Tribuna

Teología del cuidado en Urda

Comparte:

A nadie se le ocurre, al salir de casa, que quizá necesite otra para esperar noticias de quien ama. Después del accidente ferroviario de Urda, eso fue la Casa Diocesana de Ejercicios El Buen Pastor, en Toledo: un lugar donde la espera encontró techo. Algunos familiares preguntaban por la capilla. Quizá buscaban una oración o necesitaban permanecer ante Dios sin decir nada. Aquella pregunta revelaba lo que ningún parte registraría: la necesidad de que alguien custodiara su silencio.



La tragedia tiene una administración imprescindible: rescatar, identificar, comunicar, tramitar. El rigor también es respeto. Pero ningún procedimiento puede habitar por otros las horas de incertidumbre. Una cama, un plato caliente, una puerta cerrada adquieren entonces otra dimensión. La Archidiócesis de Toledo abrió cuanto tenía, sin preguntar por creencias. Aquella casa destinada al retiro acogió vidas arrancadas de su cotidianeidad. No bastaba con alojarlas: había que caminar junto a ellas sin apropiarse de su dolor.

Reconoce la trascendencia de lo pequeño

Ahí comienza una teología del cuidado que reconoce la trascendencia de lo pequeño. Cáritas Diocesana organizó turnos, atendió mesas y acompañó a familias tras recibir las noticias más dolorosas, también ante la comandancia y el registro. Sus profesionales y voluntarios ejercieron una delicadeza que exige oficio: escuchar sin interrogar, acercarse sin invadir, descubrir necesidades que el dolor oculta.

A su lado estuvo toda la familia de El Buen Pastor: sacerdotes, trabajadores y quienes sostienen su vida cotidiana. Abrieron habitaciones y compartieron tiempo, silencio y presencia, sin exigir una serenidad imposible en aquellas horas. La Iglesia, experta en humanidad, sabe que la caridad reclama discreción y continuidad.

Dos mujeres se abrazan en el pabellón de Urda. Foto: Efe

Dos mujeres se abrazan en el pabellón de Urda. Foto: EFE

Desde las primeras horas, en el lugar mismo del accidente ferroviario estuvieron los sacerdotes José Miguel, Fernando, José Manuel y Luis, junto a Francisco Cerro, arzobispo de Toledo y primado de España. Acompañaron a víctimas y familiares, atendieron espiritualmente a los heridos y rezaron por los fallecidos. Después, otros sacerdotes prolongaron aquella cercanía entre pasillos, conversaciones y oraciones. ambién estuvo en la casa el obispo auxiliar, Francisco César García Magán, acogiendo y escuchando.

Un diálogo constante con todos

El arzobispo mantuvo un diálogo constante con todos, tanto en El Buen Pastor como en los hospitales: familiares, heridos y quienes los cuidaban. Hijo, hermano y cuñado de ferroviarios, Cerro conoce desde su memoria doméstica los oficios, los hogares y las esperas que acompañan cada viaje. Esa pertenencia hizo aún más íntima su comprensión del dolor.

En Urda, la fraternidad de los vecinos se adelantó a las instrucciones. Los Yébenes compartió esa entrega. La Basílica del Santísimo Cristo de la Vera Cruz de Urda y El Buen Pastor fueron lugares de encuentro y oración para las familias y para una España conmovida. Allí no cabían cálculos de oportunidad ni fotografías destinadas a acreditar virtudes. Cabía la caridad.

En el Calvario, Jesús confía a su madre al discípulo amado y convierte el amor en responsabilidad duradera: “Desde aquella hora la recibió en su casa” (Jn 19, 27). La teología del cuidado reconoce en ese gesto una exigencia radical: acoger la fragilidad del otro como parte de la propia vida, permanecer cuando la cercanía se convierte en fidelidad.

Los informativos dejarán de abrir con Urda antes de que las familias puedan pronunciar su ausencia sin estremecerse. Entonces se comprenderá lo ocurrido entre la basílica y El Buen Pastor: la Iglesia de Toledo ofreció techo, conversación, oración y tiempo. En aquellas manos, en los sacerdotes y en el arzobispo que caminó con todos, se hizo reconocible Jesucristo, el verdadero Buen Pastor. Cuando el dolor deje de ser noticia y la sociedad vuelva a sus asuntos, ahí seguirá estando la Iglesia, acompañando con la misma fidelidad que en las horas más difíciles.


*Fernando Redondo Benito es mayordomo de la Cofradía de la Santa Caridad de Toledo.