Editorial

Acuerdo China-Vaticano: una firma imperfecta pero realista

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Un acuerdo imperfecto pero realista. Quienes trabajan en la firma histórica entre la Santa Sede y China son conscientes de las dificultades para establecer un marco legal que permita a la Iglesia, al menos, nombrar obispos sin una injerencia permanente del régimen comunista. Por eso resulta especialmente significativo que, como adelanta en exclusiva Vida Nueva, se haya apostado por un documento revisable cada dos o tres años para evaluar e introducir nuevas variantes. Un elemento que, sin duda, juega a favor del Vaticano, que ha demostrado a lo largo de su historia cómo sabe moverse en lodazales diplomáticos, sabiendo embarrarse en defensa de los derechos humanos en espacios hostiles y salir airoso.

Por eso extraña que, ya antes de que se conozcan con profundidad los términos del acuerdo, desde el propio ámbito católico se tire por tierra. Bien es cierto que todo proceso de diálogo implica parte de renuncia para las partes que se sientan en la mesa. Está claro que no se puede cerrar un trato a cualquier precio, pero menos aún se puede dar un portazo a Pekín. Entre otras cosas porque el Gobierno chino no tiene problema alguno por nombrar a su antojo a obispos para las cuarenta sedes vacantes, apuntalar ‘sine die’ a la Asociación Patriótica Católica  China y aplastar con más crudeza que hasta ahora a la Iglesia clandestina.



La Santa Sede no puede demorar más la creación de un marco de mínimos que permita a los católicos vivir su fe fuera de un permanente asedio y discriminación, pero sería iluso pensar que el Ejecutivo chino aplicaría el derecho a la libertad religiosa a la manera de las democracias occidentales.

De ahí la necesidad de aplicar la cultura del encuentro franciscana en materia de geopolítica, que prima el desbloqueo frente a los muros, como ha demostrado en terrenos pantanosos como las relaciones entre Estados Unidos y Cuba o el conflicto entre israelíes y palestinos.

Sin embargo, aquí se añade un matiz importante. La Santa Sede no es mediadora, sino parte implicada, con todas las llagas que pueden supurar de la letra pequeña del contrato chino. Por eso, tras su firma se inicia un tiempo cuanto menos delicado de puertas para adentro. ¿El riesgo? Dar la sensación de que ha caído en saco roto la entrega de tantos mártires, víctimas de la persecución del Partido Comunista. Por eso urge tejer un minucioso plan de reconciliación entre hermanos que se sienten profundamente divididos, unos por rezar el Credo bajo el paraguas del comunismo y otros que se ven vejados por vivir el Padrenuestro desde su fidelidad a Roma. En esta apuesta por el reencuentro no vale conformarse con mínimos. La Santa Sede debe promover una única máxima: la comunión.

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