Dos trenes de alta velocidad colisionaron en Urda (Toledo). Foto: EFE
A las 8:53 del miércoles 28 de octubre se detuvo el tiempo para Marta. También para Carlos. Para Yassine. Para Fernando. Para Daniela. Para las 69 personas que perdieron la vida esa mañana en las vías. Para quienes murieron a bordo de los trenes Iryo y Renfe. Son los fallecidos del segundo accidente ferroviario en nueve meses en la línea de alta velocidad que une Madrid y Sevilla, después del siniestro ocurrido en la localidad cordobesa de Adamuz, en el que perecieron 46 hombres y mujeres. Se paró para ellos. Para sus familias. Para los más de 200 heridos. Para todo un país.
En torno a las ocho y media de la mañana, el sistema de frenado automático LZB deja de funcionar por un fallo informático y automáticamente se detienen los seis trenes que circulan por ese tramo. Seis minutos después, el centro de control de Adif da la orden de reanudar la marcha a pesar de que no se ha solucionado el problema. El tren Iryo con destino Sevilla no puede reanudar la marcha y se mantiene en una recta a la altura de la localidad toledana de Urda, pero sí lo hace el AVE de Renfe que circula por detrás.
Sin que nada lo remedie, poco después, la cabeza tractora del AVE impacta con el vagón de cola del Iryo detenido. Irrumpe el caos. La tragedia. El horror. Y las llamadas de teléfono para avisar de lo sucedido.
A Fernando le avisa al móvil un amigo cuando iba de camino al centro de salud para pedir una cita rutinaria. No le puede garantizar que sea cierto. Quizá un bulo. Pero, cuando llega al ambulatorio, descubre que la alerta era cierta. Salta la alarma de urgencia. Se confirma el rumor. “Cogí el coche y me fui directamente para allá. De hecho, llegué un poquito antes que los médicos del pueblo”. Así recuerda Fernando Fernández de Bobadilla aquel instante en el que se enteró de la catástrofe.
El párroco de Los Yébenes, localidad cercana a Urda, comparte con ‘Vida Nueva’ cómo vivió aquellas horas en las que también a él se le paró el reloj. No se considera un héroe ni un ser extraordinario. Simplemente, un sacerdote que puso su ministerio al servicio de los demás ante lo que él mismo define como una situación “verdaderamente terrible”.
Certificó esta primera impresión al ver uno de los vagones del AVE que “estaba completamente abierto, rajado de arriba abajo”. Fernando es, quizá, el vecino y voluntario que más tiempo estuvo echando algo más que una mano para asistir a las víctimas del accidente. “Lo que me encontré fue espantoso, con personas deambulando, heridos graves, cuerpos mutilados y fallecidos por el suelo”, relata al describir lo que vio al bajarse de su vehículo y caminar entre los almendros hasta los raíles.
“Ya había unos guardias civiles acordonando la zona, pero apenas habían llegado unos pocos sanitarios. Era de tal gravedad lo que estaba contemplando que fui consciente de que no tenía capacidad para atender a nadie yo solo”.
En este contexto, algo más que un gesto salió de lo más profundo de este veterano sacerdote: “Di la absolución colectiva, que se nos enseña en la teología del sacramento de la penitencia. En situaciones de catástrofe se pueden dar absoluciones colectivas, aunque no haya confesión individual. Entonces, a voz en grito, me dirigí a todos los que estuviesen en peligro de muerte”.
El clérigo ejerció con serenidad y solemnidad en medio de una situación verdaderamente límite: “Hice lo que sentí que podía hacer en ese momento y que no podía hacer nadie más que yo en ese momento: ofrecer el perdón de los pecados y prepararlos por si tenía que llamarlos el Señor al cielo”.
Fueron apenas unos segundos de oración por cuantos estaban allí. Aunque, en realidad, esta actitud orante le acompañaría en su labor solidaria el resto de la mañana. “A partir de ahí, me puse al servicio de los sanitarios. Si me decían que sujetara una bolsa de suero en alto, les obedecía. Si tenía que ponerme de cuclillas aguantando la cabeza de otro herido, apoyaba así. Si me pedían que agarrara a otra persona por el hombro y la cadera para meterla en una improvisada camilla, me ponía manos a la obra”.
Lejos de vivirlo con dramatismo, Fernando afrontó con templanza su labor de auxilio, que fue física, pero también psicológica y espiritual. “A uno le coges la mano, a otro le preguntas cómo está y qué le duele, a otro simplemente le dices: ‘Soy el cura y voy a rezar por ti’”, comparte sobre su empeño en dar consuelo en medio de la desazón colectiva. “Cada persona reaccionaba como podía. Uno te apretaba la mano, otro solo tenía fuerzas para levantarte las cejas, otro te sonreía, otro no contestaba porque estaba en shock o inconsciente”.
“Ante una encrucijada así, simplemente tienes que hacer sentir la presencia de alguien que habla con bondad, que acoge y abraza. Se trata de estar y hacer sentir cercanía. Porque hacer comprender lo que está sucediendo es imposible y razonar es inútil”, remacha.