Tan solo nueve meses después del accidente en Adamuz, en el que fallecieron 46 personas, una nueva tragedia ferroviaria tuvo lugar el 28 de octubre a la altura de la localidad toledana de Urda. Con 69 fallecidos y más de 200 heridos, este siniestro ha conmocionado aún más, si cabe, a la sociedad española. El suceso ha puesto de manifiesto las fugas e de seguridad en la alta velocidad española y ha desplomado la confianza de la ciudadanía a la hora de viajar en tren. Tanto es así que, una semana después, presentaba su dimisión el ministro de Transportes, Óscar Puente.
- A FONDO: Ser capellán entre las vías de la tragedia de Urda
- OPINIÓN: Teología del cuidado en Urda. Por Fernando Redondo Benito
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Más allá de las aristas políticas de la catástrofe, que tiene lugar un mes antes de las elecciones generales, todo el país ha abrazado el luto por las víctimas mortales. En paralelo, se ha puesto de manifiesto la encomiable labor de los equipos de emergencia y de los poderes públicos, así como la extraordinaria solidaridad de la ciudadanía.
Los vecinos de las localidades cercanas se entregaron desde que fueron conscientes de lo sucedido, lo mismo ofreciendo sus coches para trasladar a los heridos y a los supervivientes que prestando ayuda material. Entre ellos se encontraban también los voluntarios de las parroquias, los psicólogos de Cáritas… y los sacerdotes.
En medio del desconcierto inicial propio de una hecatombe como esta, los párrocos de los pueblos aledaños ejercieron de capellanes en la zona cero. Junto a las vías del tren, lo mismo rezaron responsos por los muertos que buscaron ser consuelo entre quienes habían sobrevivido. Entre ellos se encontraba también el arzobispo de Toledo, Francisco Cerro. Juntos fueron, y son, el rostro de una Iglesia que encarnó la imagen del “hospital de campaña”. Pero la entrega eclesial no se quedó ahí.
Casa del Buen Pastor
La Archidiócesis de Toledo puso a disposición de las autoridades todos los medios de que disponía y el Gobierno castellanomanchego eligió la Casa del Buen Pastor como lugar de acogida para los familiares de los fallecidos hasta que fueran identificados los cuerpos. La decisión de escoger esta residencia de espiritualidad permitió humanizar la más dura de las esperas. A los equipos de terapeutas se sumaron también los curas y el propio equipo de la casa, para empatizar con su dolor e intentar reorientar la desazón en esperanza, la indignación en fe y la soledad de la muerte en familia.
El propio arzobispo, en el primer funeral celebrado en Urda, asumía la dificultad de acompañar el duelo, haciendo suyo el clamor del salmo 129: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”. Sabedor de que en este trance inicial no caben razonamientos ni argumentarios prefabricados, ofreció a los familiares su abrazo, su caricia, su sonrisa y su escucha: el abrazo, la caricia, la sonrisa y la escucha del Buen Pastor y de la Iglesia, que es siempre casa de puertas abiertas.
