Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Jacinta y Francisco Marto: su prima Lucía dijo que no los aguantaba


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Con frecuencia encontramos en las personas un antes y un después. Es lógico, pues la vida humana está sujeta a tantas circunstancias que pueden variar con el paso del tiempo y eso lleva a muchos a cambiar: de rumbo, de estilo, de valores, de criterios. No ocurre así siempre, pues encontramos personas con una linealidad de vida tal que se puede decir que siempre han sido iguales y no han cambiado más allá de lo que es propio del crecimiento y la maduración; pero en otras ocasiones hay una diferencia clara entre ese antes y ese después, e incluso en ciertos dicho cambio casos llega a caracterizar a la persona, sea para bien o para mal.



Como de santos se trata aquí, tenemos que recordar a Saulo de Tarso, perseguidor de los cristianos que se convierte en apóstol y evangelizador; la Iglesia antigua recordaba con devoción a santa María Egipcíaca, en el siglo IV, de la que se dice que de la prostitución pasó a la vida penitente tras una conversión en el río Jordán o a santa Pelagia, en el siglo V, de la que se dice que era actriz famosa y  libertina, y acabó siendo monja devota. El recorrido vital de San Agustín, del paganismo a la santidad, ha sido ejemplo clásico usado por predicadores y catequistas. Siglos después, a san Francisco de Asís se le oía afirmar que todo lo que hasta entonces le era dulce se le volvió amargo y lo que le era amargo se le volvió dulce, expresando así cómo le cambió la vida el encuentro con Cristo.

Conversión personal

Más cercana en el tiempo y en la geografía, y sin tratarse de una conversión tan clamorosa aunque no menos importante, santa Teresa de Jesús recordaba los años de su juventud en que fue monja frívola, cuando “andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía” y cómo  su vida cambió totalmente -tendría ya 39 años- con algo tan fortuito como providencial, que fue encontrar en su oratorio una imagen de un Cristo “muy llagado y tan devota, que en mirándola, toda me turbó de verle tal”, que alguien había dejado allí. Su contemporáneo san Camilo de Lelis tuvo una juventud terrible de adicción al juego, que le llevó hasta a mendigar por perder todo con las cartas, pero llegó -con la ayuda del gran san Felipe Neri- a dar la vida en el cuidado de los enfermos; hoy es conocido, junto con san Juan de Dios -otro de juventud difícil- como patrono de los enfermos y de los hospitales.

Jacinta y Francisco Marto: los santos de Fátima

Jacinta y Francisco Marto: los santos de Fátima

Un antes y un después encontramos en la vida de la Madre Teresa de Calcuta, que llegó a la India para enseñar a niñas de familias ricas y en vez de eso el Señor la llevó a los más pobres de los pobres; o en Carlos de Foucauld, militar violento y pendenciero que sin embargo llegó a ser la personificación de la humildad; y hasta el asesino de santa María Goretti, Alessandro Serenelli, pudo arrepentirse en los años de cárcel, conocer a Cristo, y llevar años después una vida ejemplar como jardinero en un convento de capuchinos, hasta su fallecimiento; se podría añadir un largo etcétera que viene a confirmar lo que suele repetir el Papa Francisco, eso es, que “no hay un santo sin un pasado ni un pecador sin un futuro”.

La santidad en la infancia

Este antes y este después evidentemente son más difíciles de encontrar cuando se trata de niños. Y sin embargo, en el caso de los santos Jacinta y Francisco Marto, podemos hablar de un cambio radical de vida -aquí no se trata de pecados ni vicios-, según nos lo narra su prima Lucía, ya cercana ella también a los altares.

Guiada por la obediencia, Lucía puso por escrito lo que pasó en la vida de los tres videntes como consecuencia de las apariciones, y nos ofrece el retrato de Jacinta (1ª Memoria) y de Francisco (4ª Memoria). Hace gala de gran realismo al ofrecernos la explicación de cómo eran estos hermanos y, lo que quizás es más importante, lo que Lucía sentía hacia ellos.

Un paso adelante

Lucía reconoce en primer lugar que antes de las apariciones no le tenía especial cariño a Jacinta: “Antes de los hechos de 1917, exceptuando los lazos de familia que nos unían, ningún otro afecto particular me hacía preferir la compañía de Jacinta y Francisco, a la de cualquier otra; por el contrario, su compañía se me hacía a veces bastante antipática, por su carácter (el de Jacinta) demasiado susceptible”. Y sigue explicando: “La menor contrariedad, que siempre hay entre niños cuando juegan, era suficiente para que (Jacinta) enmudeciese y se amohinara, como nosotros decíamos. Para hacerle volver a ocupar el puesto en el juego, no bastaban las más dulces caricias que en tales ocasiones los niños saben hacer. Era preciso dejarle escoger el juego y la pareja con la que quería jugar”.

Algo parecido hace con Francisco, del que reconoce que era muy diferente: “Francisco no parecía hermano de Jacinta, sino en la fisonomía del rostro y en la práctica de la virtud. No era tan caprichoso y vivo como ella. Al contrario, era de un natural pacífico y condescendiente. Cuando, en nuestros juegos, alguno se empeñaba en negarles sus derechos de ganador, cedía sin resistencia, limitándose a decir sólo: “¿Piensas que has ganado tú? Está bien, Eso no me importa. (…) En los juegos era muy animado, pero a pocos les gustaba jugar con él, porque perdía casi siempre. Yo mismo confieso que simpatizaba poco con él, porque su natural tranquilidad excitaba a veces los nervios de mi excesiva viveza”.

Un animal salvaje

En el fondo, al describir los defectos de Jacinta y Francisco, Lucía estaba describiendo sus propios defectos. No debía ser de temperamento fácil, pues leemos en su biografía que cuando con 14 años tuvo que dejar su tierra y fue llevada a Oporto a un colegio de las Hermanas de Santa Dorotea, la primera impresión que tuvo de ella la superiora era que parecía “un animal salvaje” y en esta época de su vida se habla claramente de su carácter agresivo. El camino de crecimiento y maduración de Lucia todavía tenía que durar mucho, hasta los 97 años, marcados en muchas ocasiones por el sufrimiento y las humillaciones.

Conocemos, pues, los defectos de Jacinta y Francisco. Pero hubo algo que cambió totalmente su vida. Lucía tenía ahora 10 años, Francisco 9 en Junio y Jacinta acababa de cumplir 7 cuando, el 13 de mayo de 1917, decidieron llevar sus ovejas en unas colinas que pertenecían al padre de la primera, conocidas como Cova da Iria, a dos kilómetros y medio de Fátima. Fue ahí, solo con una excepción, donde tuvieron la visión de Virgen bajo el nombre de Nuestra Señora del Rosario en seis ocasiones en 1917, y una novena vez en 1920 (sólo a Lucía).

Sinfín de posibilidades

Ya en la primera aparición sintieron que la Virgen les preguntaba si estaban dispuestos a ofrecer su vida a Dios y aceptar los sufrimientos que vinieran en reparación de los pecados de la humanidad. Al leer esto no podemos dejar de pensar en un sinfín de posibilidades: las guerras, las violencias, las injusticias, las opresiones, el tráfico de personas, de drogas, de armas, el desprecio de la vida humana, el descarte de los que no cuentan y tantos otros horrores que pasan por el mundo. No sabemos si se les pudo pasar por la cabeza a estos tres niños una mínima parte de estas calamidades, probablemente no, pero el caso es que dijeron que sí a la visión de la Virgen y su vida cambió para siempre.

Francisco había nacido en Aljustrel, Fátima, el 11 de Junio de 1908. Tras la aparición de la Virgen, cuenta Lucía que su gran preocupación fue la de “consolar a Nuestro Señor”. La acción del Espíritu Santo en él fue contundente, le convirtió en un auténtico contemplativo. A partir de la primera aparición “tomó la costumbre de separarse de nosotros como paseando; y, si alguna vez le llamaba y le preguntaba sobre lo que estaba haciendo, levantaba el brazo y me mostraba el rosario. Si le decía que viniese a jugar, que después rezaríamos juntos, respondía: ‘Después rezo también. ¿No recuerdas que Nuestra Señora dijo que teníamos que rezar muchos rosarios?’”.

Intensa oración

Su precoz vocación de eremita fue reconocida en el decreto vaticano de heroicidad de virtudes, según el cual después de las apariciones “se escondía detrás de los árboles para rezar solo; otras veces subía a los lugares más elevados y solitarios y ahí se entregaba a la oración tan intensamente que no oía las voces de los que lo llamaban”.

Cayó víctima de la neumonía en diciembre de 1918. Durante la enfermedad “Francisco se mostró siempre alegre y contento. A veces le preguntaba: ´Francisco, ¿sufres mucho?’. ‘Bastante, pero no importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor; y, después, de aquí a poco iré al cielo´”, y al día siguiente, el 14 de abril de 1919, a las diez de la noche, falleció.

Practicar sacrificios

Jacinta, por su parte, había nacido en el mismo Aljustrel el 11 de marzo de 1910. Cuenta Lucía que tras la parición de la Señora “tomó tan a pecho el sacrificio por la conversión de los pecadores que no dejaba escapar ninguna ocasión”, “parecía insaciable practicando sacrificios”, y los ejemplos que pone son muchos: “¿Damos nuestra merienda a aquellos pobrecitos?”, y todos los días cedía su merienda a los pobres. Sus penitencias convirtieron a pecadores: “Había en nuestro pueblo una mujer que nos insultaba siempre que nos veía. Nos la encontramos cuando salía de la taberna; y la pobre, como no estaba en sí, no se conformó esta vez con insultarnos. Cuando terminó su tarea, Jacinta me dijo: ´Tenemos que pedir a Nuestra Señora y ofrecer sacrificio por la conversión de esta mujer; dice tantos pecados que, como no se confiese, va a ir al infierno´”. Los sacrificios de Jacinta y Lucía convirtieron a aquella mujer, que contó estar amargada por una enfermedad y pidió oraciones por su salud.

Poco tiempo después de las apariciones Jacinta enfermó, primero junto su hermano en la epidemia de bronconeumonía, después se le declaró una pleuresía purulenta; luego de dos meses de internación la llevaron nuevamente a su hogar, pero los médicos encontraron que tenía una inflamación abierta y ulcerosa en el pecho. Más tarde le diagnosticaron tuberculosis. Fue internada en el hospital de Lisboa en donde la Virgen se le apareció en varias oportunidades. Jacinta en su agonía ofrecía sus sufrimientos por los pecadores. Falleció en la noche del 20 de febrero de 1920.

Aquella visión de un día de mayo del 1917 les cambió la vida, a los pies de María conocieron un modo diferente de vivir, no sólo para ellos sino para los demás. Pequeños e inocentes, nos dan ejemplo a nosotros, mucho más mayores y mucho menos inocentes.