Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Dios, este gran director de orquesta


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Recientemente leía a David Luque (@dlucke84) preguntándose “escatológicamente” qué música escucharemos en la vida eterna: ¿habrá espacio para todos los sonidos?, ¿también para Fito o Rosendo? Y a mí me venía aquel pasaje bíblico: “El Espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido” (Sabiduría 1,7).



Quien da consistencia al universo, quien nos hace ser lo que somos de verdad, quien sabe de nuestros cimientos más o menos firmes, es Quien no ignora ningún sonido. Es Aquel al que no le sobra ni una nota, ni un silencio, ni un violín… nada. Ningún sonido queda fuera de la atención de Dios.

Y me imaginaba al Buen Espíritu del Señor llenándolo todo, engrosando grietas, abriendo resquicios, acurrucado en esquinas, mirando y buscando, disfrutando de todo sonido humano y moviendo “la cabeza” con los ojos cerrados, disfrutando del compás. Más aún: visualizando y escuchando la música que podríamos llegar a ser si tuviéramos buen director de orquesta.

Muchas veces, en mi ignorancia, pensaba lo inútil y prescindible que es alguien moviendo un palito y marcando las entradas de los músicos, cuando ya ellos tienen la partitura, saben leerla y tocar el instrumento que les corresponda. Entonces, ¿para qué un director de orquesta? Si los músicos y la partitura son buenos, el resultado será bueno, punto. Como digo, pura ignorancia. Pero, además, poco realista. Solo hay que revisar la propia vida, nuestras relaciones personales, laborales, familiares… ¿Acaso no es evidente que no siempre la calidad o el buen hacer individual es capaz de armonizar con otros?, ¿cuántas veces constatamos que teniendo claro lo que hay que hacer y con los instrumentos afinados para realizarlo, no somos capaces de lograr un conjunto decente?

El alma mater

Me gustaron estas palabras de una musicóloga:

El director de orquesta es el alma mater de la música grupal, es el auténtico intérprete, cuyo instrumento es una serie de músicos que puede manejar para conseguir una interpretación personal de un documento escrito … Ahí reside para mí la magia de la música orquestal: todos los músicos se rinden a una persona, que es el director. No existe la interpretación individual de los instrumentistas como tal”.

Por supuesto, además de lograr que todos toquen como una sola voz, plural y bella, el director consigue que todos interpreten la obra escrita: mismo pentagrama, mismo compás, ¡y qué distintos resultados muchas veces! Todo un ejercicio vital… para cada instrumento.

El director, con su mano derecha marca el compás, el ritmo y la velocidad. Con la izquierda señala las entradas de cada grupo de instrumentos o de solistas. Y todo él (o ella) indica en cada momento la intensidad o suavidad que requiere la obra: su cuerpo, sus ojos, la boca, las cejas…

¿Cómo no recordar la tradicional imagen de san Ireneo en que Dios Padre crea y modela el barro con sus dos Manos, el Hijo y el Espíritu Santo? ¿Será casualidad que también se llame “Maestro” al director de orquesta?

Ahora bien, Dios, puesto a dirigir, no ignora ningún sonido. No retira la mirada a ningún intérprete. No deja de dirigir la partitura de la creación y de cada una de nuestras vidas. Con sabiduría para imponer los criterios musicales, sin violencia, con firmeza, sin dudarlo. Y de tal modo que todo instrumentista goce tocando, viviendo.

Porque la música también es eso, ¿no? Ese bello milagro de la armonía y los sonidos y los silencios y los estilos y las emociones y la comunicación. Y aquí entran Verdi, Haëndel, Chueca, Lola Flores, Rosendo, Pink Floyd o el mismísimo C. Tangana con Nathy Peluso. Entramos todos, vaya. Y ojalá al “escucharnos” vivir, digan de nosotros aquello que cantaban al Cid en el Cantar del Destierro: “¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!”.

Pues eso. Tenemos el mejor Director de orquesta: ¡a vivir, que suene la música!