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Editorial

Año Sacerdotal: purificación y esperanza

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Publicado en el nº 2.711 de Vida Nueva (del 12 al 18 de junio de 2010).

El Año Sacerdotal, que estos días clausura Benedicto XVI rodeado de miles de sacerdotes llegados a Roma desde todos los rincones del mundo, pasará a la historia como una de las iniciativas más relevantes del pontificado del papa Ratzinger. Convocado con ocasión del sesquicentenario de la muerte de San Juan María Vianney, a veces ha dado la impresión de que el motivo se convertía en el objetivo mismo, como si el centro de este año jubilar fuera celebrar la memoria del Santo Cura de Ars. De hecho, se va a proclamar patrón del clero universal al que hasta ahora lo era sólo de los párrocos. Probablemente es un logro de la influencia eclesiástica francófona, la misma que a veces frena el reconocimiento de las cosas que tienen origen español. Por nuestra parte, quedamos a la espera del doctorado de San Juan de Ávila, patrón del clero secular español, artífice de una doctrina eminente sobre el sacerdocio. Declararle Doctor de la Iglesia hubiera sido un magnífico colofón de este año jubilar.

Aunque es lógico que el año que ahora se clausura afectara de forma más directa a los sacerdotes, probablemente se podría haber hecho más para que las comunidades tomaran conciencia del valor del ministerio e intensificaran su oración por los sacerdotes. Suele oírse, frecuentemente con una formulación imprecisa pero no falta de un fondo de verdad, que el papel de los curas ha perdido peso específico en la estructura eclesial, como consecuencia de los acentos del Vaticano II en beneficio tanto del ministerio de los obispos, por una parte, como, por otra, de la responsabilidad de los laicos en la vida y misión de la iglesia. Como si los curas fueran “funcionarios” de los obispos y resultaran un estorbo para un compromiso laical maduro… La verdad es que, en el día a día, las cosas son más sencillas y la gente suele querer a su curas con naturalidad, sabiendo que la oración por ellos no es un recurso pietista, sino expresión viva de una comunión que sólo es efectiva si es también afectiva.

El recuerdo de este Año Sacerdotal va a quedar asociado al de la tormenta mediática desatada a escala mundial por los casos de algunos comportamientos sacerdotales no sólo reprobables desde el punto de vista moral, sino abiertamente delictivos. Según la conocida expresión del apóstol Pablo, “llevamos este tesoro del ministerio en vasijas de barro”. Pero lo que hemos conocido va mucho más allá de aquella debilidad que, redimida por la gracia, termina por hacerse fecunda. El escándalo de la pederastia, sobre todo, ha asestado un golpe brutal a la figura del sacerdote, objeto ahora de las peores sospechas en el plano humano, profesional y religioso. La Iglesia, que finalmente ha estado diligente en arbitrar procedimientos para la solución de aquellos casos, no puede bajar la guardia en los criterios de selección de los candidatos al ministerio, en asegurar la transparencia en la formación, evitando el oscurantismo, y en dotarse de los medios necesarios de revisión y control.

En la carta de convocatoria de este Año, el Papa hablaba de “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes”. Por su naturaleza íntima, este dinamismo de crecimiento es difícilmente evaluable. Pero es seguro que no va a quedar sin fruto cualquier iniciativa que, en el rincón más insospechado del mundo, haya hecho brotar en el corazón de un sacerdote, de forma callada y queda, el deseo ardiente de asemejarse a aquel que pudo decir de sí mismo “yo soy el buen pastor” y, a ejemplo suyo, “entregar la vida por las ovejas”.

Un año, en definitiva, para la renovación al interior de la propia Iglesia, pero fundamentalmente, un año para la esperanza.

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