Rosa Ruiz, misionera claretiana
Teóloga y psicóloga

Somos, en esencia, paliativos


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Pocas cosas hay tan vinculantes como el dolor de un ser humano. Ni siquiera hace falta conocernos. Ni siquiera es necesario estar físicamente juntos. Basta con estar abiertos al otro. A veces incluso inconscientemente, sin pretenderlo, en esos momentos de la vida en que por alguna razón no estamos demasiado distraídos, ni demasiado fragmentados o encapotados. Entonces, el dolor del otro, cuando es sincero, nos llega con total nitidez, como un buen aroma o la brisa o el calor del sol en la espalda. Simplemente nos toca. No hay que hacer nada especial.



Rafael Narbona publicaba hace pocos días una bella reflexión sobre los aprendizajes que él recibió del alzheimer de su madre. Entre otras muchas cosas, decía:

“Si permitimos que el dolor nos llene de ira y frustración, crecerá nuestro desamparo hasta acorralarnos y destruirnos por dentro. Y quizás por fuera, pues en pocas ocasiones se pone de manifiesto con tanta claridad que el cuerpo y el alma componen una unidad indisoluble (…) Cuando nos enfrentamos al dolor ajeno, caben dos opciones: rehuirlo o intentar apaciguarlo. Pasar de largo siempre nos hace peores. Compartir el dolor nos libera del narcisismo infantil, siempre miope y empobrecedor. Una persona herida o enferma nos convoca de forma radical. Ahí no caben tibiezas o ambigüedades. La entrega solo puede ser total (…) La fragilidad ajena exige delicadeza, ternura, desprendimiento. Salir de uno mismo y vivir para el otro”.

Ahí está la clave: responder al dolor ajeno no depende del mucho cariño que nos tengamos, de cuánto me importe la otra persona o de lo sensible o buena gente que yo sea. Creo que no. Todo eso solo podrá agrandar o empequeñecer la capacidad humana pero esa se nos regala, nos viene “de serie”. Pertenece a lo humano.

Todos somos paliativos

Podríamos decir, aunque sea con una expresión que nos suele asustar un poco, que todos somos paliativos. Sí, somos paliativos en esencia, tal como la Real Academia de la Lengua Española lo define:

“Del verbo paliar … dicho especialmente de algún determinado tratamiento o remedio, que tiene como finalidad mitigar, suavizar o atenuar el dolor de un enfermo”.

Y si no, hagamos memoria. Recuerda la última vez que te has sentido tocado por el dolor de otro ser humano. A través de una pantalla, de su voz, de una mirada, de una charla, de un encuentro, de un mensaje, de una noticia… Sea como sea. Si nos pilló medianamente abiertos, medianamente humanos, podríamos experimentar algo semejante a aquello que le pasaba a Jesús, que notaba cómo salía de sí una fuerza –’dynamis’– (Mc 5,30), que a veces incluso sanaba (Lc 6,19). Puedes notarlo en forma de pellizco en el estómago, o cierta presión en el pecho, o temblor en los ojos… Pero algo en ti se mueve, te saca de ti. Hay que ser de piedra para que nada se dinamice en uno ante el dolor de otro.

Y me gusta pensar, porque gracias a Dios también lo he vivido, que esa ‘dynamis’ o fuerza o poder, si lo dejamos crecer, puede que no cure (a veces sí, como le ocurría a Jesús) pero siempre suaviza y acompaña el dolor. Nos convertimos en paliativos unos de otros. Nos ayudamos a hacernos la vida más vivible, más llevadera, más humana, más digna. ¡Tenemos esta capacidad!, ¡tenemos este poder!

Podemos atenuar el dolor ajeno escuchando, mirando a los ojos, callando, acariciando, acogiendo, no juzgando, respaldando, confirmando, creyendo… estando. Y en el mismo movimiento interior, misteriosamente, se genera un vínculo precioso y sencillo.

Y ahora viene lo mejor: en la medida que nos permitimos ser paliativos para los demás, los conozcamos o no, ese mismo “remedio saludable” nos sana a nosotros mismos. Por dentro y por fuera. Nos alivia, nos recuerda quiénes somos y lo que merece la pena ser. Y nos reconcilia con el dolor, ese territorio inhóspito e inevitable por el que todos tenemos que transitar sin quedarnos en él. Y para el que hemos recibido la preciosa capacidad de acompañarnos.

P.D.: dejadme que estas líneas sean –además– un reconocimiento sencillo y simple a cuantos trabajan en Cuidados Paliativos. Podríamos decir, echando mano de la RAE de nuevo, que esta tarea es, “sin paliativos”, encomiable.