia, y no sólo en España, sino también en otros rincones del planeta. Hoy por hoy, el patrimonio artístico en España, parte importante de todo el patrimonio nacional, se viene ofreciendo a turistas sin despojarlo de su genuino sentido religioso. La Iglesia tiene ahí todo su enorme potencial evangelizador por aprovechar. Las muchas visitas que reciben edificios catedralicios, templos, museos, etc. tienen que ser aprovechadas para una evangelización que, como decía san Pablo, hay que hacer “oportuna e inoportunamente”. Siempre hay que buscar el momento de anunciar el Evangelio. El arte cristiano, tan demandado por la sociedad hoy, nos ofrece esa oportunidad. No debemos desaprovecharla.

El avance de una sociedad con cada vez menos presencia de símbolos religiosos tiene su contrapunto en el rico acervo religioso que tiene el patrimonio de la propia Iglesia. La historia sagrada, así como los misterios principales del cristianismo, quedan plasmados en los moldes del arte que la Iglesia ha potenciado, conservado y que ahora expone como oferta y servicio. La recuperación de la dimensión catequética y didáctica del arte, así como su valor dentro del proceso de formación de muchas personas que, al no saber leer, conocían visualmente los misterios, ha sido una de los más importantes servicios del arte a los cristianos.

La Iglesia es administradora y depositaria de ese patrimonio. Es el pueblo “creyente” el propietario. El patrimonio se ha forjado desde las actitudes creyentes con la finalidad específica de dar gloria a Dios y servir a los hombres. Si no cumple estos requisitos, el arte, la pintura, la escultura, la arquitectura misma, no dejan de ser una simple colección museística. La Iglesia, como bien expresa el autor del Pliego que acercarmos a los lectores en estos días veraniegos, propicios a un mayor conocimiento del rico patrimonio religioso, tiene que seguir haciendo una oferta turística digna, coherente y accesible, dentro del marco de su identidad, en la que se armoniza belleza y verdad. Todo lo que sea salirse de él no contribuye a la dimensión evangelizadora del patrimonio.

El cuidado del patrimonio, que en España está reglado por los Acuerdos Iglesia-Estado, debe ser también tema de diálogo entre administraciones, que velarán no sólo por su mantenimiento, en colaboración con la Iglesia católica, sino también por su difusión, según los criterios que la propia Iglesia, propietaria última, disponga, para que no primen otros intereses que los religiosos o aquellos que no vayan en menoscabo de ellos.

Y por encima de todo, habrá que tener en cuenta que el patrimonio nunca sirva para el escándalo de los más pobres, auténtico patrimonio de la Iglesia. Todo lo que no sirva para la edificación positiva y sea piedra de escándalo general y continuada, deja de ser un servicio evangélico. En este sentido, la Iglesia tendrá en cuenta que la exhibición de su rico patrimonio no sea gravosa ni escandalosa, mirando siempre el ejemplo y la edificación de los hombres y mujeres de buena voluntad.