¿Se sabrá algún día la verdad sobre la desaparición de Emanuela Orlandi?


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La serie

La semana pasada la plataforma Netflix estrenaba una docuserie de factura estadounidense sobre la desaparición, en 1983, de la joven ciudadana vaticana Emanuela Orlandi. A través de cuatro capítulos se recogen una serie de testimonios y unas sutiles recreaciones, sin desvelar datos nuevos respecto a lo conocido sobre el tema en los últimos años. Esta producción sigue muy de cerca las impresiones y los pasos de la familia Orlandi, especialmente a través de las hermanas de Emanuela y, sobre todo, del hermano Pietro, auténtico activista que ha tratado de mantener viva la investigación sobre la desaparición de la joven.



Seguramente la principal aportación de este documental –elaborado según la tendencia actual de acercar el género más al info-entretenimiento que a la rigurosa divulgación– es la confluencia en una mismo producto audiovisual de los testimonios de personas como la madre de Emanuela, la exnovia de un antiguo capo de la mafia romana Sabrina Minardi, el presunto autor confeso del secuestro Marco Fassoni Accetti o algunos de los periodistas que fueron determinantes en algunos de los hallazgos producidos en estos últimos casi 40 años. Al lado de estos están ya los más previsibles de Pietro Orlandi o su última abogada de Laura Sgrò, cuya visión adopta –al menos eso parece a quienes hemos seguido el caso a lo largo de estos últimos años– acríticamente la producción americana.

Finalmente, la tesis aparece clara desde el principio cuando se elige como título de la docuserie: “La chica del Vaticano”. (Atención: ¡Spoiler!) Los últimos fotogramas del último capítulo apuntan claramente a la desconfianza extendida de que el Vaticano se ha desentendido del tema y ha dificultado, de forma activa y pasiva podríamos decir, cualquier viso de investigación. Ese Vaticano en el viven los Orlandi, el mismo que organiza la apertura de dos tumbas a partir de un anónimo de escaso crédito o que, según una fotocopia no acreditada ni verificada, habría gastado millones de liras en mantener a la joven Emanuela lejos de casa aunque, a juzgar por el informe económico, bien atendida. El mismo que hizo que Juan Pablo II hiciera dos llamamientos públicos internacionales o que visitara la casa de los Orlandi en la primera Navidad sin Emanuela.

Desde luego, el espectador simpatiza con esa familia que lleva buscando desde 1983 a la risueña Emanuela, con esa madre que confiesa esperar que entre por la puerta y que mientras encuentra su único consuelo en la oración. Ese dolor es auténtico y merece todo respeto. El problema es que los datos de las investigaciones policiacas, judiciales y, sobre todo, periodísticas hacen difícil armar una historia completa que responda a todos los interrogantes –y más aún sin el cuerpo de la joven sin aparecer–. Ante esto la familia, y la abogada, han sacado sus propias conclusiones y han rellenado algunos vacíos con intuiciones. En este tema no encontramos ni una verdad policial ni una verdad judicial a la que agarrarnos y si bien la implicación de la mafia es el aspecto más sólido y demostrado es una historia incompleta que Netflix ha rellenado con imágenes de la cúpula de San Pedro en la soledad y oscuridad de la noche ofreciendo implícitamente sus conclusiones. Ahora bien, como se clarifica al final ningún funcionario del Vaticano, de forma oficial, ha querido participar en el documental y el único monseñor que ofrece algún dato es, ni más ni menos –aunque de forma relativamente pertinente–, que Carlo M. Viganò.

La película

“La verdad está en cielo”. Esta frase inspirada en una conversación mínima entre Pietro Olandi y un recién elegido papa Francisco en su primera misa en la parroquia vaticana de San Ana inspiró una película del director Roberto Faenza. La cinta, estrenada en 2016, y que se anunciaba como el film que no recomendaba ver la revista ‘Famiglia cristiana’ –que en una crítica señalaba que la verdad estaría en el cielo porque desde luego en dicha cinta no lo estaba– reproduce, en la ficción, desde la implicación de Minardi, la novia jefe mafioso Enrico de Pedis –que sería enterrado tras su asesinato en la cripta de una iglesia del Opus en el mismo complejo en el que en 1983 estaba la escuela de música donde se perdió la pista de Emanuela, algo que la serie de Netflix pasa por encima–.

La película recoge la historia desde el hallazgo de Minardi por parte de una periodista de la televisión italiana junto a la que se ha creado el personaje de otra redactora de un medio internacional que llega a Roma a investigar la implicación de la mafia en el ayuntamiento de la Ciudad Eterna. En este enfoque, el director muestra a un mafioso cercano al Vaticano –especialmente un caricaturizado arzobispo Paul Marcinkus– y con una particular vivencia de la fe o el sacramento de la confesión.

Lógicamente la película ofrece un cóctel de datos históricos, lugares comunes periodísticos y licencias artísticas –incluyendo una fantástica selección musical de los 80– que provocan que parezcan creíbles elementos que no se reproducen como se han contado hasta ahora, cameo de Pietro Orlandi incluido. Algo que es particularmente evidente en el relato de la entrega de Emanuela Orlandi –fuertemente drogada con opiáceos– a un eclesiástico en traje talar en una gasolinera, reconvertido en un extraño final por parte de la película. Una escena que hizo que la policía y los servicios secretos desechasen esta parte del relato de Minardi –amén de otras insinuaciones que adornan todo el guion–. La conclusión de la película es la misma que la serie: silencio vaticano o, lo que es lo mismo, encubrimiento pertinaz.

La investigación

Todo empieza en la tarde del 22 de junio de 1983 cuando la joven de 15 años Emanuela Orlandi desaparece tras asistir a una clase de música y llamar a casa para comentar a una de sus hermanas que le han ofrecido un trabajo vendiendo a comisión productos cosméticos de la marca ‘Avon’. Esta desaparición se vuelve especialmente inquietante porque la muchacha es ciudadana vaticana –la familia vive dentro de la muralla leonina a apenas unos pasos del Palacio Apostólico– ya que su padre, por tradición familiar, es uno de los trabajadores de la Prefectura de la Casa Pontificia. Los protocolos no se activan con mucha celeridad ya que había una fuerte tendencia de jóvenes que marchaban voluntariamente de sus hogares, si bien las desapariciones estaban a la orden del día, como había sido unas semanas atrás el caso similar de Mirella Gregori –la serie no trata las posibles conexiones con el caso de otra joven, Catherine Skerl cuyo cadáver ha aparecido en este 2022–, que acabaría uniéndose durante un tiempo al de la joven Orlandi.

A lo largo de los años las líneas de investigación han sido variadas y la organización de los capítulos de esta serie hacen, en cierto modo, una presentación sistemática de ello. La primera línea, sostenida en los años 80 y 90 fue la cuestión política que ve el secuestro como elemento de presión de Rusia para liberar a Alì Agca, encarcelado tras el atentado a Juan Pablo II. Esta línea de investigación, alentadas por las llamadas a casa de un personaje conocido como el “americano” fue evolucionando hacia la cuestión económica, siendo el secuestro un elemento de presión de la principal facción de la mafia romana, la conocida como “Banda de la Magliana”, para recuperar parte del dinero blanqueado a través del Banco Ambrosiano y el IOR, financiando así la resistencia al comunismo polaco a través del movimiento social de Solidarność. La familia defiende que el secuestro evolucionó hacia una cuestión vaticana, siendo necesario apartar a la joven de la escena pública –posiblemente a Londres– para evitar un escándalo previsiblemente relacionado con abusos sexuales en los que estarían implicados importantes prelados –la serie silencio otras hipótesis de abusos por parte de personalidades clave del estado italiano o de la propia familia Orlandi–. Desde 2015 el caso está archivado por parte de la policía y de la fiscalía.

Han pasado 39 años. Cualquiera puede caminar hoy frente al edificio donde estaba la escuela de música junto al Senado italiano o la Piazza Navona, acercarse a la oficina de las bendiciones papales en la Limosnería a pocos pasos del piso de los Orlandi, acercarse al portal donde pudieron retener a Emanuela en el Trastévere, incluso la cama de Emanuela parece estar intacta… sin embargo, el misterio parece que continuará inalterable en el recuerdo de toda una generación. Quizá solo podremos seguir el consejo de la madre de la muchacha. Rezar, algo que no pasa necesariamente por el silencio sepulcral de unos y otros.