Hechos para crecer


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Esta es la escena. Un niño pequeño con su padre tomando el sol. El pequeño pregunta:

  • Papá, ¿qué eso que tienes ahí?, mientras señala la axila.
  • Esto es pelo, cabello que todos tenemos en esta zona de la axila.
  • ¡Vaya… pues a mí no me venía!, mientras contemplaba atónito y con fastidio su propio cuerpo ‘imberbe’.


¡A mí no me venía! … No sé vosotros, pero yo podría haber expresado así unas cuantas veces la frustración o enfado que en algunos momentos he sentido al ver que algo que me “tocaba” de serie, al menos aparentemente, a mí no me lo habían puesto en el pack y al de enfrente sí.

Podría parecer envidia, que es un mal tan frecuente como el pelo en la axila, por ejemplo. Pero creo que no es exactamente eso. En la naturalidad espontánea de un niño se nos devuelve la invitación a esperar y a confiar en que estamos hechos para crecer. Y si lo olvidamos, perdemos el gozo que da esperar algo que sabemos que es posible, que llevamos dentro, que solo necesita tiempo y cuidado para brotar. Como el pelo, con perdón…

Crecer es apostar y perder

Hay crecimientos que vienen solos, si esperamos. Con paciencia. Sin adelantarnos. Otra cosa es lo que hagamos con ello. Porque ya hemos aprendido que cumplir años no es crecer. Los años necesitan vida y salud en el sentido más profundo de la palabra. Los años necesitan de nuestra atención, de nuestro cuidado, de nuestra libertad eligiendo que la vida se nos cuele por todas las rendijas. Sin miedo.

Crecer es amar lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Porque lo llevamos dentro. Porque nos viene de serie, de las manos con que el Artesano nos creó. Crecer es creer que es posible lo posible y distinguirlo de lo que no es nuestro, de lo que nos es im-posible a cada cual, aunque lo veamos disfrutar en quien tenemos al lado. Crecer es no claudicar al fastidio de anhelar lo que no soy ni estoy llamada a ser. Crecer es celebrar lo que somos, lo que hemos ido construyendo, colaborando con esa fuerza germinal que nos habita y nos lanza. Crecer es apostar y perder… y alguna vez incluso ganar.

No me parece un mal plan. Toda una aventura. Con tiempos de esfuerzo, seguramente. Pero también con otros igual de necesarios y fecundos como el tiempo libre, el descanso, el sol, el agua, las risas, el encuentro… ese dejarse hacer que tanto nos configura por dentro y que en absoluto es necesariamente tiempo superficial o perdido.

El padre del niño enseguida le dijo que no se preocupara, que él también lo tendría cuando creciera. Y ahí estamos todos.